Por Lorena Ballesteros

Alexandra Bedoya está de aniversario. No celebra una fecha matrimonial ni un cumpleaños. Celebra los 10 años de La Paletería, la marca de paletas artesanales que creó cuando tenía apenas 25 años y la plena convicción de que podía construir algo propio.

Alexandra Bedoya - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

En 2015 viajó a España para cursar una maestría en Dirección de Comunicación. El plan parecía claro: regresar a Ecuador y continuar su carrera en el sector público, donde ya había trabajado previamente. La especialización le abriría las puertas para convertirse en directora del área, pero la vida suele alterar los planes más estructurados. En Madrid dio forma a su idea de emprender.

Tiempo atrás había probado paletas artesanales en Colombia y quedó convencida de que en Ecuador existía el escenario perfecto para desarrollar ese concepto: frutas abundantes, sabores intensos y una cultura profundamente ligada al helado como premio, reunión y celebración familiar. Apenas terminó la maestría comenzó a trabajar en el proyecto. Hizo estudios de mercado a distancia, buscó expertos en paletería artesanal, contrató profesionales para desarrollar la identidad visual de la marca y tomó una decisión estratégica desde el inicio: llamar al negocio La Paletería para introducir y posicionar el concepto en el país.

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El primer local abrió en 2016, en la República de El Salvador y Portugal, en Quito. Ahí mismo funciona la planta de producción. Alexandra sabía poco sobre hacer helados, pero mucho sobre disciplina. Viajó a México para formarse con el chef Ricardo Espinosa, especialista en paletas artesanales, y regresó con el conocimiento necesario para desarrollar sus propias recetas.

Desde el inicio entendió que el producto debía conectar emocionalmente con la gente. El helado, para ella, siempre estuvo asociado a memorias felices: el premio por buenas calificaciones, las tardes familiares, los días calurosos, el gesto de los padres y abuelos cuando quieren consentir a los niños. Bajo esa idea nacieron sabores como algodón de azúcar y el de chicle, que rápidamente se convirtieron en favoritos de los más pequeños. Ahora ese sabor se fusionó y se llama algodón de chicle. También desarrolló otros íconos de la marca, como fresa con leche condensada, el de Oreo, el tradicional de chocolate o mango kiwi para paladares más saludables.

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Pero detrás de la estética limpia y colorida de La Paletería existe una estructura rigurosa. Alexandra supervisa cada proceso. Escoge fruta fresca de productores locales, mantiene controles de calidad estrictos y revisa personalmente que cada producto conserve la esencia de la marca. No hay saborizantes artificiales y muchas de las paletas contienen trozos reales de fruta. La producción se realiza diariamente.

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Alex quería que La Paletería fuera un lugar para compartir con todos. Por eso incluyó recetas aptas para diabéticos o personas que no consumen azúcares, para celíacos y también para las mascotas. Para los perritos hay paletas de sandía y de zanahoria. Y cabe señalar que sus locales fueron de los primeros en ser pet friendly.

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Los primeros años fueron absorbentes. Recuerda esa etapa como un periodo de entrega absoluta. Se despertaba a las cinco de la mañana para ir a la planta, desarrollaba recetas, supervisaba procesos, avanzaba con la estrategia comercial y cerraba el día revisando números. Dice que a veces se dormía con la calculadora en la mano. Durante mucho tiempo no hubo vacaciones familiares, sus padres salían de viaje y ella se quedaba trabajando. Su negocio ocupaba el centro de todo.

Ese nivel de exigencia impulsó un crecimiento acelerado. A los tres meses abrió el local de Cumbayá y antes del primer año llegó a Guayaquil a Plaza Navona. Más adelante la marca se expandió a Manta, a Mall del Pacífico, y como efecto de bola de nieve, abrió otro local más en Guayaquil en Mall El Dorado.

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La pandemia obligó a replantear la operación y cerrar algunos puntos, pero La Paletería logró mantenerse y adaptarse. Hoy conserva locales en Quito y Guayaquil, mientras desarrolla nuevos formatos como bites de yogurt griego cubiertos de chocolate y vasos de helado, además de productos especiales para temporadas y eventos.

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En su rol como CEO, Alexandra está involucrada en la visión creativa y estratégica de la empresa. Participa en campañas, desarrollo de producto y decisiones de crecimiento. Pero también ha aprendido algo fundamental: escuchar. Una de las líneas más recientes, los vasitos de helado, nació de la idea de una colaboradora del local. Para Alex el trabajo en equipo es la base de una estructura empresarial exitosa.

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La maternidad marcó un punto de inflexión. Cuando La Paletería cumplía cinco años nació José María, su primer hijo. Después de un año y medio llegó Luciana. Y con ellos apareció la necesidad de delegar. Pero eso fue más bien un desafío. Reconoce que le gusta “estar en todo”. Sin embargo, la fuerza del amor, de ser una madre presente y compartir momentos con sus hijos supera con creces su manía controladora.

Acostumbrada a controlar cada detalle, entendió que crecer también implicaba confiar en otras personas. Aprendió a construir equipo, a soltar ciertos procesos y a reservar espacios exclusivamente para su familia. “Todo lo grande sucede cuando trabajas en conjunto”, resume hoy.

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Quienes trabajan con ella seguramente destacan su constancia y capacidad de enfoque. Alexandra suele repetir que no cree en hacer mil cosas al mismo tiempo. Prefiere la perseverancia, el trabajo sostenido y la claridad de propósito. Cree que ahora las dinámicas son muy aceleradas y ella quiere bajar ese ritmo. Le gusta enfocarse en un objetivo a la vez, por ahora está el de generar nuevos productos y expandir la marca.

Hace un año y medio, Alexandra y su esposo se mudaron junto a sus dos hijos a su casa propia. El espacio refleja mucho de su personalidad: líneas limpias, estética cuidada y una sensación de calma que contrasta con el ritmo acelerado con el que construyó su empresa. No quiere ser de esas personas que tiene una casa y nunca pasa tiempo en ella. Así que aprovecha el tiempo que puede trabajar desde allí y a la vez compartir la tarde con sus hijos.

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Y es que en casa tiene espacios diseñados para el disfrute familiar y social. La cava de vinos muestra el gusto por la vida en slow motion. Además de que hay una vibra taurina. Su esposo es fanático de los toros, juega polo y se deleita con el buen vino.

No cambiaría nada de lo que ha vivido en esta década: emprender y consolidar su negocio propio, formar un hogar, tener su casa propia y, sobre todo, amar y creer en todo lo que hace.

Sus hijos crecieron viendo a su madre trabajar. Juegan a “la heladería”, conocen los sabores, recomiendan las paletas a sus amigos y la acompañan algunos fines de semana en los locales. Cuando ven un helado que no es de La Palatería suelen decir “ese helado no es de mi mami”. Para Alexandra, ese quizá sea el logro más importante: construir una empresa mientras crea, al mismo tiempo, un ejemplo de disciplina y esfuerzo. Y es admirable que a sus 35 años haya consolidado este pequeño imperio.