Por Caridad Vela

Hablar con Kengo Kuma es entrar en un espacio donde la arquitectura deja de ser objeto para convertirse en diálogo. Es un encuentro de sinergia y empatía con el entorno, con su historia, materiales y, sobre todo, con la vida misma.

Estretechar su mano es uno de los privilegios que solo el periodismo concede. Me enfrenta a personajes que difícilmente tendría acceso de otra forma. Gracias a Uribe Schwarzkopf, Kengo Kuma llega a Ecuador no solo con su obra, sino también en carne y hueso. 

Kengo Kuma - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Kengo Kuma

Aquella tarde me preparaba para estar ante un gigante del mundo arquitectónico. Quería llegar con anticipación, no solo porque así soy, sino también por el calibre del personaje que entrevistaría, cuya cultura japonesa valora la puntualidad como una forma de respeto. Un torrencial aguacero quiteño hizo que se triplique mi tiempo de traslado, creí haber perdido la oportunidad, pero al llegar econtré en Kengo Kuma a un hombre humilde y sencillo, de tono pausado y mirada serena, absolutamente dispuesto a conversar.

Me deslumbró su personalidad. No está consciente de su grandeza, pensé. Su actitud, su voz y sus silencios, reflejan que la esencia de su obra es una búsqueda constante por reconciliar al ser humano con la naturaleza a través del espacio habitable, sin perseguir fama o premios.

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El Kiro-san Observatory

Su trayectoria es tan sólida como inspiradora. Reconocido internacionalmente por obras como el Estadio Nacional de Japón, sede de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, o el Museo de Arte Contemporáneo de Odunpazarı en Turquía, Kengo Kuma ha redefinido la relación entre tradición y modernidad.

Su trabajo no pasa desapercibido, de hecho, le ha merecido múltiples distinciones, entre ellas el Global Award for Sustainable Architecture (2016) y el International Spirit of Nature Wood Architecture Award (2002), que celebran precisamente esa sensibilidad única hacia los materiales y el entorno.

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Asakusa Culture and Tourism Center en Tokio

Como todo maestro, su vida no ha estado excenta de crisis, pero gracias a ellas experimentó una extraordinaria transformación. “Mi verdadero punto de inflexión ocurrió en 1990”, recuerda Kuma. “Yo había comenzado mi práctica en 1986, durante el auge económico japonés, todo iba bien, pero llegó la burbuja y colapsó el sistema. Todos los proyectos fueron cancelados, no tenía trabajo y decidí viajar al campo. Pasé diez años allí, haciendo proyectos pequeños con artesanos locales y materiales de la zona. Fue una época sin encargos grandes, pero llena de aprendizaje”.

De esa etapa rural surgieron obras que, sin pretenderlo, lo catapultaron al reconocimiento internacional. El Kiro-san Observatory, construido en madera en la isla de Shikoku, y el Water/Glass House en Atami, donde el vidrio refleja el mar y la montaña, fueron algunos de los proyectos que despertaron la atención de la crítica mundial. “Aprendí de los artesanos que la sostenibilidad no se calcula, se siente. Ellos respetan el material porque de él depende su vida y su oficio, si el material desaparece, también su oficio. Esa lección me marcó para siempre”.

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Water/Glass House en Atami

Kengo Kuma sonríe cuando recuerda esos años de escasez. “Siempre digo a los jóvenes arquitectos que no busquen proyectos si no los hay. Las crisis son oportunidades para pensar. Cuando la economía se detiene, el tiempo se convierte en el recurso más valioso porque nos regala momentos para reflexionar sobre el sentido de lo que hacemos”.

Esa filosofía lo acompañó en los años posteriores cuando la arquitectura global se tornó cada vez más espectacular. Mientras el mundo construía torres de vidrio y acero, él regresaba a lo esencial, como madera, papel y piedra. Su Asakusa Culture and Tourism Center en Tokio es ejemplo de esa sensibilidad, una estructura vertical que, lejos de imponerse sobre el paisaje urbano, se integra a él con la humildad de las casas tradicionales japonesas.

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V&A Dundee Museum en Escocia

“Cada proyecto es una conversación con el lugar”, afirma con convicción. “Algunos arquitectos se copian a sí mismos y repiten su estilo. Yo prefiero empezar cada uno desde cero, hablar con la gente y dialogar con los materiales. Por eso cada obra mía es distinta”.

Su método de trabajo, basado en sus conversaciones con artesanos locales, se refleja en proyectos como el V&A Dundee Museum en Escocia, donde el hormigón se moldea con la textura de la piedra escocesa, evocando acantilados y mares en tempestad. O en el China Academy of Art’s Folk Art Museum, en el que la cerámica local se convierte en lenguaje arquitectónico. “Cada edificio debe pertenecer al sitio donde nace. No me interesa imponer una firma, me interesa que la obra hable el idioma de su entorno”.

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Kengo Kuma

Su colaboración con Ecuador nació desde esa visión de que la arquitectura es como un puente cultural. “Qapital es un diálogo con Ecuador. Siempre me ha interesado la civilización precolombina, porque algunas esculturas antiguas de aquí se parecen mucho a las japonesas. Comparten sencillez y cercanía con la tierra. Quise expresar esa afinidad a través del proyecto, utilizando materiales del propio suelo e invocando una sensación de calidez como base del diseño”.

En Qapital, esa conexión se traduce en movimiento, luz y textura. La tierra ecuatoriana se convierte en su piel arquitectónica, la naturaleza entra al edificio como parte del diseño, no como decoración. “La belleza de las culturas precolombinas es su proximidad con la naturaleza. Siento que en occidente lo natural y lo construido están separados. En Qapital, como en el Japón antiguo, el hombre y la naturaleza son uno mismo. Quiero volver a esa relación”.

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Proyecto Qapital

Cuando le pregunto por la evolución de su pensamiento, responde sin dudar que “la sostenibilidad no nace del cálculo, sino de la relación entre el material y el cuerpo humano. La madera, por ejemplo, es mi amiga más antigua. Vivimos siglos en el bosque, y cuando la madera entra al edificio, el bosque vuelve a la ciudad. Quiero traer el espíritu del bosque al corazón de la urbe”.

Esta filosofía se cristaliza en obras como el Yusuhara Wooden Bridge Museum o el Sunny Hills Omotesando, en Tokio, donde una compleja estructura de madera entrelazada crea una atmósfera cálida y viva en medio del concreto urbano. “La tradición no es nostalgia, es pertenencia, es recordar que la arquitectura puede hacernos sentir parte de algo más grande que nosotros”.

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Horiuchi Toshihiko, Kengo Kuma y Tommy Schwarzkopf

Le pregunto si es posible mantener esa relación en un mundo de ciudades cada vez más uniformes. El maestro de la arquitectura que tengo frente a mí cree que sí. “Japón siempre ha tenido poca tierra y mucha población. Aprendimos a resolver la densidad con transparencia, ligereza y espacios mínimos. Esa sabiduría puede aplicarse en cualquier lugar del mundo, porque la densidad es hoy un desafío global. La arquitectura japonesa ofrece soluciones que combinan eficiencia y humanidad”.

En esa afirmación resuena la esencia de su obra. Su arquitectura no busca deslumbrar sino reconciliar; no impone, escucha; encuentra belleza en lo simple y verdad en lo natural.

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Yusuhara Wooden Bridge Museum

Escucharlo es comprender que su éxito no radica en la fama sino en la coherencia. Kengo Kuma no construye edificios, construye vínculos entre el hombre y su entorno, entre la tradición y el futuro, entre el silencio y la materia; no se opone a la naturaleza, se inspira en ella. Su voz devuelve la certeza de que la verdadera innovación no consiste en romper con el pasado, sino en atesorarlo dialogando con él.