Por Caridad Vela

Hay historias que es imposible contarlas en línea recta. Se narran en espiral, regresan sobre sí mismas, se detienen, respiran y continúan. No son fáciles de escribir por la cercanía emocional y el afán de no dejar recuerdos en el tintero. Sostenibilidad emocional y arquitectura sostenible se entrelazan en estas líneas como argumentos de peso para avalar el verdadero sentido de la vida con propósito.

El contexto requiere que volvamos atrás en el calendario. Sebastián Angulo Tamayo es hijo de Cristina Tamayo Paladines, una mujer adelantada a su tiempo. En una época en que las mujeres eran presentadoras de noticias, Cristina era periodista pura y dura. Era inquisitiva incomodaba, investigaba, opinaba abiertamente. Lo hacía sin temor a las consecuencias. Fue asesora del presidente León Febres Cordero y se mantuvo muy cerca de otros renombrados políticos del país, en aquellos años en los que no había legislación que garantice igualdad de género. Su nombre tenía valor, su opinión generaba respeto, sus palabras siempre fueron escuchadas. No necesitó de una ley para sobresalir.

Sebastián Angulo Bidi Bidi - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

En la fachada del Centro de Artes Escénicas Bidi Bidi reposa en silencio, desafiando las inclemencias de la naturaleza y el paso de los años, una placa que dice: “In loving memory of my mother, María Cristina Tamayo Paladines”. Nada ni nadie borrará su memoria, incluso quienes no la conocieron, como los refugiados que asisten diariamente al centro en Uganda, sabrán que fue una gran mujer, y que ahí, al otro lado del mundo, su vida trascendió a la eternidad. Fotografía: Stuart Tibaweswa. Cortesía de to.org.

No menciono su calidad humana ni su capacidad de estar siempre junto a su hijo siendo la mejor madre que pudo ser, porque mi pluma no está a la altura de la descripción que ella merece. El tributo que su hijo hace en su honor, cuyas fotos acompañan estas letras, da cuenta de la dimensión de persona que fue, y que ahora, gracias a él, lo será para la eternidad.

Hace 26 años, Cristina murió de una manera que todos, sin éxito, intentamos olvidar. Vivió como si presintiese que la vida sería corta. Sebas tenía apenas 11 años. Durante mucho tiempo hizo lo que la sociedad suele aconsejar en estos casos, seguir adelante, estudiar más, trabajar más, viajar más, vivir más. “Pa’lante, pa’lante”, repite, como si escuchara todavía esa consigna no escrita que los adultos suelen imponer cuando no saben qué decir frente al dolor de un niño.

Sebastián Angulo Bidi Bidi - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

La estructura del Centro de Artes Escénicas Bidi Bidi se beneficia de un gran techo liviano en forma de embudo, que permite la refrigeración natural del interior del edificio y la recolección de agua de lluvia, la cual es posteriormente filtrada para proporcionar agua potable a la comunidad. Cortesía de to.org Fotografía: Mutua Matheka

A pesar de que nuestra charla toca fibras íntimas, Sebas arranca con su habitual sentido del humor. Mientras mueve hojas de papel escritas a mano me dice, “pasé el fin de semana al más puro estilo de Beatiful Minds (la película), pensando, recordando, escribiendo, tachando y reescribiendo notas para esta entrevista”. Debo confesar que también mi mente volvió al pasado en estos días.

Cuando habla de su madre no lo hace desde la nostalgia, cuida como un tesoro esas emociones que son solo suyas, prefiere hacerlo desde la conciencia de su impacto. “Me di cuenta de que el efecto que tuvo mi madre iba mucho más allá de ser mi madre y mi mundo. Ese impacto superó a su familia, a su círculo íntimo, y alcanzó a toda la gente que se cruzó con ella en el camino”. En esa introspección entendió que la herencia más potente que recibió no fue material, sino la enseñanza de una “forma de ser y estar en el mundo, con conciencia humana, sensibilidad extrema y compasión profunda”.

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Fotografía: Stuart Tibaweswa. Cortesía de to.org.

Y así arrancó una conversación fluida, diáfana y abierta. Sentimientos y emociones a flor de piel se materializaron en la virtualidad de la comunicación a distancia.

Su historia no fue planificada, se tejió orgánicamente en el tiempo, porque su corazón, 26 años después de la muerte de su madre, aún necesita sanar.

Y eso no se logra avanzando sin pausa. “Uno no llega a procesar ciertas cosas en ese momento, es solo cuando te permites parar, tomar distancia y mirar hacia atrás, que te alcanza la parte emocional que pretendías tapar con ese trabajar más y vivir más”.

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Fotografías: Mutua Matheka Cortesía de to.org.

Este proceso, largo y silencioso, lo llevó a involucrarse primero en iniciativas sociales en Ecuador, luego en Estados Unidos y más tarde en contextos de crisis internacional. Trabajó con Unicef Next Generation, organizó eventos, recaudó fondos, y tuvo una revelación incómoda. “Muchas donaciones no llegan realmente a la gente, se quedan en estructuras, en costos operativos, y no era eso lo que yo quería”. No lo dice como crítica, sino con la honestidad de entender cómo generar impacto real haciendo bien las cosas.

El terremoto de 2016 en Ecuador fue otro punto de quiebre. Sebastián se involucró directamente, adoptó una escuela, conectó redes, gestionó recursos. “Fue un gran aprendizaje con muchas trabas, porque cuando quieres tener impacto directo te enfrentas a la burocracia, a los desafíos reales de ejecutar una idea. Nada es tan claro ni fácil como parece desde afuera”.

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Fotografías: Mutua Matheka Cortesía de to.org.

Luego vino Ucrania. Otra guerra, otro desplazamiento, otro espejo. “Ves gente que pierde todo, su casa, su familia, su piso emocional”. Busca en su mente la palabra exacta, descarta sinergia, y, tras dudar, dice comprensión. “Cuando has pasado por una pérdida grande, no es que lo entiendes todo, pero tienes una perspectiva distinta, un entendimiento más real del dolor ajeno”.

Este hilo invisible lo llevó, a través de to.org, hasta Bidi Bidi, en Uganda. Un asentamiento de refugiados donde viven cientos de miles de personas desplazadas por la guerra. “Me fui a lo extremo, a lo más duro, porque también era una manera de entender mi propio proceso y, quien sabe, de seguir sanando”. Allí comprendió que ayudar no es solo proveer alimentos o refugio. “Eso es indispensable, claro, pero hay algo antes. Sanar”.

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Fotografías: Mutua Matheka Cortesía de to.org.

El vínculo con to.org llegó de manera inesperada pero decisiva. Sebastián recuerda que fue contactado por el equipo suizo de la fundación cuando aún estaba explorando, casi a tientas, cómo canalizar su necesidad de generar impacto real. Hubo afinidad inmediata. Lo que lo convenció fue que es una organización pequeña, rigurosa, obsesiva con la eficiencia y profundamente comprometida para que cada recurso llegue donde tiene que llegar.

Conoció el proyecto Bidi Bidi y entendió que allí existía una oportunidad única de unir memoria, propósito y acción concreta. Hoy, su vida está atravesada por proyectos sociales, procesos de sanación colectiva, y por una obra tan profunda como el Bidi Bidi Performing Arts Centre.

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Fotografías: Mutua Matheka Cortesía de to.org.

“Uganda está en la latitud cero, igual que Ecuador”, dice cuando le pregunto por qué eligió ese lugar y no otro para rendir tributo a la memoria de su madre. No lo explica desde la lógica fría de los mapas, sino desde una intuición profunda. “El clima, la luz, la vegetación, incluso la forma en que el día y la noche se equilibran, me resultaron familiares. El territorio me hablaba en un idioma conocido”. Luego vino el gesto humano que terminó de anclarlo. “Descubrí un restaurante con chef ecuatoriano en medio de Kampala, fue como recibir una señal”, confiesa. Una coincidencia mínima pero poderosa, que reforzó en él la idea de que este proyecto no estaba tan lejos de casa como parecía.

Y es aquí donde la historia personal se vuelve arquitectura. En Bidi Bidi Performing Arts Centre la sostenibilidad no empieza con los materiales ni los planos. Empieza en una pregunta silenciosa y dolorosa. ¿Cómo se sostiene la vida después de la pérdida?

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Se estima que el tanque de agua con capacidad de 200.000 litros proporcionará 1,2 millones de litros de agua al año, de los cuales el 70 % se destinará directamente a la comunidad y el 30 % restante se utilizará para el riego del huerto y el jardín comunitario. Fotografía: Mutua Matheka Cortesía de to.org

El Centro no se concibe como un edificio aislado ni como un espacio para sobrevivir. “Es un espacio para sanar, un lugar para que el trauma no se herede de generación en generación sin ser nombrado, donde la fortaleza no se confunda con silencio, y donde la vulnerabilidad sea entendida como un valor”.

El diseño y la construcción responden a esa lógica emocional. El centro adopta la forma de un anfiteatro semiabierto, cubierto por una gran estructura ligera que permite la ventilación natural, protege del sol intenso y recoge agua de lluvia. Esa agua es canalizada, filtrada y almacenada para abastecer tanto al edificio como a huertos y áreas verdes cercanas, en una región donde el acceso al agua es cada vez más frágil por efecto del cambio climático.

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Fotografía: Mutua Matheka Cortesía de to.org

Los muros fueron construidos con bloques de tierra estabilizada comprimida, elaborados a partir del mismo suelo excavado en el sitio, prensados manualmente y curados al sol. Esta decisión reduce de forma drástica la huella de carbono y evita el uso de leña, un recurso crítico para las comunidades refugiadas. La estructura metálica, prefabricada fuera del asentamiento, optimizó tiempos, logística y desperdicio, demostrando que la eficiencia también es una forma de respeto.

La construcción involucró activamente a refugiados y miembros de la comunidad anfitriona ugandesa, no como mano de obra anónima, sino como participantes del proceso. Así, el edificio no es un objeto ajeno, nace del lugar y se queda en él. Desde su inauguración comunitaria, en diciembre de 2023, funciona como un espacio vivo con aulas, salas de ensayo, estudios de grabación y escenarios abiertos. Las artes escénicas se convierten en herramienta de sanación, pero también de cohesión social.

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Bidi Bidi adopta la forma de un anfiteatro semiabierto y cubierto, que puede funcionar tanto como espacio para presentaciones artísticas como para reuniones comunitarias. Fotografía: Mutua Matheka Cortesía de to.org

“La estética no fue un gesto de vanidad”, explica Sebas. “Fue una estrategia consciente. Si el lugar es bello, la gente llega. Rompes el estigma. No es decir vamos a terapia, es decir vamos a crear algo desde nuestro vacío emocional”. Es en ese crear que la sanación empieza a tomar forma.

Como consecuencia natural de su involucramiento sostenido, Sebastián fue nombrado Embajador para América Latina de to.org. No lo vive como un título protocolario sino como una afirmación de que el compromiso es real. Este es un rol que le permite tender puentes entre territorios y realidades distintas, amplificando una causa que va mucho más allá de una obra puntual.

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Fotografía: Mutua Matheka Cortesía de to.org

El Bidi Bidi Performing Arts Centre fue reconocido internacionalmente con el Dezeen Award al Proyecto Cultural del Año, una validación que reconoce no solo su calidad arquitectónica, sino su enfoque ético y profundamente humano. Para Sebas, ese reconocimiento es secundario. “Lo importante es que el espacio funcione para la gente”, dice. Y, tal como vemos en las imágenes de estas páginas, funciona.

En la fachada del edificio reposa en silencio, desafiando las inclemencias de la naturaleza y el paso de los años, una placa que dice: “In loving memory of my mother, María Cristina Tamayo Paladines”. Nada ni nadie borrará su memoria, incluso quienes no la conocieron, como los refugiados que asisten diariamente al centro, sabrán que fue una gran mujer, y que ahí, al otro lado del mundo, su vida trascendió a la eternidad.

Sebas convirtió “su recuerdo en algo que sirva a mucha gente, donde el dolor se convierte en propósito y la ausencia en cuidado compartido”. Impregnó un lugar con la presencia de su madre, un lugar que cambiará lágrimas por sonrisas y pérdidas por afecto. No es un homenaje estático a su memoria, es su continuidad.

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Fotografía: Stuart Tibaweswa. Cortesía de to.org.

En Bidi Bidi Performing Arts Centre, la arquitectura no desentona, acompaña. No promete salvarlo todo, ofrece un espacio donde la vida puede volver a tomar forma. Es como si en cada canción y en cada paso de baile, la voz de Cristina siguiera insistiendo con la misma convicción con la que vivió, que el mundo puede ser un lugar más justo si alguien se atreve a hacerse cargo.

Aquí, en este rincón del mundo donde Ecuador y Uganda se tocan en la latitud cero y se encuentran en la emoción del recuerdo, construir se convirtió en un acto de inmortalizar. Y esa es, quizá, la forma más profunda de sanar.