
Por Caridad Vela
Hablar con Giannina y Bianca es entrar en una conversación donde las frases rara vez pertenecen por completo a una sola. Se interrumpen, recuerdan detalles, completan ideas, se ríen de sus propias anécdotas y, casi sin darse cuenta, van reconstruyendo juntas la historia de Urban Goods.
Y no podría ser de otra manera, porque este negocio de productos para el hogar, si bien nació de una idea de Giannina, lleva dentro mucho de las dos y, sobre todo, muchísimo de los antecedentes de la familia en la que crecieron, en su vida y sus costumbres. Las flores frescas que su madre siempre tiene en casa, los desayunos diarios preparados por su padre, una mesa siempre bien puesta y una casa que olía rico, fueron la inspiración.

Bianca y Giannina Yépez
“Nuestra mamá es detallista con absolutamente todo. No importaba en qué casa viviéramos, siempre había toques divinos por aquí y por allá, y nos decía que no era para los invitados sino para nosotros, para vivir bonito y vivir bien”. Y ahí, en esas palabras, aparece el origen de esto, que en el fondo es alimentar el alma del hogar.
Pero vamos atrás en el tiempo. La pandemia hizo que la casas dejen de ser simplemente el lugar al que se regresaba al final del día y se convirtió en oficina, escuela, restaurante, espacio de juegos y refugio.
En ese entonces Giannina tenía un hijo de dos años y trabajaba mientras lo cuidaba. “No había empleada ni niñera, incluso prefería que nadie llegara por miedo al contagio, y las tareas cotidianas empezaron a pesar de otra manera”. Fue ahí cuando comenzó a mirar los objetos de la casa con otros ojos y surgieron varios cuestionamientos.

¿Por qué una aspiradora tenía que ser enorme y pesada? ¿Por qué limpiar el piso debía tomar tanto tiempo? ¿Por qué no encontrar productos que permitieran cocinar, limpiar y resolver las tareas diarias de manera más sencilla?
“Necesitábamos cosas lindas, pero también súper prácticas, cosas que te ayuden a pasar más tiempo con tu familia y menos tiempo lavando platos, trapeando o haciendo las tareas del día a día”.
Giannina llevaba varios años trabajando en la empresa familiar de importación de herramientas eléctricas. Había aprendido logística, administración, importaciones y todos los procesos de un negocio que llevaba décadas funcionando, pero quería algo propio y tenía una motivación personal. “Quiero dejar un legado a mis hijos, quiero que algún día puedan decir su mamá, mientras los estaba criando, también pudo hacer esto”.

Mientras ella maduraba esa idea en Quito, su hermana Bianca, ocho años menor, estaba lejos. Bianca había estudiado arquitectura y también había trabajado con su padre. Pero pronto entendió que aquella industria tan masculina no era lo suyo. En 2020 viajó a Miami decidida a cambiar de rumbo hacia la gastronomía. La pandemia la encontró allá trabajando en restaurantes. Después vendría México, Bogotá y dos años de estudios gastronómicos.
Sin saberlo todavía, ambas estaban acercándose desde caminos distintos al mismo lugar. La casa, el hogar, el buen gusto. Giannina desde la practicidad y la importación, Bianca desde la arquitectura, el diseño y la cocina.

La idea, como tantas que nacieron durante la pandemia, pudo haberse quedado ahí. Pero en esta familia hay un personaje al que aparentemente no conviene contarle una buena idea si uno no está dispuesto a llevarla a cabo. Hablo de Jaime Yépez, el padre, empresario, ingeniero civil y emprendedor por naturaleza. “Nuestro papá es así. Le das una idea y él enseguida pregunta, ¿cómo hacemos?”
Y así fue también en esta ocasión. Menos de un mes transcurrió entre la primera conversación cuando los dos ya estaban en Miami comprando el primer inventario. “Le decía, compremos dos de esto, dos de aquello. ¿Dos?, respondía su padre. ¡Doce!” Urban Goods comenzó con una hija intentando actuar con cautela y un padre que llevaba cuarenta años entendiendo que un negocio necesita inventario para vender y crecer.
La primera compra estuvo concentrada fundamentalmente en objetos prácticos. “Nos enfocamos en electrodomésticos livianos, aspiradoras más manejables, equipos que cumplían dos funciones a la vez, productos capaces de ahorrar tiempo. El concepto era hacer más fácil la vida para tener más tiempo para vivirla”.

Giannina y Bianca Yépez
Si bien Urban Goods era un emprendimiento nuevo, no partía de cero. Detrás estaba la estructura que Jaime Yépez había construido durante 41 años en su empresa. La familia ya sabía importar, tenía consolidación de carga en Miami y contaba con bodegas y procesos administrativos establecidos. El hermano, Christopher, que vive en Estados Unidos, manejaba la parte financiera, logística y tributaria desde allá.
Y también estaba Giannina, la mamá. Ella tenía otro talento. “Mi mamá era capaz de encontrar una joyita en un pajar”. Durante años había viajado a Estados Unidos y regresado con las maletas llenas de objetos para la casa. Sabía reconocer materiales, marcas, colores, calidad. Donde los demás veían un objeto, ella detectaba algo especial. Ahora, por primera vez, ya no tenía que preguntarse si lo que le gustaba cabría en la maleta, porque estaban ante un proceso de importación.
La primera tienda de Urban Goods abrió en 2022, en la calle Checoslovaquia, en Quito. El local apareció incluso antes que la mercadería. Giannina pasó por ahí por coincidencia, vio que estaba disponible y se lo contó a su papá. Había que tomarlo. Después vino la discusión sobre cómo debía verse.
Para Jaime, acostumbrado al negocio de herramientas eléctricas, bastaba con colocar correctamente los productos en estanterías, pero para sus hijas aquello era impensable. Tenía que ser bonito, un lugar al que la gente quiera entrar porque le atrae una cafetera, una aspiradora o una bandeja, porque vender productos para el hogar implicaba también inspirar una forma de vivirlos.
“Las redes sociales ayudaron enormemente, la Checoslovaquia no era una calle de gran tráfico comercial, pero Instagram empezó a llevar gente. Los primeros clientes fueron los amigos de mis papás y los nuestros, obviamente”. Cuatro meses después de la primera compra de productos ya estaban preparando una nueva importación. El primer año recuperaron la inversión.

Con el negocio funcionando llegó la segunda transformación. “Ya tenemos productos prácticos, ahora quiero también traer cosas bonitas”. La necesidad de este complemento está en cómo habían vivido su vida. No importaba si había algo elaborado o simplemente un sánduche de queso, siempre la mesa estaba puesta, había individuales, vasos bonitos y cada cosa ocupaba su lugar.
Su madre utilizaba las vajillas lindas diariamente, no estaban reservadas para las visitas, la casa era para disfrutarse todos los días, y eso lo querían transmitir en Urban Goods. Incorporaron bandejas, ensaladeras, vajillas, caminos de mesa, textiles y pequeños objetos capaces de transformar los espacios, refrescarlos, sin necesidad de cambiarlo todo.

Así llegó la idea de las colecciones estacionales. “En Quito no hay otoño”, decía su madre, pero Giannina insistía en que podían hacer que se sienta un otoño. Calabazas de vidrio, colores quemados, pequeños detalles que no implican redecorar los espacios, sino cambiar su ánimo tan a menudo como sea posible. Y la madre, aquella mujer que durante décadas había cuidado cada rincón de su propia casa, se convirtió naturalmente en una de las mejores asesoras del negocio.
Las compras en Estados Unidos podrían parecer la parte más glamorosa del negocio, pero la verdad es otra. “Es hermoso, pero es durísimo. Todos somos hands on. Mis papás ayudan a elegir y coordinar, mi hermano domina excel y organiza números e inventarios, mientras uno dicta, otra registra, otra empaca, y Avelina, nuestra cuñada, se involucra en todo el proceso”. La empresa de las dos hermanas se convirtió, de alguna manera, en una nueva aventura de toda la familia.
Después de un año en la Checoslovaquia, Giannina atravesaba un momento personal complejo. Se había separado de su marido y necesitaba conciliar el negocio con la crianza de sus hijos. Un día vio un local disponible en Plaza del Rancho, era cerca de su casa, era ideal.
Llamó a su padre y se lo comentó. “Resérvalo, esas oportunidades se van”, le dijo. Antes de firmar, Jaime pidió a un colaborador que fuera a sentarse frente al local y contara cuánta gente pasaba por ahí. Era viernes, el flujo funcionó, el lunes estaban mudándose.

Bianca Yépez
Y entró Bianca de lleno. La arquitecta que había decidido alejarse de la arquitectura volvió a medir espacios, definir distribución y diseñar una tienda. Después se involucró en redes, recetas, montaje y operación. Las dos hermanas, las dos trayectorias, finalmente se encontraron.
El siguiente paso en la ruta del crecimiento llegó por una visita inesperada. La propietaria de Datu Deli conoció la tienda de Plaza del Rancho, le gustó el concepto y les propuso instalar Urban Goods dentro de los Datu Deli en Quito y Cumbayá. La reacción fue la misma de siempre, llamar a su padre para escuchar su consejo. “Láncese, firme el contrato, lo peor que puede pasar es que no funcione y en tres meses cerremos”, fue la respuesta.
Pero no nos equivoquemos, no quiero dar la idea equivocada del padre. Jaime no es emocionalmente reactivo en función de los anhelos de sus hijas. Él puede abrir puertas, compartir con ellas su estructura empresarial o animarlas a tomar un local, pero no hace el trabajo por ellas. Analiza costos, inversión y riesgo, reflexiona sobre debilidades y fortalezas hasta que todo cuadre. Su filosofía es “no dejar que el miedo te impida probar. Vender productos no perecibles permite que, si las cosas no salen como el análisis anticipaba, liquidamos el inventario”, les dijo.
Urban Goods pasó de un local a tres. Bianca dejó definitivamente su otro trabajo para incorporarse al proyecto junto a su hermana. Mientras avanza mi conversación con ellas voy entendiendo que el legado familiar no se limita a saber importar, negociar un local o reconocer una buena vajilla, hay algo mucho más profundo que se teje detrás de cada palabra que Giannina y Bianca comparten conmigo.

Giannina Yépez
Recuerdan que su padre siempre les repetía una idea que tenía fija en su mente. “Ustedes son mujeres, son las que más tienen que estudiar, no pueden depender de nadie”. Me resulta curiosa la frase viniendo de un hombre cuya esposa se dedicó a su familia y dependió económicamente de él, y les menciono mi inquietud. “Él sabía que no todos los hombres son como él, y por eso insistía en que tenemos que ser independientes”.
Hoy Urban Goods realiza nuevas importaciones aproximadamente cada tres meses. Trabajan por colecciones, participan en ferias y, escuchando que sus clientes quieren resolver todo en un mismo lugar, han ampliado su oferta incluso hacia juguetes y regalos para toda la familia. Septiembre, con la vuelta a la rutina, se convierte en un pequeño enero, luego llegan los tonos de otoño y finalmente Navidad, una de sus temporadas más importantes.
Giannina y Bianca aportan miradas distintas pero complementarias. “El mayor aprendizaje que tenemos de nuestros padres es a “hacer las cosas con amor, sí, pero también con dedicación, trabajo, disciplina y rigor. Es como si siempre nos dijeran que por ellos no va a faltar, que nos apoyan, pero que a nosotras nos toca trabajar”.

Bianca y Giannina Yépez
La historia de Urban Goods no es la de una empresa, es la historia de dos hermanas que aprendieron que el hogar merece ser cuidado, porque es el lugar que acoge a la gente que uno ama, y eso es mucho más valioso que una estructura empresarial. Es una forma de mirar la vida y amarla, a pesar de todo.

Encuéntranos en:
C.C. Plaza del Rancho, local 34. Av. Eugenio Espejo (vía a Tanda)
Datu Deli Cumbayá, Manuela Sáenz y vía Pillagua
Datu Deli Quito, Manuel Barreto y Av. La Coruña
www.urbangoods.com.ec
WhatsApp: +593 98 467 2491
Instagram: @urbangoodsec
