Por Lorena Ballesteros
En esta época en que prácticamente todo se vende, se exhibe o se valida a través de redes sociales, Rubén Bustamante se resiste a hacerlo. Está convencido de que su trabajo no depende del número de seguidores ni de la exposición digital. Paisajista y profundo conocedor de las plantas nativas de Ecuador, cree que el oficio de intervenir áreas verdes y jardines no puede reducirse a la fugacidad de una fotografía en Instagram. Hay procesos que no caben en una pantalla.
La pasión por la naturaleza lo acompaña desde los cinco años, cuando pasaba largas horas en la finca familiar, en la zona de Checa, fascinado por aquello que brotaba, crecía y se transformaba frente a sus ojos. Aunque se familiarizó con la agricultura y la ganadería, lo suyo siempre fue la naturaleza en estado más libre y menos domesticado. Desde niño aprendió a leer el lenguaje de las plantas: un conocimiento adquirido a partir de la observación paciente, y también del saber ancestral, que le transmitieron las hierbateras de la hacienda. En lo profesional ha crecido de la mano de Fabricio, su colega de trabajo, un campesino que le colabora desde hace años y le ha transmitido buena parte de su conocimiento empírico.

Realizó cursos en la Universidad San Francisco de Quito y otros en Estados Unidos. Sin embargo, fue en la UDLA donde se formó como mercadólogo y publicista, un perfil poco habitual para alguien dedicado al paisajismo. Reconoce la influencia de Carlos Larreátegui, canciller de la universidad, en su formación como un profesional integral.
Esa combinación le permite comprender cómo funciona el mercado y de qué manera se construye un negocio, aunque su mayor logro ha sido mantenerse al margen de las tendencias pasajeras. Más que replicarlas, ha sabido observarlas y filtrarlas sin traicionar su propia visión del paisaje y la naturaleza. Recalca el valor de la comunicación, “el paisajismo también debe comunicar”. Recuerda que, cuando estuvo vinculado al Municipio de Quito, a cargo del manejo de áreas verdes, se le ocurrió nombrar a los árboles de las calles Isabel La Católica y González Suárez para que los ciudadanos dejaran de maltratarlos. “Funcionó. Nadie quería hacerle daño a Pedro el árbol. Generamos identidad y respeto”, señala.

Para conocer su trabajo, me propone una visita guiada por el Jardín Botánico, en el parque La Carolina. Entramos un lunes cualquiera a ese pequeño oasis urbano y, apenas cruzamos la entrada, el ruido de la ciudad parece diluirse. Me dejo conducir por sus explicaciones, que mezclan botánica, memoria y filosofía. La visita comienza en el Jardín Japonés, uno de los mayores desafíos de su trayectoria profesional. Fue en esos años en los que estuvo vinculado al Municipio que se presentó la oportunidad de trabajar con un maestro japonés que viajó a Ecuador exclusivamente para diseñar este espacio. La inversión económica en este proyecto fue importante, pero más relevante fue ser testigo de un proceso que lo conectó con las bases mismas del fengshui.
Los japoneses se interesaron en el proyecto porque identificaron que Quito acogía templos y espacios vinculados a distintas religiones y tradiciones culturales. Consideraron necesario aportar con un jardín semipúblico que representara su visión espiritual y estética del paisaje. La inversión fue asumida, en su mayoría por Japón, y Rubén tuvo la posibilidad de participar en la implementación de esa filosofía. Lo recuerda como una experiencia decisiva en su formación.

Mientras recorremos el jardín, habla de la relación oriental con la naturaleza, de aquello que consideran sagrado y de cómo cada elemento posee un sentido simbólico. Antes de ingresar al jardín hay una especie de pabellón de madera que en Quito muchos visitantes utilizan para beber agua o comer algo. En Japón, explica, ese espacio estaría reservado para la contemplación y el recogimiento de la familia real. Un ciudadano común, no podría poner un pie en ese espacio.

Rubén Bustamante
El acceso al jardín también comunica una idea: las piedras del inicio aparecen ordenadas de manera casi perfecta, como una representación del nacimiento y de los primeros años de vida. Más adelante, la secuencia comienza a alterarse y el orden se fractura, igual que ocurre con la experiencia humana.
Hacia el oeste, el paisaje se vuelve más seco y austero; hacia el este, en cambio, la vegetación se expande con fuerza. Camelias en flor, bambúes de distintas especies y texturas, reflejos de agua y capas de verde que transforman la percepción del espacio. Aunque muchas plantas llegaron desde Japón, Rubén incorporó especies nativas ecuatorianas, como el pumamaqui, anturios gigantes, orquídeas, entre otras, integrándolas de manera casi imperceptible dentro de la composición original.

Durante nuestro paseo se permite hacer pausas. Escucha el trinar de los pájaros. Explica a detalle cómo se van compenetrando las distintas especies nativas de plantas. Señala los cambios sutiles de clima. Y yo le sigo detrás como una alumna atenta que va tomando apuntes de todo lo que dice. Sin darme cuenta, estoy en una clase de botánica.
Mientras avanzamos comprendo que su huella no se limita al Jardín Japonés. También está presente en otras áreas del Jardín Botánico, que con el paso de los años se mantiene como un ecosistema vivo: un refugio de plantas, pájaros, insectos y ranas en medio de la ciudad. Un espacio que, como la naturaleza misma, ofrece zonas de luz intensa y otras de sombra profunda, rincones abiertos y otros destinados al resguardo silencioso del sol inclemente de Quito.

El recorrido por el Jardín Botánico sirve también para entender el tipo de trabajo que hace. En los jardines del Museo de la Ciudad se enfocó en plantas medicinales, en las bondades curativas de las especies nativas. El jardín se convirtió en un refugio para mariposas blancas. Rubén procura eso: traer vida. Lo propio hizo en el Parque Bicentenario, sembrando ñachag que da esas flores amarillas que hasta ahora lo impregnan, igual que con los lupinos que invaden con su tono morado.
Rubén tiene la experiencia para diseñar espacios que son ambientalmente funcionales. No se obsesiona por la estética, no hace jardines Pinterest o de los que se crían en los viveros de Nayón. Es probable que en sus diseños invite a las abejas, a las mariposas a las culebras o a los sapos a formar parte de su creación.

Si hay algo que le inquieta a Rubén es la relación que ciertas personas mantienen con las plantas. Grandes inversiones para sus macetas o jardines que luego se deterioran y mueren. Hace una analogía: “no tienes un perro para amarrarlo y dejarlo sin agua o sin comida”. Lo mismo sucede en el paisajismo, es un ecosistema que necesita de cierto cuidado, pero, sobre todo, de no atacarlo con glifosato u otros químicos invasivos para forzarlos a que resistan. La naturaleza es sabia y sobrevive en las condiciones adecuadas.
Rubén cree en el bioma natural. Confía en los procesos de las plantas y por eso insiste tanto en la observación. Conversar con Rubén se parece, por momentos, a caminar junto a Humboldt hace cientos de años. Explica las propiedades de ciertas especies, las estrategias de defensa que desarrollaron otras para sobrevivir a los depredadores, señala cuál es la planta que produce la temida burundanga y describe cómo los pueblos indígenas elaboraban sogas a partir de fibras vegetales.

Mientras recorremos el orquidiario habla de las orquídeas con auténtica devoción. Y mientras estamos allí me explica la importancia de comprender el microclima en cada espacio del Jardín Botánico. A veces el ciudadano olvida que paisajismo no es componer “algo bonito” o poner plantas en una jardinera o maceta.
Su conocimiento parece inagotable. Cuesta asociarlo con alguien de apenas 35 años. Tiene algo de científico y algo de filósofo. Cuenta que pasó casi cinco años dentro de un laboratorio estudiando las especies nativas del Distrito Metropolitano de Quito.

También estuvo a cargo del mantenimiento de los árboles patrimoniales de la ciudad. Recorrió cada rincón del distrito. Salvó al molle de Tumbaco (también conocido como aguaribay), cuando esta especie andina estuvo a punto de desaparecer. Asimismo, rescató árboles que podían verse comprometidos por la construcción del Metro de Quito.
Su firma también está presente en los jardines de Acuarela y San Patricio, en Cumbayá. Incluso en proyectos privados ha mantenido intacta su esencia. Rubén no cree en el “enchambado” ni en espacios que luego demandan inversiones excesivas de mantenimiento. Para él, la naturaleza es la que manda, la que guía. Él se dedica a escucharla e interpretarla.
