Por Caridad Vela
Hay mujeres por las que no pasa el tiempo. Parecería que tienen patentada la licencia para multiplicar energías en lugar de disminuirlas, para mantener intacta su apariencia física y sus ganas de empezar nuevos desafíos cuando ya los han superado todos.
Rocío Vázquez es ejemplo de ello. Su energía, disciplina y permanente impulso por crear nuevos proyectos supera cualquier calendario o circunstancia. No es solo cuestión de ritmo, que lo tiene, es vivir con apetito por aprender, con sensibilidad para percibir y con esa distinción que no se aprende, es innata.

Rocío Vázquez Alcázar
En ella todo fluye con naturalidad. Desde su manera de hablar, de observar, de construir espacios que, poco a poco, revelan esa esencia de mujer detallista y profundamente humana, que se siente en cada rincón del Hotel Parc Royal.
No hay gesto improvisado, no hay objeto sin intención, lo que hay es un estilo bucólico francés pulcramente depurado por la mano de Rocío.
Este no es tu primer hotel en Cuenca…
Mi primer proyecto fue el Hotel Boutique Mansión Alcázar, que lo inauguré en 1998 y que, además, ha sido una parte muy importante de mi vida. Fue un proyecto que creció conmigo en el tiempo. Empezamos con la casona original, luego incorporamos el jardín y nos extendimos hasta llegar a las suites y cubrir todo el espacio entre dos calles, la Bolívar y la Sucre. Fue un proceso muy orgánico, muy de sentir el espacio y dejarme guiar por él. Fue fundamental entender que, al final, el proyecto se descubre por sí solo.

¿Y qué te lleva a embarcarte en este segundo proyecto, Parc Royal?
Esta casa era de mi papá. Él la compró en 1969 y aquí funcionaba todo lo relacionado con el negocio familiar, como talleres de joyería y relojería, bodegas, oficinas. Yo venía con frecuencia, era un lugar muy presente en mi vida, pero nunca lo había visto como un proyecto, hasta que un día lo miré distinto. Muchas veces no es el espacio el que cambia, cambia tu forma de verlo. Mi padre falleció y la propiedad pasó a manos de los cuatro hijos, pero yo sentía que podía haber un paso más, como si la casa tuviera otra historia que contar.
¿Ahí empieza a tomar forma la idea?
Sí, pero no de manera inmediata. Finalmente quedamos un hermano y yo de propietarios. No quería hacer un hotel más, porque Cuenca ya tenía varios y además no todos estaban teniendo buenos niveles de ocupación. Entonces empecé a observar con más atención a mis propios huéspedes en Mansión Alcázar, y me di cuenta de que muchos extranjeros, sobre todo americanos y canadienses mayores, venían a Cuenca con la intención de quedarse. No era turismo tradicional, era gente que buscaba dónde continuar su vida. Entonces pensé en crear un espacio que les permita hacer esa transición con estadías prolongadas.

¿Fue el momento de la primera restauración?
Exactamente. En 2013 hicimos una primera intervención y creamos Suites Gran Colombia, un modelo de hospedaje de larga estancia pensado en ese mercado objetivo. Adaptamos los espacios existentes respetando la estructura original, incorporamos un ascensor, que era indispensable para ese perfil de cliente, y mantuvimos toda la esencia del lugar. Era un concepto muy bonito, muy humano, pero con el tiempo entendí que no era sostenible en términos económicos.
¿Eso dio paso a la intervención que vemos hoy?
Fue una decisión difícil pero muy clara, sentía que este espacio podía dar más, que tenía el potencial de convertirse en algo realmente especial. Entonces tomé la decisión de transformar completamente el concepto. No fue fácil, pero cuando uno siente que tiene que hacer algo, lo hace. Compré las acciones a mi hermano, ahora soy la única propietaria, y así nace Parc Royal.

¿Qué te conecta emocionalmente con este lugar?
Muchísimas cosas. Primero, su ubicación, estamos en el corazón mismo del Centro Histórico de Cuenca, en una zona que ha sido, desde la época de la Colonia, el núcleo de la vida política, religiosa y social de la ciudad. Pero además, la historia del terreno es muy especial. Viene desde la época de la Independencia, cuando Simón Bolívar entrega este lote como reconocimiento al general Torres por su participación en el proceso independentista. Luego pasa por distintas familias, hasta que en los años 20 del siglo pasado se convierte en hotel. Curiosamente, esa construcción se hizo a partir de una imagen, de una referencia francesa tomada de una revista. No había planos formales ni arquitectos, había maestros que, con la dirección del dueño, construyeron la casa.
¿Cómo se interviene un espacio con tanta carga histórica?
Con muchísimo respeto y cariño. Aquí han existido tres intervenciones importantes, y en todas se ha buscado no alterar la esencia, eso era innegociable. Por ejemplo, el ascensor está ubicado en el patio interior justamente para no tocar elementos patrimoniales. Todo lo nuevo tiene que convivir con lo antiguo, sin interrumpir la historia, en un diálogo permanente entre pasado y presente.

¿Cómo se construye ese diálogo?
Fue un proceso muy especial. Conté con la ayuda de Daniela León para definir el estilo general, especialmente en el lobby. Nos inspiramos en el toile de Jouy, un estilo francés muy bucólico, que expresa escenas delicadas en colores suaves, es una estética que transmite calma. Los frescos en las paredes fueron pintados a mano por Fausto Merchán, lo que da una personalidad única al espacio. Pero también hay mucho de historia personal en la decoración. Recuperé muebles de Mansión Alcázar que estaban guardados, los restauramos, los reinterpretamos. Trabajamos con artesanos locales con mucho respeto por el oficio. Aquí todo tiene sentido e historia.
¿Cuál es la sensación que quieres transmitir al huésped?
Paz, para mí eso es fundamental. El viajero llega cansado, abrumado con el gentío de los aeropuertos, ruido de la ciudad, y lo que necesita es un espacio que al recibirlo lo calme. Todo aquí está pensado para bajar el ritmo, desde la iluminación, los colores, las flores frescas, que en Ecuador tenemos el privilegio de tener todo el año, y la forma en la que la luz natural acoge con calidez a quien entra. Ahora se habla mucho de slow tourism, y este hotel responde a esa tendencia de vivir los espacios con calma, disfrutarlos.

¿Slow Tourism?
Quería que esto no fuera únicamente un lugar para dormir, sino que el huésped encuentre soluciones, comodidad y una experiencia completa, sin perder la sensación de calma y exclusividad que define al hotel. Por ejemplo, no somos el modelo clásico de hotel con restaurante abierto todo el día, ofrecemos desayuno buffet, y tenemos un chef en casa para responder a necesidades muy concretas de nuestros huéspedes, con una carta muy bien pensada, con opciones que se sirven directamente en la habitación, para que el huésped disfrute de una cena tranquila en su propio espacio. El lujo actual gira alrededor de paz y comodidad.

¿Esa es la propuesta gastronómica?
Sí, pero la ampliaremos con nuevas alianzas gastronómicas con dos restaurantes de muy alto nivel. El huésped podrá acceder a una exclusiva oferta culinaria sin tener que salir del hotel, sin que un extraño lo traiga a su puerta, porque nos encargamos de traerlo y servirlo en su habitación con todo el cuidado del caso. Es una manera de ampliar el servicio sin romper la esencia de privacidad y exclusividad que tenemos.
¿A qué tipo de huésped apela?
A quienes valoran exclusividad, tranquilidad y buen gusto expresado en un lujo que no es entendido como exceso. Aquí no hay ostentación, no hay barroquismo, nada está fuera de tono. Lo que hay es elegancia, armonía y un ambiente muy sereno. Tenemos apenas 15 suites, nuestra propuesta es distinta, pensada para un segmento alto, para personas que quieren sentirse en un lugar especial, muy íntimo.

Rocío Vázquez Alcázar
¿Tarifas?
Nuestras habitaciones son todas distintas porque respetamos la estructura original de la casa, y por ello los precios varían. Además, estoy impulsando un formato que se conoce como day use para apelar al viajero corporativo que llega a Cuenca muy temprano, cansado después de haber madrugado. Podrá llegar aquí a descansar, tomar un buen baño, desayunar, incluso mantener sus reuniones en el salón corporativo. A estas innovaciones me refiero cuando digo que entender la hospitalidad es adaptarse a las necesidades reales del cliente.
¿Otras novedades?
He pensado en alianzas institucionales y sociales para ampliar el alcance del hotel, para abrirnos a ciertos círculos que valoran justamente esta exclusividad. Por ejemplo, estrategias con clubes de Quito, Guayaquil y otras ciudades, que manejan públicos muy afines a nuestro segmento. La idea es generar una red de confianza, de recomendación mutua, donde el huésped que pertenece a este tipo de entornos sepa que aquí va a encontrar exactamente lo que busca en cuanto a privacidad y atención de excelencia.

¿Qué es lo más importante en la experiencia de un hotel?
Sin duda, el servicio. Aquí, el cliente tiene la razón incluso cuando no la tiene. Puedes tener el hotel más lindo del mundo, pero si el trato no es cálido, no funciona, porque el huésped recuerda cómo lo hicieron sentir. Me enfoco en formar personas que se involucren y trabajen con amor, porque cada uno de ellos es, de alguna manera, una extensión mía ante el huésped.
¿Parc Royal es otro reto cumplido en tu trayectoria?
En realidad todo está conectado. Antes de Mansión Alcázar, fui gerente general del Hotel El Dorado durante casi diez años. Eso fue una escuela muy fuerte para mí, era un hotel con 90 habitaciones, una estructura compleja con retos importantes. Después vino Mansión Alcázar, luego el Ministerio de Turismo, todo ese camino converge aquí. Entender al huésped, perfeccionar al máximo el servicio que recibe y crear experiencias memorables es la suma de mi experiencia.
