
LA IDENTIDAD DEL ESPACIO
EL LUJO DE INTERPRETAR
Hay proyectos que marcan un antes y un después en las propuestas de interiorismo. Para Estefanía Tricallotis y Andrés Cabrera, socios y esposos en Linie Design, esta residencia de 1.500m2, ubicada en Cumbayá, representa el proyecto que puso a prueba cada una de las convicciones con las que fundaron su estudio.

Andrés Cabrera y Estefanía Tricallotis
No fue únicamente la magnitud de la obra lo que elevó el desafío. Fue la oportunidad de acompañar a una familia desde el instante en que el terreno apenas comenzaba a recibir sus primeros cimientos hasta el momento en que cada espacio encontró su personalidad. Casi dos años de seguimiento permanente, seis meses dedicados exclusivamente al diseño y un ejercicio constante de interpretación de tantas expresiones verbales para transformar gustos, aficiones, recuerdos y formas de vivir en arquitectura interior.
Este proyecto tenía además un componente muy especial para Andrés. El arquitecto de la casa era Santiago Zárate, con quien años atrás había trabajado en Adriana Hoyos. Más que un colega, fue uno de sus referentes profesionales, de manera que volver a encontrarse, esta vez como socios desde disciplinas distintas, añadía una responsabilidad y una satisfacción muy particulares al proyecto.

“La relación construida durante aquellos años facilitó un diálogo fluido entre arquitectura e interiorismo. Con Santiago ya existía un lenguaje común y una enorme confianza profesional”, dicen. Esa coordinación, sumada a la participación de Jaime Miranda, de Miranda Arquitectos, firma encargada del proceso constructivo, permitió que cada decisión, desde la distribución de los espacios hasta el diseño del mobiliario fijo, respondiera a una misma visión, donde arquitectura e interiorismo nunca compitieron entre sí, se complementaron.

Aunque la residencia impresiona por su escala, Estefanía y Andrés insisten en que el verdadero trabajo nunca estuvo relacionado con los metros cuadrados sino en conocer a sus clientes. Los propietarios llegaron recomendados por clientes anteriores, ya habían visto otro proyecto de Linie, les gustó su lenguaje de diseño y decidieron contactarlos.
“Fuimos descubriendo poco a poco quiénes eran los dueños, qué les apasionaba, cómo vivían, qué soñaban. El diseño no podía ser simplemente bonito, tenía que hablar de ellos, porque las mejores casas no hablan del diseñador, hablan de quienes viven en ellas.” Ese descubrimiento mutuo fue construyendo algo que describen como una muy especial cercanía que permitió que cada decisión tuviera sentido.

Cuando les pregunto por las referencias que inspiran su trabajo, coinciden inmediatamente en su preferencia por el diseño italiano, pero no hablan de lujo ostentoso, hablan de equilibrio. “Admiramos el diseño italiano porque tiene exactamente lo que necesita. Ni más ni menos. Está tan bien pensado que si le quitas algo sientes que hace falta; pero si le agregas algo más, sobra.”
Esa filosofía estética y funcional atraviesa toda la casa. Los ambientes son sobrios, limpios, atemporales, minimalistas pero no en el sentido frío de la palabra sino en la calidez que acoge a cada elemento cuando encuentra su lugar sin pretensiones. Nada compite por llamar la atención, todo se integra.

“Paradójicamente, el mayor reto no era llenar una casa enorme, era evitar que se sintiera enorme, dándole calidez, comunicación e interacción a espacios increíblemente amplios, para que no perdieran la sensación de hogar.” Tabajaron sobre una paleta de tonos tierra, maderas cálidas, piedras de vetas suaves, textiles neutros e iluminación indirecta. Nada fue escogido para destacar individualmente, todo debía concordar en armonía.

El resultado produce una sensación difícil de explicar. La casa mantiene una identidad monocromática que jamás resulta monótona. Hay una riqueza sensorial construida a partir de texturas, reflejos, proporciones y luz que entretienen, dan variedad sin interrumpir la lógica estética y, a la vez, dialogan con el maravilloso paisaje que hace de cada ventanal una obra de arte.
Estefanía y Andrés recuerdan con emoción el momento en el que el proyecto dejó de ser un trazo y comenzó a sentirse real. En Linie Design ese momento llega cuando los clientes se colocan un visor de realidad virtual y caminan por una casa que todavía no existe. “La tecnología no reemplaza el diseño, lo vuelve más preciso y eso da seguridad al cliente porque pueden detenerse en la cocina, observar la altura de un mueble, comprobar cómo entra la luz por una ventana o entender las proporciones de una sala. Eso evita errores y nos permite ajustar detalles cuando todavía estamos a tiempo”.

La relación con el cliente no se limita a reuniones esporádicas. “Hay decisiones que parecen mínimas, pero cuando se suman, construyen la esencia de un proyecto.” Varias visitas de obra, reuniones, recorridos, muestras de materiales y conversaciones, poco a poco fueron revelando cómo vivía la familia, cómo recibía a sus amigos, qué espacios ocupaban más, qué actividades disfrutaban, qué sensaciones querían experimentar al regresar a casa después de una jornada de trabajo. “No se trata solamente de preguntar qué color les gusta, hay que entender cómo quieren vivir.”

Resulta curioso que una casa de semejantes dimensiones transmita serenidad antes que ostentación. Nada sobresale, los materiales se entrelazan entre sí con naturalidad, las vetas de la piedra encuentran continuidad en la madera, los textiles suavizan la arquitectura, la iluminación acompaña sin imponerse. Todo parece inevitable.
La casa muestra un nivel híper profundo de personalización. Muchos muebles no existían, había que crearlos. La carpintería especial, que dejó de ser un elemento funcional para convertirse en parte de la arquitectura interior, fue diseñada por Estefanía y Andrés, quienes también controlaron los detalles de su producción. “Diseñamos muebles para que nacieran con la casa, pero también reciclamos, retapizamos y adecuamos otros que valía la pena mantener”.

Ese nivel de detalle exigió una coordinación permanente con arquitectos, ingenieros, proveedores y artesanos, pero a la vez permitió que el resultado final tuviera una identidad imposible de replicar. “Cuando cada decisión responde a un estilo de vida concreto, la exclusividad deja de ser lujo y se convierte en consecuencia.”

Mientras hacemos el recorrido me explican que “la casa tiene distintos capítulos, igual que una buena historia. Cada espacio propone una experiencia distinta pero todos comparten el mismo hilo conductor a través de elegancia, sobriedad y coherencia”. Y cuando parecía que había visto todo en esta maravillosa obra, cuando pensé que la experiencia llegaba a su fin, tuve una increíble sorpresa.
Hay un espacio que existe sin dejarse sentir, que está oculto pero tiene intensa presencia. Es el espacio de la casa en el que la pasión se convierte en arquitectura. Me explico. Mientras el proyecto tomaba forma, Estefanía y Andrés descubrieron que la Fórmula 1 apasionaba profundamente al propietario. No era novelería ni un gusto pasajero, era una parte importante de su vida, y la casa debía contar también esa historia.

Equipo Linie: Pedro Daza, Carla Garcés, Andrés Cabrera y Estefanía Tricallotis
“Cuando conoces a tus clientes aparecen oportunidades que nunca estuvieron escritas en el programa arquitectónico.” No es un cuarto temático ni un espacio lleno de objetos alusivos al automovilismo que, si bien los tiene, los distribuye de tal manera que guían mientras sorprenden. El desafío que superaron en esta zona fue infinitamente más complejo. “Creamos un espacio elegante, sofisticado, masculino que, al mismo tiempo, transmite la velocidad, precisión y tecnología que definen a la máxima categoría del automovilismo mundial.
La inspiración estuvo siempre presente, había que capturar una emoción. “Las líneas se volvieron más dinámicas que en el resto de la casa, las texturas adquirieron profundidad, los contrastes aparecieron con mayor fuerza, la iluminación comenzó a marcar la trayectoria de la mirada”. Esta sutileza terminó convirtiéndose en el mayor acierto del proyecto, porque el espacio habla del propietario sin necesidad de explicarlo usando un lenguaje místico de intensas proporciones.

Cuando se recorren los ambientes terminados parecería que las decisiones fueron evidentes, que cada material siempre estuvo destinado a ocupar ese lugar, que cada proporción era la única posible, pero la realidad es muy distinta. Detrás de esa aparente naturalidad hubo cerca de seis meses dedicados exclusivamente al diseño y casi dos años de acompañamiento permanente durante la construcción.

Esa presencia constante les permitió resolver los inevitables cambios que surgen en una obra de esta magnitud, “Las necesidades evolucionan, los espacios se ajustan, las ideas maduran y debemos tener la flexibilidad suficiente para acompañar ese proceso sin perder la esencia del concepto inicial. Hay decisiones que no se toman en el papel, se toman en obra, y solo pueden resolverse estando ahí”.
Arquitectos, ingenieros, constructores, especialistas en iluminación, carpinteros, marmolistas, tapiceros, paisajistas… Cada uno aporta una pieza distinta a un rompecabezas que solo funciona cuando todos hablan el mismo lenguaje. “Nos gusta trabajar con equipos que compartan la misma obsesión por el detalle. No se trata únicamente de exigir calidad sino de construir relaciones de confianza, porque, cuando todos entienden el objetivo común, las soluciones aparecen con mucha mayor facilidad”.

Al terminar esta conversación aparece una idea que obliga a una pausa. “Muchas personas asocian el lujo con el costo de los materiales y la decoración, cuando el verdadero lujo es el tiempo, es detenerse a escuchar, es diseñar algo irrepetible, porque ninguna familia vive igual que otra.”
Una casa no termina el día que se entrega, ese día recién cobra vida. “Empieza a llenarse de fotografías, de celebraciones, de conversaciones y silencios, de rutinas y recuerdos. Nuestro diseño cumple su propósito cuando se convierte en el escenario de la vida cotidiana”. Tuve el inmenso gusto de conocer a los propietarios, los vi ir y venir por cada espacio de la casa, viviéndolos, sintiéndolos, disfrutándolos cada uno a su manera. Me llevo la inmensa satisfacción de saber que Estefanía y Andrés cumplieron su objetivo en la casa que recogemos en las fotografías que acompañan este relato.


