Por Natalia Gandarillas

En un momento en que las ciudades latinoamericanas enfrentan tensiones cada vez más profundas entre crecimiento inmobiliario, degradación ambiental y pérdida de cohesión social, la arquitectura se ve obligada a replantear su rol frente al territorio y la vida urbana.

Más allá de diseñar edificios, hoy el desafío parece estar en comprender cómo habitamos, cómo nos relacionamos con la naturaleza y qué tipo de ciudad estamos construyendo para las próximas generaciones. Desde Medellín, la Oficina de Proyectos Urbanos, OPUS, ha desarrollado una práctica que combina urbanismo, paisaje, participación ciudadana y sostenibilidad, entendiendo la arquitectura como una herramienta capaz de articular intereses económicos, sociales y ecológicos.

CLAVE! tuvo la oportunidad de conversar con el arquitecto Carlos Betancourt, co-fundador de OPUS, donde reflexionamos sobre ciudad, naturaleza, mercado inmobiliario, bienestar y el futuro de nuestras formas de habitar.

OPUS - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

¿Cómo nace OPUS?
OPUS surge en Medellín en un contexto profundamente complejo para Colombia. Nosotros salimos de la universidad a ejercer la profesión en medio de la crisis económica y social que dejó la violencia de los años noventa, cuando el sector de la construcción y todo el ecosistema de diseño estaban prácticamente arruinados. En ese momento comenzamos trabajando como una oficina satélite para arquitectos con mayor trayectoria. Ese periodo coincidió con las transformaciones urbanas impulsadas durante la alcaldía de Sergio Fajardo Valderrama, un momento clave para el urbanismo social en Medellín.

En 2006, decidimos participar en el concurso de Plaza de la Libertad junto al arquitecto Alejandro Toro. Ganar ese proyecto fue un punto de inflexión enorme para nosotros: siendo muy jóvenes, tuvimos que enfrentarnos a retos técnicos, administrativos y gerenciales gigantescos. Pero también fue una experiencia muy generosa, porque muchos arquitectos de mayor trayectoria nos acompañaron y guiaron. Ahí entendimos el valor del trabajo colectivo, del colegaje y de los concursos públicos como una herramienta democrática capaz de abrir oportunidades reales para oficinas jóvenes.

En este proceso entendimos que los lugares no podían pensarse desde una sola disciplina, sino desde la suma de conocimientos capaces de responder a problemáticas sociales, ambientales, urbanas y culturales de manera simultánea. Esa fue, finalmente, la dinámica inicial que terminó definiendo la identidad de OPUS, y con la cual comenzamos a ganar concursos públicos que nos permitieron darnos a conocer.

¿En qué momento entendieron que la arquitectura, por sí sola, no era suficiente para abordar la complejidad de los territorios?
Creo que fue algo absolutamente intuitivo. Nunca partió desde una metodología rígida ni desde una teoría preconcebida; simplemente empezamos a sentir que, para tomar mejores decisiones, necesitábamos entender más profundamente los lugares sobre los que estábamos trabajando. Los concursos muchas veces planteaban únicamente requisitos técnicos o funcionales, pero nosotros sentíamos que había preguntas más complejas detrás de cada proyecto. Ahí comenzamos a integrar profesionales que, en principio, no parecían tan cercanos a la arquitectura: biólogos, abogados, expertos en movilidad, antropólogos, historiadores. Entendimos que abordar un territorio implicaba comprender también sus dinámicas sociales, ambientales, culturales e incluso históricas. Uno de los proyectos que más marcó ese entendimiento fue el proyecto de Revitalización del Eje Urbano de la Albarrada de Mompox, Colombia, entre 2010 y 2011.

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Casa La Pausa

¿Cómo el proyecto de Mompox transformó su manera de entender la arquitectura y la relación con el territorio?
Mompox es una ciudad patrimonio histórico de la humanidad ubicada en la depresión momposina de Colombia. Este es un territorio muy singular donde las aguas del sistema interandino llegan a una gran planicie y pierden su cauce, generando inundaciones enormes. De hecho, el desarrollo de este proyecto coincidió con el fenómeno de La Niña que desembocó en uno de los momentos más críticos de inundaciones en Colombia.

Este contexto terminó haciendo evidente la necesidad de ir mucho más allá de la arquitectura como disciplina aislada, ya que sola es insuficiente para responder a problemáticas territoriales que no son únicamente espaciales, sino también ambientales, culturales y sociales, entre muchos otros aspectos que pueden y deben ser mirados en el desarrollo de proyectos.

Asimismo, empezamos a preguntarnos cómo las sociedades prehispánicas habían convivido históricamente con el agua, cómo gestionaban las inundaciones y qué podíamos aprender de esas formas ancestrales de habitar el territorio.

¿Qué aprendizajes encontraron?
Lo más interesante para nosotros fue descubrir que muchas de estas soluciones ancestrales no provenían de una visión romántica o mística de la naturaleza, sino de una comprensión extremadamente práctica del territorio. La sociedad hidráulica Zenú, por ejemplo, desarrolló durante siglos sistemas capaces de convivir con las inundaciones en lugar de intentar eliminarlas. A través de montículos elevados y redes de canales, lograron habitar un territorio complejo entendiendo las dinámicas naturales del agua y aprovechando incluso los sedimentos provenientes de los Andes para fortalecer sus sistemas agrícolas.

Era una relación basada en observación, adaptación y procesos larguísimos de ensayo y error intergeneracional. Ahí entendimos algo fundamental: el problema no es el agua ni los ecosistemas, sino nuestra insistencia moderna en imponer modelos rígidos sobre territorios que funcionan bajo otras lógicas.

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Casa GOZU

¿Por qué se rompió este legado de conocimiento?
Cuando llegan los procesos de colonización europea, se produce una ruptura muy fuerte entre esas formas ancestrales de habitar y nuevas lógicas urbanas completamente ajenas a los ecosistemas locales. Se empiezan a imponer modelos de ciudad que desconocen las dinámicas naturales del territorio y se pierde muchísimo conocimiento acumulado durante siglos. Eso sigue teniendo consecuencias enormes hoy. Muchas de las problemáticas contemporáneas de inundaciones, contaminación hídrica y deterioro ambiental están directamente relacionadas con esa desconexión histórica. Hemos transformado ríos en infraestructuras rígidas, canalizado quebradas, rellenado humedales y entendido la naturaleza como algo que debe ser controlado, explotado o instrumentalizado bajo una lógica de eficiencia y rentabilidad. Y creo que ahí hay un error profundo: pensar el territorio únicamente desde variables económicas termina generando problemas mucho más costosos y complejos a largo plazo.

¿Cómo observas hoy la presión del mercado inmobiliario sobre el territorio y las ciudades?
Creo que hoy existe una presión constante —y global— por maximizar la rentabilidad del suelo. El territorio deja de entenderse como un ecosistema complejo al que debemos integrarnos y pasa a verse como un vacío disponible para extraer valor económico. Eso genera dinámicas muy agresivas sobre las ciudades, donde cada metro cuadrado empieza a medirse únicamente desde criterios de eficiencia, rentabilidad o aprovechamiento inmobiliario. Y claro, esas tensiones terminan atravesando absolutamente todo: la política, las regulaciones urbanas, las decisiones de infraestructura e incluso la manera en que imaginamos el desarrollo de las ciudades.

No es un fenómeno exclusivo de Latinoamérica, ocurre prácticamente en todas partes del mundo, aunque con distintos niveles de regulación. El problema es que, cuando la lógica económica se convierte en la única variable importante, otras dimensiones fundamentales —como agua, ecosistemas, espacio público o calidad de vida— quedan relegadas. Ahí es donde empiezan a aparecer ciudades profundamente desconectadas de sus territorios y de las necesidades reales de las personas.

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Casa La Pausa

¿Cómo enfrentan desde OPUS las tensiones entre arquitectura, mercado inmobiliario y desarrollo urbano?
Hace mucho tiempo dejamos de pensar esta discusión desde la idea simplista de que los arquitectos son “los buenos” y los desarrolladores inmobiliarios “los malos”. Creemos que ese enfoque no solamente es equivocado, sino improductivo. El problema es mucho más sistémico y nos involucra a todos como sociedad. Nosotros entendemos al arquitecto, al constructor, al promotor y al inversionista como ciudadanos que ocupan distintas responsabilidades dentro de un mismo sistema urbano. Por eso creemos profundamente en la construcción de relaciones colaborativas y no confrontativas.

Nos interesa entender cuáles son los riesgos económicos que asume un desarrollador, cuáles son sus preocupaciones y cómo podemos articular esas necesidades con objetivos sociales, urbanos y ambientales más amplios. Ahí es donde empezamos a integrar otras disciplinas —biólogos, hidrólogos, expertos ambientales— para encontrar puntos de equilibrio entre sostenibilidad económica, sostenibilidad social y sostenibilidad territorial. Y hemos descubierto algo muy interesante: cuando uno logra establecer conversaciones honestas y bien estructuradas, muchos promotores y constructores están completamente abiertos a desarrollar proyectos mucho más integrales y conscientes.

En OPUS entendemos eso como una enorme oportunidad de construir equipos capaces de comprender distintas partes del sistema urbano y trabajar colectivamente sobre él.

¿Cómo ha sido, en la práctica, lograr estas conversaciones entre arquitectura, sostenibilidad y desarrollo inmobiliario?
No ha sido fácil. Hoy lo cuento de una manera mucho más clara o estructurada, pero en la práctica ha sido —y sigue siendo— un proceso muy complejo. Sin embargo, creo profundamente que vale la pena intentarlo. Con el tiempo entendimos que muchas veces el problema no está en las ideas, sino en cómo se plantean las conversaciones.

En varios proyectos de renovación urbana, por ejemplo, logramos cambiar completamente la manera en que se entendían ciertas decisiones urbanas y ambientales. Recuerdo una conversación muy interesante con unos promotores en Cali: les decíamos que no estábamos “gastando” demasiado espacio en árboles o espacio público, sino que estábamos construyendo un argumento de venta muy poderoso. Lo que se ofrecía no eran simplemente departamentos baratos, sino viviendas accesibles en uno de los sectores con mayor biodiversidad de la ciudad, con espacios públicos de calidad y mejores condiciones urbanas. Entonces, elementos como la arborización o el diseño ecológico dejaban de verse como un gasto y comenzaban a entenderse como valor.

Lo mismo ocurrió con los sistemas urbanos de drenaje sostenible. Muchas veces nos decían que eran soluciones “románticas” o demasiado costosas, pero el problema estaba en cómo se entendía la conversación. Nosotros intentábamos explicar que no se trataba únicamente de sostenibilidad ambiental, sino también de competitividad urbana y eficiencia económica. Una ciudad que colapsa con un pequeño aguacero pierde productividad, calidad de vida y capacidad de atraer inversión. Entonces, cuando uno logra reenmarcar la conversación y traducir ciertos valores urbanos, ambientales o arquitectónicos en beneficios tangibles —menos postventas, ventas más rápidas, mayor valorización, mejor calidad de vida—, empiezan a aparecer puntos de encuentro mucho más interesantes. Creo que gran parte del trabajo consiste en entender el dolor del otro, comprender las preocupaciones reales de un promotor o un inversionista y transformar esas preocupaciones en oportunidades compartidas.

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Planetario de Medellín

¿Cómo lograron demostrar que una mejor calidad urbana también podía convertirse en un mejor negocio inmobiliario?
Hubo un proyecto muy interesante de renovación urbana en Medellín, el Distrito Vera, que para nosotros terminó demostrando precisamente eso. Era un antiguo sector industrial ubicado en una zona que, con el crecimiento de la ciudad, dejó de ser pertinente para industrias pesadas como cementeras o siderúrgicas. Cuando esas industrias abandonaron el lugar, quedó una enorme área expectante en medio de la ciudad.

Se desarrolló un plan parcial urbano bastante interesante, donde el antiguo propietario de las tierras comenzó a vender manzanas a distintos desarrolladores. El problema era que, aunque existía una buena estructura urbana —andenes amplios, buen trazado vial y espacio público—, la arquitectura comenzó a perder calidad. Los edificios priorizaban plataformas de parqueaderos elevadas para evitar sótanos costosos, generando calles llenas de muros ciegos, desconectadas del peatón y sin vida urbana. Se perdía completamente esa idea de Jane Jacobs sobre las ventanas como “los ojos de la calle”.

Ahí ocurrió algo muy importante: los propietarios de la tierra entendieron que necesitaban elevar el estándar urbano y arquitectónico del sector. Decidieron organizar un concurso privado donde la calidad urbana y la propuesta económica tuvieran exactamente el mismo peso, en un contexto en el que la propuesta económica suele tener mayor relevancia. Este concurso lo ganamos en conjunto con Alejandro Echeverri + Valencia Arquitectos con una propuesta que buscaba equilibrar rentabilidad y calidad urbana.

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Distrito Vera

La estrategia fue muy clara: dividir una gran manzana en cuatro para recuperar capilaridad urbana, activar el primer piso con comercio atractivo y eliminar la desconexión entre parqueaderos y vida peatonal. Frente al proyecto estaba el Museo de Arte Moderno de Medellín, así que hubo también una curaduría muy cuidadosa de las marcas y usos del primer nivel, incorporando cafés, comercio y espacios activos que fortalecieran la vida urbana.

Lo interesante es que el proyecto terminó demostrando que una buena ciudad también puede ser un gran negocio. Los locales comerciales se vendieron muchísimo más caros que los proyectos vecinos porque estaban integrados a una calle activa y vibrante. Las viviendas también se comercializaron más rápido de lo esperado, y espacios que inicialmente parecían difíciles de justificar —como balcones colectivos, coworkings y áreas de socialización— terminaron convirtiéndose, especialmente después de la pandemia, en algunos de los principales argumentos de venta. Creo que ahí entendimos algo fundamental: cuando la arquitectura logra articular calidad urbana, sostenibilidad, vida colectiva y rentabilidad económica, se produce un cambio real en la manera en que el mercado empieza a valorar la ciudad.

¿Cómo están cambiando las formas de habitar en una sociedad hiperconectada y qué papel puede tener la arquitectura frente a fenómenos como la soledad, la ansiedad y la desconexión con la naturaleza?
Creo que hoy estamos viviendo un cambio muy profundo en las dinámicas sociales y la arquitectura muchas veces no logra adaptarse con la misma velocidad con la que cambia el mundo. La ciudad y la producción inmobiliaria son infraestructuras pesadas, lentas y costosas, mientras que las formas de vivir, relacionarnos y habitar cambian constantemente. Sin embargo, hay ciertos espacios que siguen teniendo sentido incluso después de décadas porque fueron concebidos desde la flexibilidad y desde necesidades humanas muy esenciales: los parques, los cafés, las plazas o los espacios de encuentro colectivo. Y justamente creo que hoy una de las mayores necesidades es esa: la socialización. Vivimos hiperconectados digitalmente, pero profundamente solos en términos sociales. Las estructuras familiares cambian, muchas personas viven solas, otras ya no quieren tener hijos y empiezan a aparecer nuevas formas de habitar donde los espacios colectivos adquieren un valor enorme.

Por eso creemos que la arquitectura tiene hoy la responsabilidad de promover encuentros humanos reales. No porque un edificio pueda resolver la soledad, sino porque la arquitectura puede convertirse en un escenario que facilite conexiones espontáneas entre las personas. Espacios comunes, coworkings, terrazas, balcones colectivos o calles activas empiezan a adquirir una nueva dimensión en este contexto. Incluso personas de niveles socioeconómicos altos comienzan a cuestionar la idea tradicional del lujo asociado al aislamiento o a grandes propiedades privadas. Hoy muchas personas prefieren vivir en lugares donde puedan encontrarse con otros, construir comunidad o simplemente sentirse parte de algo colectivo.

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Parque del Indio o de Las Cometas

Al mismo tiempo, aparece otra necesidad muy fuerte: la reconexión con nuestra esencia biológica y con la naturaleza. Creo que la ciudad contemporánea ha alejado a las personas —y especialmente a los niños— de experiencias fundamentales relacionadas con lo silvestre, con el contacto físico con la tierra, los árboles, los insectos o el agua. Y eso empieza a convertirse incluso en un problema de salud pública. La naturaleza dentro de la ciudad no debería ser un privilegio reservado para quienes pueden salir de viaje o vivir en urbanizaciones exclusivas; debería formar parte de la experiencia cotidiana urbana. Por eso nos interesan muchísimo ejemplos como el de Curridabat, en Costa Rica, donde la ciudad comenzó a diseñarse pensando en los polinizadores —abejas, mariposas, colibríes— entendiendo que, si una ciudad es habitable para ellos, probablemente también será más habitable para las personas.

También me preocupa muchísimo cómo hemos diseñado las ciudades pensando casi exclusivamente en el automóvil y muy poco en el bienestar humano o ecológico. Existe un rigor técnico enorme para calcular carriles vehiculares o radios de giro, pero muy poca rigurosidad para diseñar espacios peatonales, arborización o infraestructura verde. Y eso termina generando ciudades profundamente desbalanceadas, donde muchas veces existen enormes niveles de bienestar dentro de conjuntos privados mientras afuera aparecen calles hostiles, andenes mínimos y ausencia total de naturaleza.

El desafío hoy es volver a lo esencial: entender que una calle activa, un árbol, terraza o espacio de encuentro no son lujos románticos, sino elementos fundamentales para construir ciudades más saludables, humanas, sostenibles emocionalmente.