Por Caridad Vela

Su oficina está inundada de verde. Plantas de distintas formas, tamaños y texturas resaltan sobre el blanco de paredes y mobiliario, para convertir el espacio de trabajo en una suerte de primera lección sobre aquello a lo que Sebastián ha dedicado buena parte de su vida.

Desde ahí, grandes ventanales permiten ver la naturaleza que se presenta en distintas perspectivas. En primer plano está la vegetación cuidadosamente integrada al interior, más allá de los ventanales aparece un jardín impecablemente cuidado, seguido por una quebrada que conserva su propia personalidad, más libre, menos intervenida. Hacia el horizonte, las montañas muestran la escala y la lógica de aquella vegetación que crece sin diseño ni planificación humana, salvajemente, por gracia de Dios.

Fora - Revista CLAVE Ecuador

Sebastián Torres

Quizá no exista mejor escenario para conversar con Sebastián. Habla de plantas con conocimiento y con una fascinación que parece intacta, basta mirar alrededor para entenderla.

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Fotografía: Bicubik

¿La naturaleza es la maestra del proceso?
Recibir un plano para empezar un diseño no es tener un papel en blanco, es todo lo contrario. Hay muchísima información detrás que tenemos que investigar. La topografía, las visuales, las curvas de nivel, lo que pasó antes en ese lugar que, aunque aparentemente esté desprolijo, hubo una vida e historia, y entenderla nos ayuda muchísimo a desarrollar el proyecto. Esa historia nos permite crear, o recrear de cierta manera, algo que pertenece. La mejor paisajista del mundo es la madre naturaleza. Es dificilísima de copiar, de seguir y de imitar, pero es nuestra principal referente.

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Fotografía: Bicubik

¿En qué momento debería entrar el paisajista a un proyecto arquitectónico?
Lo ideal es entrar desde el principio, aunque no siempre ocurre. Hay arquitectos que tienen clientes muy sensibles a la naturaleza y me llaman apenas tienen el terreno para ver cómo podemos aprovecharlo. Esos proyectos se enriquecen inmensamente. Hay otros casos en los que el paisajista entra al final, no es lo óptimo, y aunque el proyecto puede quedar muy bonito, el paisaje se siente postizo.

¿La diferencia de entrar al principio es que el jardín estará asentado cuando el proyecto esté listo?
No solo eso. Si entramos el día uno, podemos mirar con el arquitecto y el cliente por dónde sale el sol, dónde está la montaña, hacia dónde tenemos una visual que queremos conservar, qué árbol merece quedarse, dónde necesitamos sombra o dónde conviene abrir una ventana. Cuando todas esas decisiones se toman conjuntamente, arquitectura y paisaje realmente empiezan a dialogar.

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Fotografía: Bicubik

¿Un buen paisajismo realmente aumenta el valor de una propiedad?
Sí, de varias maneras. No solamente existe un valor económico, también hay un valor de uso que es sensorial y emocional. Al promotor inmobiliario obviamente le preocupa la relación costo-beneficio, y aquí volvemos al problema de incorporar el paisajismo al final, porque si se convierte en el adorno que se hace cuando todo lo demás está terminado, probablemente ya no queda presupuesto. Cuando se piensa desde el inicio ocurre algo completamente diferente. Hay, además, una particularidad maravillosa, el bien inmobiliario envejece, la naturaleza crece y se desarrolla. Un paisaje recién instalado no tiene el mismo valor que cinco o diez años después. Mientras un revestimiento o determinado material constructivo puede perder valor con el tiempo, un paisaje bien diseñado puede ganarlo, los árboles son más grandes, la vegetación está establecida y el espacio transmite una sensación de naturaleza mucho más potente.

¿La biofilia es moda o existe algo más profundo detrás de esta necesidad de meter naturaleza dentro de las casas?
Puede haber gente que llegue a ella por moda o porque vio algo en redes sociales, pero detrás existe algo muchísimo más profundo. El ser humano nació en la naturaleza, no teníamos casas, vivíamos afuera y, como necesitábamos sentirnos protegidos, construimos refugios. El problema es que al encerrarnos dentro de ese cubo que nos protege, nos faltó justamente el componente del lugar de donde venimos. La naturaleza.

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Fotografía: Bicubik

Entonces empezamos a traer nuevamente el verde hacia adentro. Construimos para estar seguros, pero tuvimos que volver a introducir la naturaleza para estar seguros y felices. Ahí está la esencia de la biofilia.

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Fotografía: Bicubik

¿Cómo saber si una planta pertenece a interiores o exteriores?
Hay toda una ciencia detrás, pero las propias plantas nos dan pistas. El follaje, por ejemplo, dice muchísimo. Una planta con hojas muy grandes normalmente está intentando captar la poca luz que recibe. Precisamente por eso no tolera una exposición directa y prolongada al sol, sus hojas podrían quemarse. En lugares con muchísimo sol o donde el agua es escasa ocurre lo contrario, las plantas tienden a reducir su superficie foliar para perder menos agua. Las plantas tienen una inteligencia extraordinaria, cuando uno aprende a observarlas, nos dicen lo que necesitan.

¿Hay que hacer renuncias si queremos un jardín de menor mantenimiento?
No necesariamente. Ahí está precisamente el conocimiento. Lo primero es saber dónde estamos y respetar ese lugar. A partir de ahí podemos buscar prácticamente el estilo que quiere el cliente. En Cuenca existen sectores donde llueve mucho menos que en otros. En esos lugares no tendría sentido colocar especies con una enorme demanda de agua, pero eso no significa renunciar a un jardín exuberante. Hay agaves y otras especies de la serranía ecuatoriana que pueden tener una presencia espectacular y requieren muy poca agua. El paisajista tiene que saber guiar al cliente, si pide una planta que sé que no va a funcionar, tengo que decírselo. Podemos hacer una prueba si insiste, pero llenar todo un jardín con especies incompatibles con el lugar deja de ser coherente con el ecosistema y tarde o temprano va a fracasar.

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Fotografía: Bicubik

¿Abono orgánico o químico?
Siempre que sea posible, orgánico. Comparemos a la naturaleza con el ser humano. Si tiene un pequeño dolor de cabeza quizá se toma un té y se le pasa, pero hay un momento en que el té ya no funciona y necesita una aspirina. Con las plantas ocurre algo parecido.

Lo ideal es trabajar orgánicamente y, sobre todo, prevenir. Pero cuando encontramos una situación de abandono, una enfermedad o un problema grave, a veces es necesario recurrir puntualmente a soluciones químicas. Lo importante es entender que no deberían ser la primera respuesta, porque, al final, volvemos al principio de toda esta conversación, antes de intervenir hay que aprender a escuchar lo que la naturaleza nos está diciendo.

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Fotografía: Bicubik

¿Qué tiene Cuenca de particular para un paisajista?
No solo Cuenca, todo Ecuador. Cuando estudiaba en Argentina tenía compañeros que necesitaban viajar doce horas para encontrarse con climas o topografías diferentes. En Ecuador podemos atravesar varios pisos climáticos en cuestión de horas. Cuenca tiene una característica todavía más particular, estamos en una zona de los Andes donde la cordillera es muy angosta, y eso hace que tengamos una influencia muy fuerte tanto de la Costa como de la Amazonía. Podemos movernos distancias relativamente pequeñas y encontrar realidades completamente diferentes. Eso es un reto enorme, pero también un privilegio. Lo que funciona hacia el Cajas no necesariamente funciona hacia el Oriente, y tampoco es igual el paisajismo del centro de la ciudad. Esa diversidad, concentrada en un territorio tan pequeño, hace que Cuenca tenga un paisaje con identidad propia.

¿Aprovechar esa diversidad lo llevó a crear su propio vivero?
Sí. Cuando llegué encontré que había poca oferta, muchos viveros repetían las mismas especies o trabajaban con plantas de Colombia. Empecé a investigar nuestra flora nativa, mi formación como agrónomo fue muy útil para eso. Estudiamos especies autóctonas y otras introducidas hace muchísimo tiempo que hoy están perfectamente adaptadas a nuestro medio. No todo lo introducido es malo, existen plantas que llegaron hace cientos de años y prácticamente forman parte de nuestro paisaje. La falta de producción local nos obligó, de alguna manera, a empezar a producir nuestras propias plantas, y eso terminó convirtiéndose en parte de la identidad de Fora.

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Sebastián Torres

¿El vivero es una especie de laboratorio?
Completamente. Tenemos jardines experimentales donde probamos especies y combinaciones. Observamos cómo crece una planta, cuál es su arquitectura, qué tamaño alcanza, dónde debería ir, en qué época florece, cuándo pierde atractivo, cuándo necesita poda. Es prueba y error. Eso nos permite diseñar con mucha más información detrás y también ir construyendo una identidad propia, que nos diferencie como marca.

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Fotografía: Bicubik

¿Qué buscaban hacer diferente?
Hacer jardines que perduren. Aquí se utilizaban muchas plantas de vida corta, especies anuales o bianuales que tienen sentido en países con cuatro estaciones, donde llega el invierno y naturalmente hay que reemplazarlas, pero nosotros no tenemos esas estaciones y, además, no tiene mucho sentido gastar enormes cantidades de dinero reemplazando plantas cada seis meses. Entonces comenzamos a trabajar mucho más con especies perennes que pueden permanecer durante años con un manejo adecuado.

Cuenca tiene una relación muy especial con las orquídeas. ¿Por qué se dan tan bien aquí?
Por las características particulares de nuestro clima y nuestra geografía. Tenemos una enorme diversidad de orquídeas nativas y también empresas cuencanas que las producen y exportan internacionalmente. La cercanía relativa con la Amazonía y la Costa, la influencia de vientos de ambos lados y nuestra humedad, generan condiciones muy especiales. Muchas son epífitas, lo que comúnmente llamamos plantas aéreas, crecen sobre otras estructuras sin ser parásitas. Las orquídeas no son plantas de vida corta, pueden vivir muchísimo tiempo, pero a veces las compramos por su belleza y no preguntamos dónde ponerla, o quien la vende no asesora correctamente. Hay orquídeas para interior, para exterior y para distintos pisos climáticos.

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Fotografía: Bicubik

Fora trabaja en Quito, Guayaquil, Cuenca, Santo Domingo, la Amazonía e incluso fuera de Ecuador. ¿Cómo cambia tu trabajo de un lugar a otro?
Cambia totalmente. Un diseño para Cuenca no sirve automáticamente para Santo Domingo y mucho menos para la Amazonía. Ahora incluso estamos trabajando en Perú.

Cuando voy a un lugar nuevo trato de no llegar con una idea preconcebida. Primero me pregunto qué me va a enseñar aquí la madre naturaleza. Voy un par de días antes, recorro, observo, investigo qué ocurre alrededor y recién a partir de ahí empiezo a trabajar. Todos los clientes quieren flores, color, exuberancia, un jardín lindo, pero no existe una receta que podamos copiar de un proyecto a otro.

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Fotografía: Bicubik

Después de tantos años diseñando jardines, ¿qué sientes cuando regresas a uno de tus primeros proyectos?
Es de las cosas más lindas que existen. Hace poco visitamos uno de hace aproximadamente 15 años. Lo ves y entiendes que ya no es tuyo, pertenece al lugar y a las personas que viven ahí. Lo imaginé, lo diseñé y soñé con verlo así algún día. Quince años después está ahí, la naturaleza hizo lo suyo, los propietarios vivieron en ese espacio, lo transformaron, incorporaron sus propias cosas y le dieron identidad. Ya no parece algo que alguien puso, parece que siempre hubiera estado ahí.

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Fotografía: Bicubik

Entonces, ¿el éxito para un paisajista es que deje de notarse su intervención?
Para mí, sí. Uno de los objetivos de Fora es crear paisajes que con el tiempo se vean cada vez más naturales. Al principio es inevitable que un jardín se vea instalado, acabas de plantar y todo todavía está buscando su lugar, pero uno debe ser capaz de imaginar cómo se verá después. El paisajismo es el arte de la promesa. Cuando presentamos un diseño y hacemos un render, normalmente estamos mostrando al cliente una proyección de cómo podría verse ese jardín cinco años después, le estamos diciendo que confíe, que algún día estará así. Hay paisajes extraordinarios en el mundo, creados por maestros como Burle Marx, Carlos Thays o Barragán, que uno visita 50 o 100 años después y piensa, “Dios mío, este hombre realmente imaginó que iba a ocurrir esto”. Eso es lo fascinante de trabajar con naturaleza viva.

Esa naturaleza viva necesita mantenimiento. ¿Fora da ese servicio?
Las plantas son seres vivos, necesitan cuidados, poda, nutrición, manejo agronómico. Fora ofrece servicio de mantenimiento porque entendimos que no bastaba con entregar una promesa, había que ayudar a que se cumpliera.

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Sebastián Torres

Hace 20 años esa integración no era habitual. ¿Fue difícil lograr que se valore al arquitecto paisajista?
Sí, era una profesión nueva en nuestro medio. Soy ingeniero agrónomo de base y después hice mi maestría en Arquitectura del Paisaje. Ser paisajista no es ser jardinero. La jardinería es otra profesión, y es indispensable, por supuesto, pero son disciplinas distintas. Una nueva generación de arquitectos empezó a abrirnos las puertas y eso permitió que en Ecuador y Latinoamérica se viva una evolución muy interesante hacia la interdisciplinariedad. Un buen proyecto necesita integrar arquitectos, paisajistas, interioristas, ingenieros estructurales y otros especialistas.