Por Caridad Vela
Pertenecer a la tercera generación de la familia que ha establecido una de las firmas más prestigiosas de arquitectura en el país, como es Ribadeneira Arquitectos, es decir mucho. No me sorprendería que entre sus cuentos de cuna, entre Alfredo abuelo y Alfredo padre, Emilia haya escuchado historias de desarrollo urbano y crecimiento de ciudades.
“Tenemos una ciudad extraordinaria”, me dice al empezar la entrevista. “Lo que todavía nos falta es decidir qué ciudad queremos construir para el futuro”. Ella, arquitecta de 30 años, habla desde la esperanza, no desde la crítica. Cree que Quito puede convertirse en una gran ciudad porque la mira como un organismo vivo e intenta comprender por qué algunas cosas funcionan, por qué otras fracasan, y cómo podríamos convertir a nuestra ciudad en un mejor lugar para vivir.

Su voz ha comenzado a trascender mucho más allá de su éxito profesional. A través de conferencias y redes sociales, Emilia se ha convertido en una de las arquitectas ecuatorianas que más insiste en abrir un debate sobre urbanismo, espacio público, movilidad y calidad de vida. Ella es influencer de arquitectura y urbanismo, se ha ganado a pulso el respeto de sus seguidores.
¿Cómo sueñas a Quito del futuro?
Resumiría mi visión en tres grandes pilares. El primero es construir una ciudad mucho más humana; el segundo, una ciudad que recupere su identidad; y el tercero, una ciudad verdaderamente innovadora. Cuando hablo de una ciudad más humana, hablo de poner a las personas primero. Me parece inconcebible que pasemos tantas horas atrapados en el tráfico, que falten parques de calidad, espacios públicos o acceso cercano a servicios. Muchas de esas cosas pueden resolverse desde la arquitectura y desde el urbanismo.
El segundo pilar es recuperar la identidad. Elaboremos
Vivimos en un Patrimonio Cultural de la Humanidad. Tenemos una geografía privilegiada, rodeada de montañas, con un clima maravilloso y una historia extraordinaria. Sin embargo, cuando pensamos en arquitectura ecuatoriana cuesta encontrar una identidad propia. ¿Por qué admiramos inmediatamente la arquitectura mexicana o la japonesa y nos cuesta reconocer un lenguaje ecuatoriano? Tenemos talento, tenemos creatividad, tenemos profesionales extraordinarios, pero muchas veces no creemos en nosotros. Un ejemplo muy claro fue todo el debate alrededor del Museo Nacional. Se abre un concurso convocando a estudios internacionales de arquitectura y terminamos preguntándonos por qué el proyecto no nos representa, cuando desde el principio renunciamos a confiar en nuestro propio talento.

¿Nuestra arquitectura no habla de nosotros?
Nos falta creer que somos capaces de construir una arquitectura que hable de quiénes somos, y eso va mucho más allá de un edificio, tiene que ver con conocer nuestra historia. Hoy el Museo Nacional exhibe una fracción mínima, menos del 1% del patrimonio que posee el país. Muchísimos ecuatorianos no sabemos de dónde venimos y, cuando desconocemos nuestra historia, resulta mucho más difícil construir identidad contemporánea.
Cuando hablas de ciudad innovadora, ¿piensas en tecnología?
Para nada. Innovar significa resolver problemas cotidianos. Innovar también es recoger la basura. ¿Cómo puede ser que una ciudad del siglo XXI todavía saque las fundas de basura a la calle esperando que pase un camión? ¿Cómo puede ser que no tengamos sistemas modernos de recolección? ¿Cómo puede ser que todavía no logremos ofrecer un sistema de transporte público verdaderamente integrado?
Hablando de transporte, ¿el Metro fue el primer paso?
El Metro fue un paso enorme y funciona muy bien porque Quito tiene una condición lineal que favorece ese sistema. Pero el Metro, por sí solo, no resuelve la movilidad. Necesitamos pensar en toda la experiencia urbana, en cómo las personas llegan al Metro, cómo caminan, cómo se sienten seguras, cómo acceden a servicios. Las ciudades no cambian con más calles, más buses o más metros, cambian cuando ponemos a las personas en el centro.

Pero la ciudad ya está construida. ¿Todavía es posible corregir errores?
Yo estoy convencida de que sí. Muchas ciudades del mundo ya lo hicieron, tenemos ejemplos, tenemos teoría, tenemos profesionales preparados, y, sobre todo, tenemos una ciudad con enorme potencial. Durante mucho tiempo fui muy crítica de la expansión urbana y de los suburbios, pero también entendí que parte del crecimiento de Quito inevitablemente se está desplazando hacia los valles. Eso abre una oportunidad enorme, porque podemos seguir repitiendo los errores del pasado o podemos construir esas nuevas centralidades de manera inteligente.
¿Cumbayá es una oportunidad desaprovechada?
Creo que Cumbayá tiene muchísimas virtudes y también enormes desafíos. Es un lugar donde se ha concentrado inversión, buena arquitectura y una oferta comercial muy atractiva. La gente quiere vivir allí porque encuentra calidad de vida. Pero precisamente por eso debemos preguntarnos qué tipo de crecimiento queremos. No basta con construir edificios bonitos o urbanizaciones exitosas. Hay que construir ciudad. Una ciudad donde las personas puedan caminar, encontrarse, utilizar los parques, recorrer las calles con seguridad y generar comunidad. No podemos seguir desarrollando únicamente proyectos aislados, necesitamos pensar en cómo todos esos proyectos conversan entre sí. Diseñamos excelentes edificios pero olvidamos el espacio que existe entre ellos, y ese espacio, al final, termina siendo la ciudad.
¿Qué hacer en las zonas que poco a poco van despoblándose y deteriorándose?
Creo profundamente en hacer ciudad sobre la ciudad, en recuperar el Centro Histórico y los barrios consolidados, pero también debemos aprovechar que todavía estamos diseñando parte del futuro. El problema es que seguimos creando sectores pensados para el automóvil y no para las personas, cuando el bienestar de una ciudad está en sus espacios verdes, en la caminabilidad, en el acceso y en la posibilidad de hacer comunidad.
Uno de los grandes debates actuales gira alrededor de las urbanizaciones cerradas. ¿Qué opinias?
Entiendo perfectamente por qué la gente las busca. Vivimos una realidad compleja en materia de seguridad y las familias quieren protegerse, sería irresponsable desconocer ese contexto, pero desde una mirada urbana, el ideal sería que la ciudad ofreciera seguridad sin necesidad de levantar muros. Cuando todo se vuelve privado perdemos la vida en comunidad, eso es algo muy valioso. Perdemos la posibilidad de caminar, de encontrarnos, de que los niños jueguen en la calle, de conocer a nuestros vecinos. Una ciudad sana necesita espacios donde la gente pueda convivir, no podemos resignarnos a que toda la vida ocurra detrás de una reja.

¿Dónde está fallando Quito en temas de movilidad?
Durante décadas planificamos la ciudad pensando primero en los carros y después en las personas, eso explica gran parte del tráfico que vivimos hoy. Cada vez que construimos una avenida más ancha pensamos que resolveremos el problema, pero la evidencia demuestra exactamente lo contrario. Mientras más espacio damos al automóvil, más automóviles aparecen. El verdadero cambio ocurre cuando ofrecemos alternativas como un transporte público eficiente, calles caminables, ciclovías seguras. La mejor movilidad es aquella que evita que tengas que recorrer grandes distancias para resolver tu vida cotidiana, ese debería ser el objetivo.
¿La ciudad de quince minutos es aplicable a Quito?
Totalmente. No significa que todo quede exactamente a quince minutos, significa que las necesidades básicas estén cerca, que puedas caminar al supermercado, que los niños puedan ir al parque, que exista una cafetería, una farmacia, un espacio público y transporte sin depender permanentemente del automóvil. Eso cambia radicalmente la calidad de vida y también reduce contaminación, tráfico y estrés. Mientras más tiempo recuperamos para vivir, mejor ciudad estamos construyendo.
¿El Municipio es la entidad que debe pensar la ciudad?
Esa es una visión muy limitada. La ciudad la construimos todos. Los arquitectos. Los promotores, constructores, urbanistas, ciudadanos, la academia y los gobiernos. Cada decisión privada termina teniendo impacto público, por eso necesitamos mucho más diálogo entre todos los actores. No podemos seguir trabajando cada uno desde su propia esquina.

¿Una solución podría ser incorporar profesionales en distintas ramas del urbanismo en el Consejo Metropollitano?
Absolutamente. Las ciudades son demasiado complejas para que las decisiones respondan únicamente a criterios políticos, hace falta conocimiento técnico. No solo arquitectos, urbanistas e ingenieros, también expertos en movilidad, especialistas en medio ambiente, paisajistas, economistas urbanos. Cada uno aporta una mirada distinta, y todas son necesarias. Las mejores ciudades del mundo son el resultado de equipos multidisciplinarios, no de decisiones individuales.
Eres muy activa redes en redes sociales en asuntos de urbanismo y arquitectura. ¿Por qué decidiste asumir ese rol?
Porque me di cuenta de que los arquitectos hablamos muchísimo entre nosotros, vamos a congresos, publicamos en revistas especializadas, entre nosotros nos entendemos perfectamente, pero la ciudad no la construimos únicamente los arquitectos, la construyen también quienes la habitan. Y si queremos mejores ciudades, necesitamos que más personas entiendan por qué ciertas decisiones urbanas son importantes. Las redes sociales me permiten traducir conceptos muy técnicos a un lenguaje cotidiano. No busco hacer crítica por hacer crítica, busco generar conversación, porque cuando la gente entiende la ciudad, empieza a exigir una ciudad mejor.

Estudiaste y trabajaste en Estados Unidos. ¿Qué te motivó a regresar?
Creo profundamente en este país. No regresé por nostalgia, regresé porque estoy convencida de que aquí todavía hay muchísimo por construir, hay grandes oportunidades. Es verdad que afuera aprendí muchísimo, vi otras formas de planificar, otras maneras de entender el espacio público y otras políticas urbanas, pero también descubrí que tenemos un país extraordinario, una geografía privilegiada, una riqueza cultural inmensa y, sobre todo, muchísimo talento. Lo que necesitamos es creer más en nosotros.
