Por Caridad Vela

Empiezo mi conversación con Dina haciendo una pregunta mundana, casi de libreto, para romper el hielo. ¿De dónde eres, dónde creciste, cómo llegaste a Ecuador? Su respuesta se extiende como un susurro que me envuelve, me traslada a otra dimensión para entender que su vida no se explica desde la geografía, se explica desde los gratos recuerdos de su infancia y las profundas heridas de su vida adulta.

El relato comienza antes de su nacimiento, en una Europa desgarrada por la guerra, en familias que sobrevivieron al horror y cargaron, sin saberlo, con memorias que se heredan en silencio generación tras generación.

Dina nació en Kazajistán, un punto en el mapa donde la vida se sostuvo como pudo después de haberlo perdido todo en la guerra. Este territorio, más que origen fue consecuencia, pues sus padres llegaron ahí por caminos distintos sobreviviendo al Holocausto. Su madre, rumana, y su padre, ucraniano, cargaban corazones marcados por pérdidas imposibles de dimensionar. Se encontraron en medio del exilio, reconstruyeron una vida y, muchos años después, cuando su madre bordeaba los cuarenta, nació Dina, la hija tardía, la que creció entre tres hermanos mayores y una casa donde el amor convivía con una nostalgia constante.

DINA DUBNITSKY - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

“Siempre decía que tenía cuatro padres rodeándome, pero no me refería a mi casa”, recuerda. No era una frase ligera, era la forma de explicar una infancia sostenida por una red emocional intensa, protectora, profundamente amorosa. La casa que construyó su padre con sus propias manos no respondía a ningún canon arquitectónico. “Era pequeña, improvisada, pero tenía vida. La cocina estaba en la entrada, abrías la puerta y estabas en la cocina, en ese espacio que era el corazón de todo”. Ahí creció entre aromas de pan recién hecho, crepes, pescado traído por un padre pescador y cazador, y una madre que parecía no dormir nunca.

Ese mundo, precario pero lleno de afecto, se convertiría, sin que ella lo anticipara, en el cimiento invisible de todo lo que vendría después.

“Cuando cayó la Unión Soviética la vida volvió a sacudirse. Mi familia emigró a Israel, y con ello llegó otra forma de supervivencia angustiante. Esta vez éramos los migrantes que empiezan desde cero. Yo tenía 15 años. Mi padre, que era periodista y fotógrafo, pasó a ganar un dólar por hora cosechando manzanas”. Dina cambió de colegios una y otra vez, trabajó limpiando casas mientras estudiaba, se adaptó a idiomas, culturas, códigos nuevos. Luego vendría el servicio militar, las noches trabajando como mesera, sus estudios en la universidad.

Se graduó de enfermera y trabajó en emergencias. Ahí conoció otro tipo de dolor que trascendía lo físico. “Me dí cuenta que no era mi profesión, me consumía cada día con cada muerte y cada niño que se iba entre mis brazos. Eran sentimientos que me atravesaban y los cargaba conmigo”. Salir de ese mundo fue, para ella, una forma de salvarse.

DINA DUBNITSKY - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Llegó a Ecuador a los 32 años, con dos hijos pequeños y un equipaje de vida que ya era demasiado grande para su edad. El matrimonio que la trajo hasta aquí nació también de esas ideas heredadas por generaciones: formar una familia, cumplir con lo esperado, sostener un modelo que pocas veces se cuestionaba.

Durante años intentó sostener ese modelo. Lo hizo con disciplina pero con miedo, con una lealtad que no siempre fue correspondida. Estaba sola en un país nuevo, lejos de su familia, sin red de apoyo, y por esa razón asumió el rol de madre, esposa y cuidadora, siempre pensando en los demás, sin valor para reclamar un espacio propio.

Hubo señales, muchas señales que, a lo largo de los años, le permitían atisbar que ese no podía ser el camino, que eso que ella vivía no era felicidad, al menos no la que vivió en el hogar de sus padres. Pero como ocurre tantas veces, esas señales no siempre se ven cuando es uno quien está dentro.

DINA DUBNITSKY - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

El cuerpo fue el primero en hablar. Con su último hijo sufrió una depresión posparto que no lograba superar. Luego, un hipertiroidismo extremo que pasó desapercibido hasta volverse crítico; algunos tumores, pero uno en especial que amenazó con arrebatarle la movilidad y la mantuvo meses sin poder caminar. Tuvo que volver a aprender detalles tan básicos como levantarse, sostenerse, avanzar.

Pero como todo en la vida tiene un para qué, ese tumor fue, literalmente, su renacer, su despertar. Esta dramática situación se convirtió en el inicio de su reconstrucción interna. En medio del dolor físico empezó a reconectar consigo misma. El esfuerzo, el ejercicio, el movimiento, el baile, ese lenguaje que le había sido negado de niña, se convirtieron en una forma de expresión, de liberación, de identidad y, al mismo tiempo, fueron espacios donde logró crear comunidad y valiosas amistades.

“Por primera vez en muchos años sentí algo distinto. Era felicidad propia, no una prestada que dependía de los demás, no una condicionada, no una dependiente, esta vez era propia, y me sorprendió porque yo no la había conocido antes”.

En su entorno, lo que por fuera parecía estabilidad, por dentro era una estructura frágil.

DINA DUBNITSKY - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

El punto de quiebre no fue uno en específico, fue una acumulación de situaciones que se repitieron, límites que se cruzaron y episodios que dejaron huella. Una única verdad atravieza esta estapa de su vida, la de un proceso profundamente duro, que la lleva a hablar de su pasado como el de una mujer que vivió cómoda hacia afuera, asfixiante hacia adentro. La validación era escasa y el control, constante.

Menciona momentos en los que su dignidad se puso a prueba sin que nadie más lo note, porque aprendió a ocultarlo, hasta que el vaso se derramó. “Creo que inconscientemente siempre supe que tenía que salir de ahí, pero para tomar la decisión tenía que vivir lo que viví, de lo contrario no hubiera entendido dónde estaba”. Cuando finalmente lo hizo no hubo impulsividad, hubo miedo, mucho miedo.

Su decisión fue pausada, sin prisas. “Reconstruirme sin destruirme”, me dice. Empezó por lo único que realmente era suyo, su capacidad de crear.

La cocina, esa herencia emocional de su infancia, volvió a aparecer. Primero como refugio, luego como lenguaje y, finalmente, como proyecto. Lo que comenzó como un blog impulsado por su hija se transformó en algo mucho más grande. Nació un espacio de encuentro, de sanación, de comunidad. “Mi hija es mi ángel, mi fuerza”.

“Mis talleres no eran solo clases de cocina, eran mesas abiertas donde la gente llegaba a aprender, pero también a hablar, a llorar, a reconocerse en otros, a sentirse menos solos”. Sin buscarlo, Dina había creado un lugar donde lo humano volvía a estar en el centro de la mesa.

DINA DUBNITSKY - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Sus talleres estuvieron “sold out” siempre, su poder de convocatoria fue insólito, pero lo que de verdad le llenaba el alma es que eran sus propios talleres. “Por primera vez había independencia, decisiones propias, riesgos asumidos y superados. No fue fácil. Hubo momentos de incertidumbre extrema, de no saber cómo sostener lo construido, de tener que empezar con lo mínimo. Pero esta vez, la diferencia era que ya no esperaba validación externa, aprendí a creer en mí”.

Y por el camino de la cocina, ese recuerdo dulce de su infancia, eligió seguir creciendo. Creó el restaurante Boker Tov, que significa buenos días en hebreo. “No es un nombre elegido al azar. Es, en esencia, una declaración de vida.

Boker Tov es más que un saludo, es un símbolo de lo que le fue negado y que ella decidió reclamarle a la vida. Es un acto íntimo, una manera de resignificar el inicio de cada jornada, de “crear un espacio donde la energía, la calidez y el encuentro comiencen como siempre debieron, con luz, con presencia, con respeto”. Boker Tov es, en este sentido, su nuevo amanecer.

DINA DUBNITSKY - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Comer en Boker Tov es una caricia al paladar. Cada preparación nace de los recetarios que Dina ha coleccionada a través del tiempo. “Cada receta tiene un recuerdo, una emoción, una persona. Son recetas que no solo se ejecutan, se evocan”. Y es precisamente de ahí, de ese archivo emocional y culinario, de donde nace el menú de Boker Tov. Cada plato es una reinterpretación de sabores traídos del pasado a su nuevo presente con una sensibilidad muy propia.

“No cocino solo para alimentar, cocino para contar mi historia a través de un hilo invisible que conecta lo más lindo de mi pasado con cada mesa que sirvo”. La experiencia gastronómica en Boker Tov es casi autobiográfica.  En cada página hay una historia, una herencia que viene desde su madre que transformaba la escasez en abundancia, y el acto de cocinar en un gesto de amor profundo.

La búsqueda de sentido ha sido transversal en ella durante estos años, y eso la llevó a conectar con su espiritualidad, no desde la imposición, sino desde la elección consciente. En la ceremonia de las velas, un ritual profundamente simbólico dentro de la tradición judía, que practica cada viernes a la hora en punto, Dina encuentra momentos de pausa, de introspección y de conexión con sus raíces. “Encender las velas no es un acto religioso rígido, es un gesto de recogimiento, de gratitud y de intención. Es un espacio donde honro la historia de mi familia, de las mujeres que vinieron antes que yo, la presencia de mis hijos y el camino que he logrado recorrer”. En la luz de esas velas conviven el pasado y el presente, el dolor del ayer y la serenidad de hoy, que finalmente empieza a habitar su corazón.

DINA DUBNITSKY - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Hoy, Dina es una empresaria consolidada, una mujer cuya historia dejó de ser carga para convertirse en motor, y por eso la comparte en estas páginas. “Sé que hay muchas mujeres con miedo a tomar decisiones, mujeres que viven vidas tan duras como la mía, mujeres que aguantan por esa herencia de generaciones que aguantaron, por los hijos, por verguenza o por cualquier otra razon, y quiero que sepan que no están solas”.

Más allá del éxito logrado, ella logró despojarse de las cadenas del pasado, y esa es una gran lección. “No hablo desde el resentimiento, no tengo afán de revancha, hablo desde la consciencia después de entender que incluso los capítulos más difíciles forman parte de un camino que, bien transitado, puede llevarte de regreso a ti misma y puedes volver a ser feliz”.

Su historia es la de alguien que sobrevivió a la guerra, al desarraigo, a las enfermedades y al miedo. Dina, contra todo pronóstico, eligió no marchitarse, eligió reconstruirse.