Por Caridad Vela
Construir más de 1.200 obras de distintas tipologías es construir país. Desde 1971, Diego ha escrito parte de esa historia. Ha caminado mucho observando de cerca, ha trabajado duro para anticiparse a los cambios y ha solventado necesidades antes de que fueran evidentes.
A sus 81 años ha visto a Ecuador transformarse desde ciudades de apenas unos cientos de miles de habitantes hasta convertirse en un país moderno. Ha sido testigo de momentos políticos, económicos, tecnológicos y urbanos que modificaron por completo la forma de vivir y de construir. Dibujó planos cuando todavía no existían computadoras, estudió ingeniería cuando la regla de cálculo era una herramienta indispensable y hoy observa con curiosidad, pero también con espíritu crítico, el avance de la inteligencia artificial.

Diego Robalino
A lo largo de esta conversación aparecen el constructor, el empresario, el viajero, el marido y el padre, el amante del deporte y de la naturaleza, el hombre que aún encuentra nuevos desafíos y que sigue convencido de que la tecnología jamás reemplazará el criterio o la responsabilidad del ser humano. Sí, las construcciones sobreviven al tiempo, pero el verdadero patrimonio de un hombre es el legado que deja para las futuras generaciones. Diego desnuda la estructura de su vida en estas líneas.
¿Cómo era el Quito donde creció?
Era una ciudad pequeña, de barrios muy definidos, cada uno con su propia personalidad, sus costumbres, manera de hablar y hasta sus expresiones. La economía sentía las consecuencias de la posguerra, había escasez de muchos productos, no había llantas, baterías, medicinas… Era un mundo muy diferente al que conocemos hoy.

¿Dónde vivía?
En la Av. 12 de Octubre, muy cerca del parque El Ejido, frente a mi casa estaba el estadio de El Arbolito y desde la terraza veíamos los partidos de fútbol. El Ejido era prácticamente mi parque de diversiones. Quito tendría unos 300.000 habitantes, llegaba apenas hasta la zona donde hoy está el Hotel Quito. La González Suárez no existía, la Colón era la última avenida importante y la Orellana era un camino de lodo. Estudié en el Colegio San Gabriel.
¿Cuénteme de su infancia?
En mi casa hubo dos grandes influencias. De mi abuelo heredé la sensibilidad por el arte y el buen gusto; de mi padre, la disciplina y la cultura de trabajo. Ambas marcaron profundamente mi vida. Nací entre madera, aprendí a conocerla, a entenderla y a respetarla, mucho antes de estudiarla formalmente. Cuando ingresé a la universidad ya tenía una experiencia práctica enorme, porque en mi casa la madera era parte de la conversación diaria. Con el tiempo entendí que cada especie tiene su comportamiento y que utilizarla correctamente exige tanto conocimiento como sensibilidad.
¿Cuál era el principal material de construcción en esa época?
El ladrillo. La madera se utilizaba en entrepisos, cubiertas y pisos. Mi padre fue pionero en explotar chanul de San Lorenzo, gracias a eso pudimos producir maderas de una calidad que no existía en el país. Fue un aporte importante para la industria nacional.

¿Cuándo descubrió que la ingeniería sería su verdadera vocación?
Desde niño. Mi juguete favorito era un Mecano, que es como los Lego de hoy pero tenían tornillos y motor. Pasaba horas armando y desarmando estructuras, sin darme cuenta, ya estaba aprendiendo ingeniería. Además, desde muy joven trabajé en la empresa familiar asumiendo responsabilidades. La ingeniería estuvo presente en mi vida mucho antes de obtener un título universitario, a pesar de que un psicólogo chileno, después de evaluarme dijo, “usted puede ser cualquier cosa, menos ingeniero.” Nunca le hice caso, hacía ingeniería de manera intuitiva y práctica, siempre he confiado más en mi propio criterio que en el de los demás cuando se trata de decisiones importantes.
Su generación es la que dibujó planos a mano…
Así era, todo requería paciencia y precisión. La ingeniería estaba muy desarrollada desde el punto de vista científico, pero las herramientas eran otras, usábamos regla de cálculo, compás, escuadras, regla paralela. Estudiábamos materias como geometría que hoy prácticamente ha desaparecido. La tecnología ha facilitado enormemente el trabajo, pero también ha generado demasiada dependencia de las computadoras. Yo verifico todo, pertenezco a la escuela de la duda, pienso que el ingeniero tiene la obligación de comprobar antes de aceptar cualquier resultado, esa capacidad crítica no debería perderse.
Se formó en Europa en una época en la que viajar era una aventura. ¿Cómo recuerda esa experiencia?
El viaje a Alemania tomaba 28 horas, pero lo más difícil no era el trayecto, sino la distancia. La comunicación con la familia era por cartas que tardaban dos semanas en llegar y otras dos en regresar. Realmente aprendías a vivir solo. Regresé a Ecuador por la salud de mi madre. Fue una decisión familiar que nunca lamenté porque además me permitió volver a encontrarme con Claudia, a quien había conocido unos años antes. Cuatro meses después estábamos casados. Compartimos 43 años de matrimonio y formamos una familia con nueve hijos.

Nueve hijos es una empresa por sí misma…
La gerente era Claudia, yo estaba dedicado a mi profesión y ella llevaba adelante la familia. Una familia de nueve hijos requiere organización, sacrificio y muchísimo trabajo, sin ella habría sido imposible. Era una mujer extraordinariamente sensible, alegre, siempre estaba riéndose y encontrando motivos para disfrutar la vida. Fue una compañera excepcional, han pasado catorce años desde que falleció y su recuerdo sigue muy presente.
¿Cómo le describirían sus hijos?
Dirían que fui disciplinado, formal y alegre, muy cariñoso con ellos. Soy católico, la fe siempre ha estado presente en mi vida, pero nunca quise imponerla a mis hijos. Cada uno ha tenido libertad para encontrar su propio camino. Creo que, al final, cada persona encuentra su manera de acercarse a Dios. Ni su madre ni yo decidimos por ellos, cada uno tomó su decisión y eso me llena de satisfacción.
Disciplinado y alegre, ¿cómo conviven esas dos facetas?
No son opuestas. Soy disciplinado para trabajar pero disfruto enormemente de las relaciones humanas, me gustan los amigos, las reuniones y las fiestas. Mi esposa compartía esa manera de vivir, los dos bailábamos todos los días en casa. Y aunque en la noche hubiera una celebración, al día siguiente, a las 6am, ya estaba trabajando. Una cosa nunca estuvo reñida con la otra.

¿Qué le gustaría que sus hijos conservaran de su forma de ser?
El respeto. Respeto por la profesión, por los clientes, por quienes trabajan con ellos y por el futuro. Las empresas pueden cambiar, las tecnologías también, pero los principios son inamovibles. He cometido muchos errores, todos los seres humanos los cometemos, lo importante no es equivocarse o no, lo importante es reconocer el error, entender por qué ocurrió y corregirlo. Ahí está el verdadero aprendizaje.
Dos de sus hijos ahora trabajan con usted. ¿Cómo vive la transición?
En realidad soy yo quien trabaja para ellos. Mi hijo Diego dirige el proyecto que estamos desarrollando actualmente, es un excelente gerente de proyectos y ha sabido conducir la obra con enorme capacidad. Mi hija Claudia, que vive en Europa, es la arquitecta de ese proyecto y ya trabaja en los siguientes. Yo colaboro revisando aspectos técnicos para adaptar las propuestas a nuestra realidad constructiva, pero las decisiones las toman ellos, no dependen de mí.
Viajar es otra de sus grandes pasiones. ¿Cómo conoce una ciudad?
Muy distinto a un turista. Me gusta caminarla, conversar con la gente que vive allí, comer donde comen ellos, recorrer sus calles y observar cómo funciona la ciudad. Miami me parece un caso muy interesante por la forma ordenada en que creció durante varias décadas. La conocí en 1968, era una ciudad pequeña y observé cómo primero desarrollaban la infraestructura vial, después instalaban los servicios y únicamente entonces autorizaban la construcción de nuevos barrios, centros comerciales y viviendas. Ese orden explica buena parte de su éxito. Con el tiempo sufrió las consecuencias de un crecimiento excesivo, el turismo terminó ejerciendo una enorme presión sobre la ciudad.

¿Y en Europa?
Madrid ha evolucionado muy bien. La conocí durante la época de Franco, era una ciudad mucho más pequeña, hoy supera los cuatro millones de habitantes y ha sabido crecer con bastante equilibrio. Lo que sí me preocupa de muchas ciudades europeas es la transformación de sus centros históricos en zonas exclusivamente turísticas. Oporto es un ejemplo. Conserva sus fachadas, pero muchos edificios dejaron de cumplir una función urbana real para convertirse únicamente en alojamiento temporal. Eso termina debilitando la vida de ciudad.
¿Haría algo diferente si pudiera ir atrás en el tiempo?
Comenzaría a hacer ejercicio mucho antes. Durante mis primeros años de trabajo no tenía tiempo para hacerlo, recién alrededor de los treinta años cambié mi estilo de vida por un problema de salud, y empecé a jugar tenis todos los días. Practico yoga desde hace tres años, buscaba complementar el ejercicio que hago habitualmente, camino mucho, practico calistenia y el yoga aporta equilibrio, flexibilidad y control de la respiración. Es una disciplina extraordinaria. Los ejercicios se realizan en silencio, uno aprende a respirar de otra manera y descubre músculos y sensaciones que normalmente pasan inadvertidos. Es una práctica que exige constancia, pero devuelve muchísimo a cambio.
Pasemos a su vida profesional. ¿1971 fue el año adecuado para fundar su empresa?
Sí, el país entraba en una etapa distinta con el inicio del boom petrolero. Ecuador comenzaba a disponer de recursos para invertir en infraestructura, industria, vivienda y oficinas. Era el momento de dedicarme de lleno a la construcción. Tenía una relación muy cercana con el sector industrial y eso me permitió desarrollar proyectos importantes en Quito, Guayaquil y Cuenca. Procuré no limitarme a un solo sistema constructivo, diseñaba estructuras de hormigón, acero y madera, y esa versatilidad terminó convirtiéndose en una de mis principales fortalezas profesionales.

¿Qué obra le hizo sentir que iba por el camino correcto?
Fueron varias. Las instalaciones de Ecuauto marcaron un momento importante, igual que Electrodiesel y varios proyectos industriales que desarrollé posteriormente. Trabajamos durante muchos años con Bosch, esa fue una enorme experiencia. Hubo obras muy especiales en madera, como la estructura industrial completamente innovadora que construimos en Cumbayá, cuando nadie se imaginaba en lo que se convertiría ese valle. Utilicé madera laminada y un sistema estructural que no existía aquí. Esa fue mi tesis de grado y terminé construyéndola.
¿Qué vino después?
Obras como la cubierta del Quito Tenis y Golf Club en el Condado, que en su momento fue una de las estructuras de madera más grandes de Latinoamérica. Después de casi cincuenta años sigue funcionando perfectamente, porque cuando la ingeniería se hace bien, las obras perduran. El secreto fue la selección de materiales, hay que conocer la madera, entender cómo se comporta y utilizar la especie adecuada para cada proyecto. Cuando eso se hace correctamente, las estructuras pueden durar para siempre.
¿La etapa más dura?
La situación más compleja llegó con la crisis económica de finales de los años noventa. Las constantes devaluaciones provocaban un problema enorme, podíamos tener sucres, pero no conseguíamos dólares para cumplir las obligaciones. Los bancos tampoco recibían pagos en sucres porque la moneda perdía valor todos los días. Fue una época muy dura pero salimos adelante. Después aparecieron mecanismos para reestructurar las deudas a largo plazo y eso permitió que la actividad volviera a normalizarse.

¿La decisión más importante?
Especializarme, estudiar a profundidad distintos materiales y sus normas de diseño. Mientras muchos ingenieros se concentraban en un sistema constructivo, yo procuré dominar hormigón, acero y madera, eso me permitió ofrecer soluciones diferentes y hablar con solvencia técnica en cualquier proyecto. Esa versatilidad abrió muchas puertas.
De las más de 1.200 obras construidas, ¿cuáles ocupan un lugar especial en su memoria?
Cada una tiene su historia, pero hay algunas muy significativas. Antes de graduarme participé en el diseño y construcción del nuevo piso de la iglesia de La Compañía. Fue un reto enorme porque desarrollé un sistema de viguetas prefabricadas que todavía permanece. Y, por supuesto, la Capilla del Hombre ocupa un lugar muy especial.
¿Qué hizo diferente a la Capilla del Hombre?
Fue un concurso con excelentes constructores participando, pero yo planteé un sistema estructural mixto, de acero y hormigón, que permitía cubrir luces libres de 30m x 30m (en ambas direcciones principales), sin necesidad de incorporar columnas intermedias, que era exactamente lo que necesitaba el proyecto. Mi propuesta ganó. En esa obra fui consultor, ingeniero estructural y constructor. Las decisiones avanzaban con mucha rapidez porque todo respondía a una misma visión técnica, y trabajar junto al Arq. Hándel Guayasamín fue una experiencia extraordinaria, teníamos una manera muy parecida de entender los proyectos y eso hizo que el trabajo fluyera con absoluta naturalidad.

Cuando nadie hablaba de sostenibilidad tomó una decisión poco común: conservar un bosque sin explotarlo. ¿Por qué?
Porque sentí que seguir destruyendo la selva no tenía justificación. Los madereros hemos contribuido durante décadas a la desaparición de enormes extensiones de bosques en el mundo, yo no quería seguir ese camino. Decidí conservar un bosque en San Lorenzo y mantenerlo intacto. Hoy la madera vale mucho más como parte del equilibrio climático que como recurso económico. Los bosques ayudan a regular la temperatura, protegen el agua y conservan la biodiversidad, esa es una riqueza mucho mayor que cualquier aprovechamiento inmediato.
¿Esa preocupación también se refleja en su manera de entender las ciudades?
Totalmente. El urbanismo tiene la responsabilidad de proteger el medio ambiente dentro de las ciudades. No se trata de impedir la construcción, porque las ciudades necesitan crecer, se trata de planificar bien ese crecimiento. Cuando una ciudad se desarrolla únicamente alrededor de calles y edificios sin árboles, sin espacios públicos y sin una visión de largo plazo, estamos frente a un mal urbanismo. Quito ha perdido oportunidades muy importantes. Basta mirar el desorden del cableado aéreo, o la ausencia de planificación en muchos sectores, para entender que durante años faltó una visión integral de ciudad.
¿Cómo ve el avance de la inteligencia artificial en la ingeniería?
Es una herramienta extraordinaria, pero nunca puede sustituir el criterio humano. Puede calcular, analizar, proponer soluciones e incluso diseñar alternativas, pero no tiene responsabilidad, y toda decisión profesional implica asumir responsabilidad. La creatividad y el juicio seguirán perteneciendo al ser humano, la inteligencia artificial debe ayudar a decidir, nunca decidir por nosotros.

¿Tendrá presencia importante en el futuro de la construcción?
La inteligencia artificial estará presente en todas las actividades humanas, es inevitable. Yo, a pesar de ser de otra generación, soy autodidacta, tengo la obligación de seguir aprendiendo, necesito entender personalmente los nuevos sistemas porque forman parte de mi trabajo. Delegar es importante, pero también lo es conservar la capacidad de comprender aquello que uno firma y por lo que responde profesionalmente. La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria para analizar información, optimizar procesos y aumentar productividad, lo importante será mantener la decisión en manos del ser humano.
Su mente es profundamente técnica, pero también muy humana. ¿Cómo conviven esas dos dimensiones?
Nunca las he separado. La técnica está al servicio del ser humano, no al revés. No me imagino viviendo encerrado únicamente entre cálculos y estructuras, mi vida está en mi familia, amigos, en el deporte, en las conversaciones y en las relaciones humanas. La ingeniería es mi profesión, pero la vida es mucho más amplia que eso. La técnica sirve para lo que tiene que servir, la vida es otra cosa.
¿Queda algún sueño pendiente?
Sí, todavía hay sueños. Uno de ellos, tener bisnietos.
