Por Lorena Ballesteros
Hay personas que convierten el servicio social en una forma de vida. Esa es la historia de Luisa Cobo que, inspirada por su vocación construyó su identidad personal y profesional. Las decisiones que tomó desde la juventud la han llevado al cargo que ocupa actualmente. Es la persona que lidera la representación del Baptist Health en Ecuador.
Ambateña de origen, quiteña por elección y ciudadana del mundo por experiencia, Luisa tiene una presencia cálida, cercana. De esas que derriban barreras desde la primera conversación. Habla en tono alegre, sonríe constantemente, hace bromas. Luisa es una bocanada de aire fresco y con esa frescura nos abre las puertas de su casa. Le pregunto por su emigración de Ambato a Quito, que, aunque no es extraño que una chica de su estrato socioeconómico se traslade a la capital para realizar sus estudios universitarios, siento curiosidad por conocer los detalles de esa trayectoria.

Me sorprendo al saber que a los 18 años dejó el país para vivir en Francia, en un intercambio que marcaría el inicio de su independencia. Luego regresó a Quito para estudiar Comunicación Corporativa en la UDLA, y más adelante viviría en Madrid, donde cursó una maestría en marketing y recursos humanos. Entre Francia, Quito y Madrid su horizonte se expandió. Y, sin embargo, hay otra ciudad, otro territorio que fue el que realmente determinó su visión sobre el mundo y el que definiría su camino profesional.
Después de su paso por España, Luisa tomó una decisión poco convencional: irse durante cuatro meses a trabajar como voluntaria en un orfanato en África. No fue una experiencia organizada ni recomendada por terceros. Investigó por su cuenta, levantó fondos entre Ecuador y España y se aventuró a Kenia. Con el dinero recaudado ofreció ayuda para mejorar la condición de las instalaciones, reparar camas, adecuar espacios, cambiar cierta infraestructura. Sin embargo, tenía claro que no deseaba únicamente viajar, entregar la ayuda y salir. “Quería hacer algo que realmente me sacara de mi zona de confort”, recuerda. Y lo hizo.
Así fue como se instaló esos 120 días en África. Fue tutora, una especie de figura materna para esos niños abandonados. Recuerda que dormían en el piso, sobre un colchón de paja. Había escasez de todo: comida, vestimenta, medicinas. La precariedad de ese tiempo le forjó su carácter. “Te sensibiliza, te humaniza, te hace más humilde. Te enseña a valorar todo lo que tenemos”, dice.

Ese aprendizaje no se quedó en anécdota. Desde entonces, Luisa ha mantenido un vínculo constante con iniciativas sociales. Es voluntaria del hospital Baca Ortiz en Quito, también ayuda a organizaciones religiosas y fundaciones. Recuerda que algunos años atrás fue elegida Reina de Ambato. Su participación en ese certamen no fue más que para dedicarse a ejecutar ayuda social. “Siempre hay que darse el tiempo para ayudar”, afirma con convicción.
Después de su estadía en Kenia regresó a Quito. Creía que sería una estadía corta, porque estaba más inclinada por volver a Madrid, buscar trabajo allí y establecerse en Europa. Pero la vida es lo que sucede mientras se hacen planes. En una fiesta conoció a Miguel, su esposo actual. Pasaron de conocerse a ser novios y luego a formalizar la relación en matrimonio. Francia, España y hasta África quedaron en el pasado, cimentando su carrera, pero recordándole que su presente estaba en Ecuador.
Mientras se anclaba en su vida de pareja, también apareció una oportunidad laboral interesante que la llevó hacia el campo de los seguros. Un sector que, contra lo que muchos creen, es profundamente humano. A Luisa se le dan fácilmente las relaciones públicas y esas habilidades le resultaron idóneas para su trabajo en un bróker, en donde llegó a ser directora comercial. Manejó desde asistencia médica hasta seguros patrimoniales, de construcción y vivienda.

“Cuando entras al mundo de los seguros, te quedas”, dice. Y no lo dice desde la teoría, sino desde la noción de entender lo que hay detrás: protección, previsión, respaldo. Su experiencia en seguros le permitió reconocer el valor de lo que se construye.
En Ecuador, explica, los seguros de vivienda siguen siendo subestimados, a pesar de ser herramientas accesibles y fundamentales. Una póliza bien estructurada puede cubrir desde incendios y robos hasta desastres naturales, como terremotos o inundaciones; además de daños eléctricos o responsabilidad civil frente a terceros. “El seguro no solo protege la estructura de la casa, sino también lo que hay dentro: muebles, electrodomésticos, objetos de valor”, explica.
El proceso es más sencillo de lo que muchos imaginan, se define un valor aproximado del inmueble y su contenido, se evalúa el nivel de riesgo y, en función de eso, se calcula una prima anual que, en la mayoría de casos, resulta manejable.
“Son seguros bastante pagables, y pueden hacer toda la diferencia en un momento crítico”, asegura. Más allá de lo técnico, su recomendación es clara: entender el seguro no como un gasto, sino como una forma de cuidar lo que se ha construido con esfuerzo.

Regresando a su historia personal, en paralelo a su desarrollo en el campo de los seguros, llegó la familia: Julia y Emilia. En 2021 nació la primera. Como aún estaban vigentes las restricciones por la pandemia se trasladaron a vivir en la hacienda familiar. Tanto Luisa como Miguel son personas de campo. Montan a caballo, hacen caminatas tipo trekking, son aventureros. Hasta ahora siente añoranza por esos días de silencio, de trabajar entre montañas, de descubrirse como mamá.
Luisa trabajó en el bróker de seguros hasta el 2022, año en el que se le presentó una oportunidad de oro: la de asumir la gerencia de Baptist Health en Ecuador. No lo buscó, a ella la encontraron, y cuando el destino te encuentra, no puedes huir de él.

Actualmente su rol está enfocado en la estrategia comercial y de marketing, la planificación y ejecución de eventos, y la coordinación de pacientes que viajan desde Ecuador a Estados Unidos para recibir atención médica. Sus horas de oficina las hace desde su casa en Cumbayá, aunque cada dos meses suele viajar a Miami.
Parece increíble, pero después de cuatro años en su cargo habla de procedimientos médicos con una soltura sorprendente. A tal punto que, en momentos de nuestra conversación, olvido que estoy hablando con un perfil gerencial y no con una doctora. Lo cierto es que lidera una operación que exige conocimiento técnico, capacidad de gestión, pero, sobre todo, criterio humano. Luisa recibe capacitaciones frecuentes, está al día en la innovación que ofrece el hospital en todas sus ramas de especialidad.

Trabajar de cerca con un sistema de salud como el estadounidense le ha dado una perspectiva tan valiosa como incómoda. “La tecnología y los tratamientos allá son impresionantes. Hay cosas que en Ecuador simplemente no existen”, explica. Desde terapias oncológicas con protones, que, explica, es un tratamiento que reduce efectos secundarios; hasta cirugías mínimamente invasivas. El contraste con nuestra realidad es evidente. Lastimosamente el acceso a esos procedimientos es aún limitado.
“Sin seguro, es imposible. Y eso es lo que más duele”, admite. Ha visto casos de personas que necesitan tratamientos que no pueden costear, y esa experiencia ha reforzado una idea que repite con insistencia: la prevención y la planificación no son un lujo, son una necesidad.

Luisa es de esas personas que se refugia en su hogar. Ella necesita que su casa sea un espacio seguro, estético, equilibrado, y su sensibilidad se expresa en cada detalle. Es amante de la decoración. Luisa ha construido un estilo propio que mezcla lo rústico con lo vintage, con inspiración inglesa. Su casa bien podría ser fotografiada para Horse & Hound, una revista británica de estilo de vida ecuestre. Le atraen las piezas antiguas, los objetos con historia, los materiales nobles.
Muchos de los muebles son diseñados por ella y elaborados por artesanos locales. Otros son el resultado de una colaboración familiar, como la mesa del comedor que tiene de base un tronco de pino de más de 50 años de antigüedad. Miguel diseñó la mesa para aprovechar ese pedazo de herencia de su hacienda, mientras que Luisa diseñó las sillas.

“Me gusta llegar a mi casa y sentir paz”, dice. Y esa intención se percibe en un espacio donde el arte campestre se complementa con algunas piezas que son recuerdos de viajes que ha realizado.
A pesar de su ritmo de vida ajetreado. A pesar de que equilibrar maternidad con trabajo ahora sea considerado un cliché, Luisa no perdona el tiempo con sus hijas, el contacto con la naturaleza, las cabalgatas a caballo con su esposo, las visitas a su familia en Ambato, y la ayuda social. Pues su historia gira alrededor de los mismos vínculos que generó desde la infancia: cuidado, servicio y pertenencia.
