Por Caridad Vela

La sola expresión genera sospecha, suena a eslogan publicitario, a maquillaje verde, a una de esas frases que el abuso ha desgastado. ¿Cómo puede una industria que tala árboles, porque son su materia prima, proclamarse aliada del planeta? ¿Cómo confiar en una aseveración que, a primera vista, parece contradecir todo lo que durante años hemos escuchado sobre deforestación y daño ambiental?

Confieso que yo también levanté la ceja. El escepticismo muchas veces nace de la ignorancia, pero hay ocasiones en las que una afirmación dudosa merece algo más que rechazo automático, merece ser observada de cerca, cuestionada con rigor y contrastada con hechos.

Eso fue lo que hice al adentrarme en los bosques de Aglomerados Cotopaxi. Y fue ahí, caminando entre árboles que crecen donde la tierra estaba agotada, escuchando datos medidos durante décadas que son fiscalizados por organismos acreditados, y viendo procesos abiertos al escrutinio de comunidades, académicos y científicos, cuando entendí que el verdadero desafío no es creer o no creer, sino revisar los prejuicios desde los que solemos juzgar a toda una industria.

Aglomerados Cotopaxi - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Bernardo Pérez, Gerente General

En las faldas del majestuoso volcán crecen árboles que serán talados para convertirse en acabados de construcción. Es tan inmensa la sensación que da estar entre esos testigos del tiempo que, al inicio, duele pensar que pronto acabará su vida. Pero no, nada más alejado de la verdad. Es aquí, a 3.200m de altura donde verdaderamente se expresa el ciclo completo de la vida.

Estos imponentes pinos y eucaliptos son generosos. Donde antes hubo agricultura y ganadería, que con el paso del tiempo agotaron la capacidad productiva del suelo, ahí, donde ya no quedaba mucho margen para seguir produciendo, nacen estos árboles para cumplir su función de existir. No nos equivoquemos pensando que esa función es convertirse en mesas, no, su función es captar CO2 en grandes cantidades y devolvernos oxígeno, una y otra vez, para salvar el planeta.

En compañía de Bernardo Pérez, gerente general de la empresa; Isabel Arteta, Coordinadora de Sostenibilidad y Comunicación; Roberto Neumann, Gerente Forestal, y Paul Maldonado, Jefe de Responsabilidad Social, recorrí viveros, bosques y fuentes de agua pura y cristalina. Cada uno hablaba de su área con pasión contagiosa. Roberto describe el bosque como un sistema vivo que se piensa a décadas, Paúl explica la relación con las comunidades desde el respeto y la confianza; Isabel sostiene los datos con la misma convicción con la que defiende el propósito y Bernardo, como hilo conductor, recordando que todo esto solo tiene sentido si se hace bien.

Conocí el Aglomerados Cotopaxi Bike Park, un espacio creado para fomentar la vida sana y el ecoturismo nacional e internacional; vi a comuneros de la zona pastando sus borregos entre los árboles (oh sorpresa, porque siempre escuché que debajo de pinos y eucaliptos no crece nada, pero crece, y mucho), pero sobre todo, reflexioné sobre una idea que se repite una y otra vez en la voz de Bernardo, quien afirma que “la sostenibilidad no es una moda que se adopta, es una forma de ser y hacer”.

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La empresa está a punto de cumplir 50 años, y su historia desmonta muchos de los prejuicios que pesan sobre la industria maderera. Antes incluso de levantar la primera fábrica, los fundadores comenzaron a comprar tierras y sembrar bosques. No lo hicieron pensando en una compensación posterior, sino como condición previa para reponer lo que se usaría. “Cuando se pensó en crear Aglomerados Cotopaxi todavía no se hablaba de sostenibilidad”, recuerda Bernardo. “Pero ya existía la convicción de que este tenía que ser un negocio transparente y viable en el largo plazo”. 

La lógica era, y sigue siendo, muy clara. La madera es un cultivo infinito, se siembra, se cosecha y se vuelve a sembrar. El mismo árbol provee, no una, sino miles de semillas para los siguientes. Un ciclo virtuoso que no para si está bien manejado y, además, genera beneficios que van mucho más allá de la rentabilidad de la comercialización de materia prima industrializada. 

Esa visión de sostenibilidad tiene un rostro humano muy concreto. La sostenibilidad también se construye desde la relación con su gente, con colaboradores que no solo trabajan aquí sino que se sienten parte de la compañía, familias enteras que han crecido junto a la empresa por generaciones. Las historias de continuidad, aprendizaje y orgullo de pertenencia se repiten en los pasillos de la planta y en los caminos del bosque. Este vínculo profundo con las personas es una de las bases menos visibles, pero más sólidas, de su modelo de sostenibilidad. “Es ilógico pensar que en Ecuador uno puede crecer como negocio si tiene malas relaciones con sus vecinos. La sostenibilidad también es social”, dice Bernardo. 

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Uno de los mitos más persistentes que Aglomerados Cotopaxi ha tenido que enfrentar es que las plantaciones forestales “se chupan el agua”, afirma Isabel. “Durante años, las comunidades se opusieron a la siembra de árboles por temor a quedarse sin fuentes hídricas. Nuestra respuesta no fue discursiva ni evasiva, sino científica y participativa. Medimos caudales durante años y luego invitamos a las propias comunidades a aprender cómo se mide el agua, y a verificar por sí mismas los datos”.

El resultado fue un giro radical en la percepción, continúa Isabel. “Los mismos vecinos que desconfiaban se convirtieron en defensores del bosque”. Bernardo completa la frase, “comprobaron que los árboles ayudan a mantener la humedad del suelo en épocas secas y a prevenir deslaves cuando llueve en exceso”. Este modelo de gobernanza del agua, desarrollado de la mano de juntas comunitarias y universidades locales, fue reconocido por Naciones Unidas como una buena práctica alineada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Ese aprendizaje abrió la puerta a algo mayor. Hoy, comunidades, autoridades, académicos y líderes de otras provincias visitan Aglomerados Cotopaxi para entender cómo este modelo puede replicarse. El agua dejó de ser solo un recurso gestionado y se convirtió en un sistema de educación, confianza y cohesión social.

La misma lógica se aplica al bosque. “Durante años se repitió que las plantaciones eran desiertos verdes, que aquí no había fauna ni flora. Para comprobarlo, o desmentirlo, abrimos las puertas a investigadores inicialmente escépticos, para que hicieran los estudios que quisieran. Con cámaras trampa técnicamente ubicadas captaron vídeos de venados, pumas, y hasta osos andinos. Donde se creía que no había vida, había biodiversidad”, comenta Isabel.

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Isabel Arteta, Paul Maldonado, Roberto Neumann y Fausto Rivera

Ese ejercicio transformó a antiguos detractores en aliados y sumó a universidades como la San Francisco, la Central, la UDLA, la ESPOL o la UTC, a procesos de investigación conjuntos. “La credibilidad nace cuando uno da un paso al costado y deja que otros investiguen, estudien y comprueben”, afirma Bernardo. La empresa no se defiende, se muestra abiertamente porque nada esconde y, por el contrario, está orgullosa de lo que muestra.

En el corazón de todo está la madera, material que Isabel defiende con convicción. “Es renovable, reciclable, biodegradable, de bajísimo consumo energético en su transformación y con una capacidad única de capturar carbono”. 

Aglomerados Cotopaxi es hoy una empresa certificada carbono negativa. Emite alrededor de 34.700 toneladas de CO2 al año, pero sus plantaciones de más de 13.000 hectáreas productivas capturan aproximadamente 225.000 toneladas anuales. El balance es claro, cerca de 190.000 toneladas de carbono son retiradas del ambiente cada año. Dicho de otra forma, este bosque absorbe varias veces más carbono del que toda su operación genera. ¿Cuántas industrias pueden decir lo mismo? 

Lejos de verlo como un número, Bernardo insiste en que este resultado es, ante todo, una responsabilidad. “La industria maderera no puede darse el lujo de hacer las cosas mal. Tenemos los ojos del mundo encima, y está bien que sea así”.

Además, afirma que “la madera está viviendo una revalorización global. En países con tradición forestal, donde la sostenibilidad no es opción sino exigencia, como Canadá, Estados Unidos, Chile y los países nórdicos, se construyen desde viviendas hasta edificios de varios pisos en madera. No por nostalgia, sino por eficiencia climática, bienestar y diseño. Ecuador todavía arrastra prejuicios, pero el camino está trazado”.

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“Ya no hablamos solo de tableros, MDF o melaminas, ya no vendemos solo madera, vendemos una historia que te hace sentir bien, porque saber que un mueble no proviene de deforestación ilegal, que no destruyó comunidades ni ecosistemas, cambia la relación con el objeto”, comenta Bernardo. La sostenibilidad dejó de ser un concepto abstracto, hoy es una exigencia del mercado.

Aglomerados Cotopaxi es la prueba viva de que usar árboles como materia prima en una industria en crecimiento no es incompatible con cuidar el planeta. Al contrario, cuando el bosque se entiende como un aliado y no como un recurso a explotar, esta industria puede convertirse en una de las herramientas más poderosas contra el cambio climático. En este entorno impactan los números y los indicadores, pero las historias de pertenencia, orgullo y dignidad contadas por doquier por la gente de la zona son memorables.

Al terminar este recorrido, escuchando con atención a Bernardo, Isabel, Roberto y Paul, entendí que no toda tala es destrucción, que el raleo de las ramas bajas de los árboles es lo que permite que entre luz a la tierra y crezca pasto, que esta industria no es enemiga y que el futuro más sostenible crece, literalmente, en un vivero cuidado y protegido por gente con consciencia y pasión por el cuidado ambiental.

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Dejé atrás el bosque y fui a la fábrica. Sin este último tramo ni la experiencia ni mi entendimiento estaban completos. La sostenibilidad no podía quedarse solo en la belleza del árbol o en la potencia simbólica del bosque vivo que tanto me inspiró, tenía que sostenerse también en el corazón industrial del proceso.

Confieso que tuve que cambiar de chip, dejar atrás lo natural para entender la transformación final. Y ahí, entre líneas de producción, sistemas de control y decisiones técnicas invisibles para el consumidor final, comprobé que la coherencia no se pierde cuando los troncos de los árboles cruzan la puerta de la planta. Volví a ver esa misma pasión por el cuidado ambiental, esta vez traducida en procesos, eficiencia y cuidado extremo por cada detalle. Los flujos industriales se explican con orgullo técnico, cada decisión conecta con su impacto ambiental y se refuerza la idea de que la sostenibilidad se ejecuta a cada instante.

El agua utilizada es tratada, reutilizada y devuelta en condiciones óptimas; los subproductos de una línea alimentan otra; ni siquiera los residuos que ya no tienen uso se desechan, porque aquí lo que no tiene un destino material se transforma en energía para mover la propia operación.

En la planta industrial la lógica del ciclo no se rompe, se perfecciona de tal manera que el producto que llega a nuestras casas no es solo un tablero, una melamina o un mueble, es la síntesis de todo este recorrido. “Cada producto que sale al mercado empaca dentro de sí la sostenibilidad del bosque, el rigor del proceso industrial, el carbono que fue capturado durante años por árboles sembrados, cuidados y cosechados responsablemente. Ese carbono no desaparece, queda fijado, atrapado en el material que usamos a diario”, afirma Isabel.

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Los productos de Aglomerados Cotopaxi son objetos cotidianos que guardan dentro una historia de equilibrio entre naturaleza, industria y conciencia. La sostenibilidad atraviesa toda la cadena, desde la semilla hasta el hogar, para convertir el discurso en realidad.

Llegué con dudas, me fui con certezas. El bosque, los datos y las personas hablaron por sí mismos. La industria de la madera, al estar manejada con responsabilidad real, es una de las más nobles que existe. Trabaja con un material vivo, renovable, que captura carbono mientras crece, para devolver a la tierra más de lo que toma.

Ser carbono negativo es la consecuencia de tres generaciones que entienderon que el negocio no empieza en la fábrica sino en el suelo, y que cosechar es cerrar un ciclo para que otro comience, viva y se multiplique.

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