Por Natalia Gandarillas

Vivimos una época de transformaciones profundas. La digitalización ha reconfigurado la manera en que trabajamos, aprendemos y nos relacionamos. Hoy es posible estudiar desde casa, colaborar a distancia y acceder al conocimiento sin mediaciones físicas.

Frente a este escenario, surge una pregunta inevitable: si el aprendizaje puede ocurrir en cualquier lugar, ¿qué sentido tiene el espacio escolar? ¿qué papel juega la arquitectura cuando el aula ya no es el único territorio del conocimiento?

Estas interrogantes atraviesan la práctica de Dafne Wiegers, arquitecta y socia ejecutiva de AHH –estudio holandés fundado en 1958—, cuya obra se sitúa precisamente en el cruce entre tradición pedagógica europea y cultura digital contemporánea.

DAFNE WIEGERS - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Dafne Wiegers

Su visita a Ecuador responde precisamente a esa convergencia: AHH ha venido trabajando, junto a Architekten y Patricio Endara Arquitectos, en el diseño del nuevo campus del Colegio Americano.

En este contexto, Dafne comparte con CLAVE! una reflexión más amplia sobre el futuro de la arquitectura educativa y el rol del espacio en una sociedad en transformación. Esta arquitecta pertenece a una generación que no ve contradicción entre arquitectura y digitalización. Por el contrario, entiende que la arquitectura puede aprender de los entornos virtuales, reinterpretar sus dinámicas y traducirlas en experiencias espaciales tangibles. Su trabajo demuestra que el debate ya no es lo físico versus lo digital, sino cómo ambos mundos pueden dialogar para enriquecer la manera en que habitamos: descubrimiento, encuentro, apropiación.

¿Cómo ha sido tu proceso de liderazgo dentro de AHH?
Mi trayectoria dentro de AHH no fue el resultado de una estrategia planificada. Comencé como pasante y modeladora BIM mientras estudiaba arquitectura, asumí responsabilidades progresivamente y, con el tiempo, me convertí en socia ejecutiva.

Mi liderazgo no se basa en el protagonismo autoral, sino en asumir responsabilidad. No busqué jerarquía como objetivo, sino que respondí a una inquietud constante por mejorar procesos y enfrentar desafíos complejos. El crecimiento fue una consecuencia natural de ese compromiso.

Hoy mi rol es más estratégico que operativo, pero mantengo un vínculo activo con la dimensión conceptual del diseño. Para mí, la gestión no sustituye el pensamiento arquitectónico; lo amplifica y lo proyecta a mayor escala.

DAFNE WIEGERS - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

¿Cómo influyó tu formación híbrida en la manera de entender la arquitectura?
Antes de formarme como arquitecta, estudié Communication and Information Sciences. Lejos de ser un desvío, esa etapa fue el fundamento de mi mirada sistémica, que más adelante trasladé al diseño espacial. Comprender cómo circula la información, cómo interactúan los sistemas y cómo se construyen narrativas digitales me permitió pensar la arquitectura como una red y no únicamente como un objeto construido.

Posteriormente completé mi formación en arquitectura y Building Science en Groningen y continué en la Academia de Arquitectura de Ámsterdam. Esa combinación entre comunicación y técnica constructiva define hoy mi práctica. Para mí, el espacio no es una forma aislada, sino un sistema complejo de relaciones humanas, tecnológicas y ambientales que interactúan entre sí.

En una sociedad atravesada por pantallas, esta formación adquiere especial relevancia. Estoy convencida de que el arquitecto contemporáneo no puede diseñar ignorando la influencia de los entornos virtuales. La pregunta ya no es cómo resistirlos, sino cómo aprender de su lógica y traducirla en experiencias físicas significativas.

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¿Qué significa diseñar para atletas digitales?
Esa reflexión tomó forma concreta en mi proyecto de graduación: un espacio diseñado para equipos profesionales de Esports (deportes electrónicos). En 2017, cuando los videojuegos ya eran una industria global pero aún poco comprendida desde la arquitectura, me planteé una pregunta que parecía inusual: ¿cómo diseñar espacios físicos para jugadores cuyo desempeño ocurre en el mundo digital?

Lejos de caricaturizar el fenómeno, entendí que estos equipos funcionan como verdaderos atletas. Entrenan durante horas, compiten internacionalmente y requieren entornos que equilibren concentración, colaboración y bienestar físico. Su rendimiento depende tanto del entorno físico como del entorno digital.

Ese proyecto teórico se materializó después en la Alienware Training Facility para Team Liquid en Utrecht y en el Headquarters de Mouz Gaming en Hamburgo. Allí exploré espacialidades que rompen con la linealidad tradicional: recorridos no evidentes, zonas intermedias, cambios de nivel y espacios que invitan a descubrir.

Lo que me interesa no es solo la tipología, sino el aprendizaje conceptual que emerge de ella. Los videojuegos están diseñados como entornos inmersivos donde el usuario desea permanecer. No se recorren por obligación, sino por curiosidad. Hay diversidad espacial, tensión, sorpresa y variaciones de escala. Esa lógica, desarrollada muchas veces por diseñadores sin formación arquitectónica tradicional, aporta frescura y libertad. Creo que la arquitectura puede aprender de ese enfoque: diseñar espacios que se quieran recorrer y no simplemente atravesar.

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¿Cómo dialogas con el legado de Herman Hertzberger?
Para comprender mi mirada es necesario retroceder a los años sesenta, cuando Herman Hertzberger empezó a desarrollar sus proyectos más emblemáticos en un contexto de intensos cambios sociales en Europa. En ese momento, el modelo escolar dominante respondía a una lógica rígida: aulas alineadas a ambos lados de un pasillo concebido únicamente como espacio de circulación.

Hertzberger cuestionó ese esquema y propuso que cada metro cuadrado podía ser pedagógico. El pasillo dejó de ser un espacio de tránsito y se convirtió en espacio activo y pedagógico. La escuela comenzó a entenderse como una mini ciudad: lugares intermedios, escalas diversas y espacios que fomentan autonomía y comunidad.

Hoy el contexto de transformación ya no es únicamente social, sino tecnológico. La digitalización ha modificado radicalmente la relación con el conocimiento. Si los estudiantes pueden aprender desde cualquier lugar, el edificio escolar debe ofrecer algo distinto.

La respuesta no es reforzar el control ni replicar modelos tradicionales, sino ofrecer aquello que el entorno virtual no puede proporcionar: experiencia espacial significativa, interacción física, diversidad sensorial y encuentro humano. No replico el legado de la oficina; lo evoluciono, integrando principios de inmersión y descubrimiento propios del mundo digital a la arquitectura educativa contemporánea.

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¿Otras tipologías pueden convertirse en espacios pedagógicos?
Claro que sí. De hecho, nuestra práctica no se limita a escuelas. Por ejemplo, actualmente somos parte del equipo de desarrollo de una planta de tratamiento de aguas, en los Países Bajos, concebida como una de las más innovadoras del mundo.

El proyecto incluye un edificio educativo que explicará el funcionamiento del sistema a sus visitantes. En un país donde el manejo del agua es cuestión de supervivencia, la infraestructura se convierte en herramienta pedagógica.

Aquí reaparece una constante en mi trabajo: hacer visible lo invisible. Transformar procesos técnicos complejos en experiencias comprensibles. Creo firmemente que la arquitectura educativa no se restringe al aula; puede surgir en cualquier tipología si se diseña con intención.

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¿Qué tipo de espacios buscas crear?
Más allá de los programas específicos —escuelas, gaming o infraestructura— el hilo conductor de mi práctica es la dimensión social del espacio. Entiendo la arquitectura como catalizador de encuentro.

En un contexto normativo exigente como el europeo, mi aproximación busca creatividad sin perder rigor. No se trata de transgredir por rebeldía, sino de encontrar oportunidades espaciales dentro de las restricciones existentes. Si algo define mi postura es la convicción de que el arquitecto debe diseñar espacios que se quieran recorrer. Lugares que despierten curiosidad y que inviten a la apropiación.

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¿Qué sentido tiene la arquitectura después de la digitalización?
La digitalización no ha desplazado a la arquitectura, la ha obligado a replantearse. Cuando el aprendizaje puede ocurrir en casa y el trabajo puede realizarse en remoto, el espacio físico necesita justificar su existencia. Esa justificación no se encuentra en la monumentalidad ni en el espectáculo, sino en la experiencia. La arquitectura debe ofrecer descubrimiento físico, encuentro humano y apropiación sensorial.

Si el conocimiento ya no es lineal, la arquitectura tampoco puede serlo. Si el mundo digital diseña entornos inmersivos que cautivan, el espacio construido puede recuperar su capacidad de generar curiosidad. Es decir, diseñar no para imponer, sino para activar; no para disciplinar, sino para acompañar; no para exhibir forma, sino para construir experiencia.

En esa búsqueda sitúo mi práctica: en el punto de encuentro entre tradición pedagógica, innovación tecnológica y responsabilidad social. Allí donde el espacio físico nos recuerda que, incluso en la era digital, seguimos siendo cuerpos que aprenden habitando. En ese gesto —aparentemente sencillo, profundamente complejo— se dibuja el futuro de la educación y, quizá, el futuro mismo del oficio.