Infraestructura intacta, vida desplazada

Por Arq. Esteban Najas Raad

Durante buena parte del siglo XX, los colegios fueron una de las infraestructuras más estables de Quito. No porque fueran edificios bonitos ni porque duraran décadas en el mismo lugar, sino porque ordenaban la vida cotidiana sin que nadie tuviera que pensar en ello demasiado. Había horarios, recorridos, comercio de cercanía, padres caminando, buses llenos a ciertas horas. Donde había un colegio, había un barrio.

Exódo de colegios - Esteban Najas - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador

Esteban Najas

Cuando se iba, el vacío no aparecía de inmediato. Se iba acumulando.

El Colegio Experimental Simón Bolívar, ubicado durante décadas en el centro histórico y dirigido durante años por mi abuela, Elena Cortés de Najas, llegó a albergar alrededor de tres mil alumnas. No era solo un establecimiento educativo; era una pieza activa de la ciudad.

Cuando salió, alrededor de 2012, no hubo titulares. Hubo algo peor: una lenta pérdida de pulso. Comerciantes que empezaron a vender menos. Locales que cerraban un día antes en la semana. Calles con menos ojos. Menos gente, menos confianza. El deterioro no llegó como una crisis. Llegó como un enfriamiento.

Algo parecido había ocurrido antes, en otro sector y a otra escala. En 1998, el Colegio Alemán de Quito dejó su sede en el norte para trasladarse a Lumbisí–Cumbayá. Cerca de 1.600 estudiantes dejaron de recorrer diariamente zonas que hoy, curiosamente, se intentan repoblar con discursos optimistas y renders. Ese traslado fue un punto de quiebre silencioso. El eje centro–norte perdió un ancla educativa y los valles empezaron a consolidar varias de ellas.

Después vino la repetición. El Colegio Spellman salió de El Girón hacia Cumbayá. Más tarde, el Colegio Americano inició su traslado desde El Condado hacia Puembo, con un campus diseñado para albergar a alrededor de 2.500 estudiantes. La secuencia es bastante clara si uno la mira sin nostalgia: del centro al norte, del norte a Cumbayá, de Cumbayá a Puembo. No es ideología. Es geografía y tiempo.

Nada de esto es una crítica a las instituciones. Las ciudades cambian. Los estándares educativos también. Las familias toman decisiones razonables. El problema no es que los colegios se muevan. El problema es qué hace la ciudad cuando se van.

En Quito, la respuesta fue, básicamente, ninguna. No hubo reemplazos funcionales, ni usos puente, ni anclas intermedias. Hubo espera. Y la espera en la ciudad casi siempre juega en contra.

Este no es un fenómeno exclusivamente quiteño. La diferencia está en cómo otras ciudades lo han entendido.

En Chile, el programa Quiero Mi Barrio partió de una idea poco glamorosa, pero muy efectiva: antes de hablar de repoblamiento, hay que reducir el riesgo urbano. En muchos barrios, la secuencia fue deliberada. Primero, espacio público legible, servicios cotidianos, equipamientos sociales. En varios casos, la infraestructura educativa se implementó antes de que existiera una demanda residencial clara. Jardines infantiles, escuelas básicas, centros comunitarios. La educación no siguió al barrio. Ayudó a reconstruirlo.

En Estados Unidos, el modelo de Community Schools fue todavía más explícito. Las escuelas dejaron de ser edificios cerrados que se apagaban a las dos de la tarde. Se convirtieron en nodos barriales activos, abiertos fuera del horario escolar y conectados con el deporte, la cultura y los servicios sociales. No resolvieron todos los problemas, pero hicieron algo clave: devolvieron previsibilidad. Donde hay niños, horarios y presencia constante, la ciudad vuelve a ser legible.

Francia tomó otro camino, pero con una lógica similar. Las Zonas de Educación Prioritaria reforzaron las escuelas existentes en barrios frágiles para evitar su cierre. No por romanticismo, sino por lectura urbana: cuando una escuela se va, el territorio pierde una señal de permanencia institucional. Y eso cuesta caro revertir después.

Traducido a Quito, el mensaje es incómodo pero claro: la secuencia importa. Antes de densificar, antes de vender la idea de “revitalización”, hay que construir las condiciones mínimas. Veredas que se puedan transitar. Iluminación. Control de velocidad. Seguridad situacional. Sin eso, cualquier ancla fracasa.

Luego, un ancla educativa como puente. No enorme. No heroica. De escala controlada. Educación inicial, programas vespertinos, bibliotecas infantiles, uso compartido del espacio. Rutina antes que promesa.

Recién después, si el territorio responde, la escala puede crecer.

Aquí aparecen actores que ya existen en Quito, pero todavía no se les lee como parte de una estrategia urbana consciente.

La CRISFE ha venido trabajando en los últimos años en una lógica que, vista desde la ciudad, resulta particularmente interesante. Recicla infraestructura educativa, entra en territorios donde el mercado aún no llega y opera sin exigir retornos inmediatos. No densifica. No gentrifica. Estabiliza.

Introduce presencia diaria, horarios, flujos previsibles. Reduce incertidumbre. Funciona como infraestructura puente. Es exactamente el tipo de actor que una ciudad debería saber reconocer cuando pierde sus grandes anclas educativas.

En otra etapa del ciclo aparece Innova Schools. Su modelo regional es distinto. Innova no entra donde el territorio es frágil. Entra donde la demanda ya existe. Consolida. Ordena. Replica. No crea una ciudad desde cero; la estructura se construye sobre una base ya existente. Y eso no es un defecto. Es otra función.

El problema en Quito no es CRISFE ni Innova. El problema es que nadie ha pensado seriamente en cómo se articulan esas funciones en el territorio.

Casos que aún resisten, como el Colegio Municipal Benalcázar, lo demuestran con claridad. Su presencia en el hipercentro no sostiene un barrio residencial clásico, pero sí flujos diurnos, economías de cercanía y ritmos horarios que mantienen la zona viva. Retirarlo no liberaría automáticamente el suelo. Probablemente lo enfriaría aún más.

Durante décadas dimos por sentado algo que hoy parece obvio solo en retrospectiva: los colegios no fueron consecuencia de la habitabilidad urbana. Fueron parte de la infraestructura que la hizo posible.

Cuando se van sin reemplazo, la ciudad no solo pierde edificios. Pierde la rutina. Pierde previsibilidad. Pierde la señal más básica de futuro: la infancia.

Tal vez el problema no fue únicamente que Quito perdió barrios.

Tal vez dejó de planificar, con lucidez, dónde y cómo quiere que crezca la vida cotidiana.

Exódo de colegios - Esteban Najas - Revista CLAVE Bienes Raíces Ecuador