Quito

La Hacienda - Clave Turismo

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Pocos placeres en la vida son tan gratificantes como la buena mesa. Paladares exigentes abundan por doquier, pero la buena mesa es mucho más que solo satisfacer apetitos. Es un ambiente agradable y armónico, es música de fondo que fluye sin interrumpir, es luz natural en juego con las sombras de una naciente tarde, son sensaciones que culminan en enormes satisfacciones cuando se complementan con el calor humano de una sobria atención al cliente.

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He descubierto que soy como un caminante que va por la vida esperando encontrar experiencias para compartir. Sin duda esta fue una de ellas, y por eso la describo. No es solo por los maravillosos sabores que tuve oportunidad de sentir, sino porque descubrí que cuando hay creatividad en la preparación de un atún rojo o una carne, estos se convierten en manjares que utilizan un efímero lenguaje que apela todos los sentidos y transmite más allá de las palabras.

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Estoy en Restaurante La Hacienda del JW Marriott Quito. Es cualquier lunes al almuerzo, uno de mis días preferidos para peregrinar por estos paraísos gastronómicos buscando tesoros escondidos en la ciudad.

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Una cava de vinos que impresiona por su diseño y ambientación me da la bienvenida, obligándome a imaginar una aventura culinaria que promete dejar huella. Imperceptiblemente me invita a degustar con la mirada las exquisiteces de la buena viña, y me guía hacia la mesa que nos espera.

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Un generoso espacio con techos a doble altura que se adorna con vigas de madera vista, acoge sendas mesas estratégicamente distribuidas para que cada una tenga independencia y las conversaciones no invadan unas a otras. Una gran lámpara cuelga sobre la mesa de mármol central adornada con un sinnúmero de velas, que seguramente darán calidez al ambiente al caer la noche.

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Gonzalo nos atiende sin sospechar que entre manos tengo la intención de describir el momento, sin saber siquiera que de su pulcritud dependerá que recomendemos La Hacienda entre nuestros lectores. Atento y sugerente, escucha nuestros antojos y recomienda lo que, en su experiencia, será la mejor combinación para este almuerzo.

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Pasamos revista a las opciones de entradas, sopas, ensaladas y platos principales. Las alternativas en cada categoría son las justas, no hay exceso, hay perfección en la elaboración del menú. Una variedad de preparaciones de carne, pescado, mariscos y vegetales marca su presencia con sugerentes descripciones que motivan la imaginación. Nada está ahí para rellenar el espacio, todo es protagónico y bien pensado para funcionar por sí solo o acompañado de otro plato.

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Pido la carta de vinos sabiendo anticipadamente que la elección no será fácil por lo bien surtida que está la cava en La Hacienda. Cada cepa y cada país de origen tiene su espacio en tintos y blancos, espumantes y champagne. Hay botellas, y también vinos por copa para quienes como yo, aun en día lunes, nos dejamos tentar suavemente con estos sanos placeres.

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Mi elección fue Navarro Correas, Malbec, de Argentina, que tuve el gusto de degustar antes de que la copa fuese servida. El atún rojo servido con mayonesa de jengibre y ensalada de algas fue mi opción para empezar. La complementé con el lomo fino que llega a mi mesa perfectamente cocido a su punto, acompañado de un delicioso chimichurri que disfruto al máximo.

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Mi paladar fue tan gratamente sorprendido que me tomé el tiempo de observar a los desconocidos comensales de otras mesas, para verificar si sus reacciones también eran satisfactorias. Lo eran. Todos lucían cómodos en este ambiente y disfrutaban el momento con la gastronomía de la que se hacían cargo. Al parecer, la sensación de agrado era general.

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Mi mirada siguió los andares de los saloneros que nos atendían. Iban y venían constantemente sin dejarse sentir, llegando a cada mesa en el momento preciso, con el pedido en orden y en oportuna sincronización. Preguntaban si todo estaba como esperábamos, y su sonrisa de complacencia era evidente cuando confirmaban que nada nos hacía falta. Eran parte de este mágico espacio que existe para dar gusto a exigentes comensales, y se apropiaban de él entregando lo mejor de sí.

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Al salir me despido de quienes atendieron mis exigencias en este almuerzo y decido que seguiré caminando, seguiré buscando, para hacer de este espacio un lugar digno de las mejores recomendaciones. Recorro mis pasos con la mirada y decido que pronto volveré. La combinación de salchichas de cordero y chistorra queda en mi lista de pendientes, que sin duda acompañaré con un Chateauneuf Du Pape, vino francés que llevo tiempo sin consumir porque no lo tienen en muchos lugares.

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