
David Rosero habla con una convicción que sorprende y al mismo tiempo reconforta. En un país donde muchos se concentran en lo que falta, él mira lo que está por hacerse; mientras unos repiten que nada funciona, él enumera proyectos, oportunidades, ciudades que pueden transformarse y sueños que esperan manos decididas para concretarse.
Para él, Ecuador es, sin exagerar, el país de las oportunidades. Lo dice sin discursos aprendidos, sin fraces vacías. Lo dice porque lo ha visto y lo ha estudiado, porque recorre el país con ojos que detectan potencial donde otros ven parálisis.
Habla de Manta con el entusiasmo de la nueva generación, esa que tiene ilusión por el mañana, y menciona varios factores de relevancia. “La zona franca está lista para despegar, se debe potenciar la vía Manta – Quevedo, el aeropuerto internacional subutilizado podría convertirse en un punto neurálgico del comercio regional”. Todo lo menciona sin generalidas sino con especificidades, como quien ya tiene en la cabeza los planos de un país que aún no existe, pero debe existir. Y después aterriza la reflexión con una frase que resume su esencia, “todo está por hacerse, y eso es maravilloso, Ecuador es maravilloso”.
Ese optimismo tan raro en nuestro entorno no nace de la ingenuidad, nace de la experiencia ganada a fuerza de trabajo. Rosero Construye, empresa fundada por sus padres hace más de 30 años, ha levantado 35 edificios en la centralidad del Parque La Carolina. Hoy David lidera la segunda generación y transmite la sensación de que está listo para escalar aún más.

David Rosero
Este año entregan Adagio, en la Noruega y Moscú; y Cielo, en la Av. Portugal. En Manta avanza Mawa, el edificio más alto de Manabí, que está vendido en un 70%, mientras preparan un nuevo proyecto de 22 pisos en la misma zona. En Quito lanzarán otro desarrollo frente a La Carolina, sobre el boulevard de la Av. Shyris, frente a la ex tribuna. “No podemos parar”, dice, “la ciudad necesita centralidades nuevas; nosotros creemos en eso y vamos a seguir”.
Su manera de mirar el mercado es técnica y emocional a la vez. Sabe, con datos en mano, qué tipo de departamentos demanda la ciudad. Y de ahí el éxito comercial de la empresa. “El 70% de la oferta es para personas que viven solas o en pareja sin hijos, buscan unidades pequeñas, funcionales y eficientes. Cada edificio es un laboratorio que alimenta al siguiente, una fuente de información real sobre hábitos urbanos, y la raíz para el siguiente proyecto”. David construye para la ciudad que existe, para lo que la gente quiere tener y puede pagar, construye para que más personas tengan su hogar o vivienda de vacaciones.
Su discurso se vuelve aún más potente cuando habla de sostenibilidad y de impacto social. Rosero Construye recicla, educa a niños en cultura ambiental, cuida árboles, mantiene parterres, apoya fundaciones como RACSE que protege tortugas marinas en Manta, da vida cultural al barrio en el que han intervenido con nuevos proyectos con Casa Colibrí, un centro comunitario, con obras teatrales y cantatas, y, a la par, generan empleo continuo para decenas de familias.
El carácter humano de la empresa y su visión de trabajo es casi una filosofía. “Si alguien entra a la empresa y cumple no debería preocuparse por su futuro, siempre habrá obra, siempre habrá trabajo”.
La energía de David es un recordatorio de lo que se puede hacer si decidimos mirar hacia adelante. Su manera de hablar invita a repensar lo que damos por sentado, “las ciudades no se arreglan solas, los polos de desarrollo no aparecen por decreto, las oportunidades no llegan si no las empuja alguien”. Él insiste en que el sector privado debe unirse, que Quito necesita nuevos centros urbanos, que no podemos esperar que el municipio o el gobierno solucionen todo. Y lo dice sin reclamo, sin enojo, pero con un optimismo que desarma. “La energía positiva siempre vence. Siempre. Sonrío no porque las cosas sean fáciles, sino porque estoy convencido de que vale la pena hacerlas mejor”. Y ese, sin duda, es el mensaje para recibir este 2026.

