El mundo es la inspiración
Viajar es descubrir que cada ciudad tiene una sensibilidad distinta, una manera propia de entender el silencio y el ruido, la luz y las sombras, el color y el tiempo. Viajar transforma la mirada, y decorar, al final, es una manera de mirar que no obedece a reglas estrictas ni se somete a manuales universales. Es libertad pura, es escuchar lo que conmueve e intentar traducirlo a un espacio.
Este recorrido por Japón, Dinamarca, Italia, Brasil y Estados Unidos es la evidencia de que los interiores no se diseñan para impresionar, se diseñan para sentir. Cada país, y dentro de él, cada ciudad, tiene un pulso estético propio, una manera de habitar los espacios que refleja su historia, su clima, su cultura, su política, sus miedos y sus esperanzas. En un mundo cada vez más conectado, decorar ya no significa escoger muebles de tendencia, significa elegir una narrativa personal.
Gracias a la tecnología, viajar no implica solo tomar un avión. Viajar es también sentarse frente al teclado, como hoy lo hago yo, para experimentar distintas vivencias y sumergirme en otros mundos, en otros hogares, y decidir qué de ellos traigo al mío. La magia no sucede por ver fotos en Pinterest o Instagram, sucede al leer opiniones de críticos entendedores de la materia, cuyo análisis de las tendencias es una guía para seguirlas, desecharlas, o sentir si alguno de estos estilos toca una fibra interior. Para quienes estamos frente al teclado, viajar es un mapa emocional que los sentidos agradecen.
Veamos contrastes entre diferentes ciudades de Asia, Europa y América, para entender que decorar no es adoptar lo de otros, es adaptarlo, imitando un poco, sí, pero siempre con nuestro sello personal. Empiezo por Asia, tal vez inspirada por mi última entrevista con el Arq. Kengo Kuma, hombre de inmensa sencillez cuyos entrecerrados ojos destellaban luz.
JAPÓN: Tokio, el silencio que ilumina
Tokio es la ciudad de los contrastes. Mezcla lo ultramoderno con lo tradicional, desde rascacielos iluminados con neones hasta templos históricos como el santuario Shinto Meiji o el Palacio Imperial. Una es la ciudad ajetreada, la que ve el turista; otra la que expresa su propia esencia, esa que vive en el corazón de los japoneses.

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Japón es la tercera economía del mundo, y al mismo tiempo, es un país marcado por terremotos, falta de espacio, envejecimiento poblacional y una disciplina social que asombra a Occidente. Su cultura está atravesada por el sintoísmo y el budismo, religiones que no se imponen a gritos sino que hablan bajito del respeto por la naturaleza, por los ancestros y por aquello que no se ve. Esa mezcla de poder económico, territorio limitado y espiritualidad explica mucho de su interiorismo.
La esencia es el vacío, el espacio simple de las livianas puertas corredizas que se abren a jardines íntimos, la belleza natural de una rama que parece colocada con la delicadeza de quien sabe que lo simple es sagrado. Tokio no se observa, dicen los entendidos. Tokio se escucha. Es una ciudad donde el espacio es ritual, donde las sombras bailan como si tuvieran voluntad propia, donde el sonido del viento tiene ritmo espiritual, donde el vacío no es ausencia, es presencia emocional.
El estilo japonés no llena, despeja, para que lo que permanece sea transparente y honesto. En mi viaje por Tokio, en companía de mi teclado, descubro que, contrario a lo que se dice, el wabi-sabi no es una tendencia en decoración, sino todo lo contrario. “Es un tesoro milenario convertido en filosofía”, que trasciende lo material para representar lo más profundo de la vida con sus imperfecciones y su desgaste, para aceptar que el paso del tiempo es, en sí, la máxima expresión de la más pura belleza. Un cuenco fracturado que ha sido reparado vale más que uno intacto, porque trae historia, cariño y apego.
Y ese orden no es un estilo exclusivo de élites. En muchos apartamentos mínimos, en barrios sencillos donde el sol llega con esfuerzo, hay la misma búsqueda de orden, de luz filtrada, de tatamis impecables. Japón demuestra que el buen gusto no se compra, se cultiva y se siente.
De la calidez introspectiva de estas sensaciones asiáticas paso al frío nórdico para sentir contrastes.
DINAMARCA: Copenhague, la calidez de lo esencial
Dinamarca es un país pequeño en población, pero gigante en bienestar. Su PIB per cápita bordea los $72.000, uno de los más altos del mundo. Es una democracia consolidada, con altos niveles de confianza social, baja corrupción y amplia libertad de expresión. Es un país de bienestar con una fuerte tradición luterana que valora la sobriedad y la igualdad. Nada de eso es ajeno a su manera de decorar.

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La luz es tan escasa y preciosa que el interior de los hogares se convierte en refugio donde el alma se recoge. Los días son más cortos, máximo ocho horas de luz natural en invierno, que en verano se estiran hasta diecisiete. Estos extremos climáticos provocan que el minimalismo no se dé por estética sino por necesidad afectiva. Se quita lo que sobra para que en invierno el ingreso de los rayos de sol no se vea interrumpido; y en verano, para que el aire circule y refresque. Todo tiene sentido.
Las casas respiran suavidad con maderas naturales, lanas gruesas, cerámicas imperfectas, espacios integrados para la vida familiar donde nadie ocupa un lugar más importante que otro. Hay coherencia entre la sociedad igualitaria y la casa sin jerarquías, la silla favorita está al alcance de todos porque nadie presume de más.
Lo paradójico es que, a pesar de su riqueza, el estilo nórdico no es ostentoso. No despliega chandeliers de cristal ni mármoles exuberantes. Está hecho para sostener durante todo el año, tanto cuando sobra el sol como cuando hace falta. Es el interiorismo del amparo emocional, ese que acoge los distintos estados de ánimo que marcan las estaciones, es decir, la naturaleza. El buen gusto aquí se mide por la calidad del ambiente, no por el precio del objeto.
ITALIA: Milán, la belleza que se piensa
Italia está en el top cinco de países del mundo que más turistas recibe y cuenta con decenas de patrimonios de la humanidad declarados por la Unesco. Su historia antigua es enriquecedora desde todo punto de vista, y la moderna, a pesar de la evolución, se mantiene atada a tradiciones familiares, religiosas y estéticas. Es un país mayoritariamente católico, de plazas llenas, sobremesas largas, gestos amplios. En ese contexto aparece Milán, capital económica del país, con un PIB per cápita que supera los $40.000 anuales.

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Milán acoge las más importantes ferias de decoración del mundo, es la palestra donde se exhiben elementos que van desde lo más estrambótico hasta lo más conservador, pero todos comparten un común denominador: la perfección en el detalle. Lejos de las luces del Salone del Mobile, mirando la ciudad desde su autenticidad hacia la intimidad de su gente, Milán es una ciudad que no teme al exceso pero tampoco lo celebra sin razón. Todo tiene un propósito, un significado más profundo que solamente decorar.
El diseño es inteligencia emocional, es un diálogo entre arte, historia, deseo y precisión. Cada mueble parece tener una vida secreta, cada textura cuenta un capítulo, cada color despierta una emoción distinta. Milán invita a caminar por corredores donde una lámpara esculpida ilumina a la perfección, donde se puede tocar un mármol con vetas casi geológicas, hasta sentarse en un sofá curvo que abraza y acoge. No hay casualidades, todo está elegido para provocar un recuerdo o un sobresalto estético.

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Pero basta salir del circuito de diseño para encontrar departamentos más modestos donde el mismo cuidado se expresa con otros materiales. Una mesa heredada bien puesta, una repisa con libros que han sido leídos, una cortina sencilla que deja entrar la luz justa, son también elementos de buen gusto y calidez. Italia, país de artesanos y de cultura visual poderosa, demuestra que se puede tener mal balance económico y, aun así, un ojo infalible para la belleza cotidiana.
BRASIL: São Paulo, la vida entra por todas partes
Brasil es el séptimo país más poblado del mundo y uno de los más desiguales. Su PIB per cápita ronda los $10.000, muy por debajo de Dinamarca, Estados Unidos, Italia o Japón, pero su potencia cultural desborda cualquier estadística. Es un país atravesado por la mezcla de herencias indígenas, africanas, europeas; de religiones que conviven entre la iglesia, el candomblé y los cultos evangélicos; de una vida pública intensa que se expresa en carnavales, fútbol, música y calle.

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En este contexto, São Paulo aparece como una metrópoli vertiginosa, industrial, creativa, donde el diseño contemporáneo dialoga con esa energía ecléctica permanente. Los espacios se llenan de vida porque la naturaleza participa. Esa alegría tan propia de su sociedad se expresa también en la intimidad de los hogares, en el diseño de sus ambientes y en los accesorios que los complementan.
En su tendencia decorativa la naturaleza no toca la puerta, invade sin pedir permiso creando un estilo que late, respira y mezcla lo urbano con lo selvático en un equilibrio que parecería ruidoso, pero no lo es. La decoración es una extensión de la vida social brasileña, es abierta, luminosa, acogedora y algo desordenada, pero profundamente humana, cálida y transparente.
Los interiores mezclan concreto con madera tropical, arte contemporáneo con tejidos artesanales, grandes ventanales que se abren a terrazas que parecen junglas domesticadas. No hay miedo al color, hay respeto por la alegría. Las casas se sienten vivas porque lo están. Crecen plantas que trepan creando sombras móviles, los muebles bajos permiten espacios integrados que invitan a conversaciones que se alargan como las sesiones de samba en el carnaval.
Y aquí se ve con claridad que el buen gusto no es un lujo de pocos. Los barrios sencillos están conformados por viviendas con muebles sencillos y pisos de cerámica económica, pero hay una elección preciosa de colores, plantas, fotos familiares y objetos religiosos que construyen un interiorismo honesto, lleno de identidad y de belleza real.
ESTADOS UNIDOS: Nueva York, la intimidad dentro del caos
Estados Unidos es la economía más grande del planeta, con un PIB per cápita que supera los $85.000 y una diversidad interna tan grande que cualquier generalización resulta injusta, porque es el país de los contrastes extremos. Riqueza y pobreza, libertad de expresión y polarización política, innovación tecnológica y deudas históricas, son parte de su vida diaria. Nueva York condensa todos los extremos en pocas cuadras. Es ruido, movimiento, vértigo, es la suma de todo y de nada al mismo tiempo.

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Quizá por eso el interiorismo neoyorquino busca crear pequeños universos donde el tiempo se desacelera. La mutación en interiorismo dio un salto inmenso. Pasó de los impresionantes departamentos clásicos frente a Central Park a los lofts industriales en antiguos barrios donde existían fábricas.
Lo que empezó como solución práctica para artistas y creativos de un segmento socioeconómico medio se convirtió en objeto de deseo global. Y esos lofts siguen evolucionando, ya no son solo ladrillo expuesto y tuberías visibles, ahora son la representación de un equilibrio más emocional, que puede ir de la crudeza a la calidez en un instante.
Los interiores conservan su esencia libre con techos altos, ventanales metálicos y plantas abiertas, pero se suavizan con ricos textiles, muebles escultóricos, luz dirigida y arte de gran formato que exige atención. Es un estilo que abraza la contradicción entre un hogar que se siente íntimo en una ciudad que nunca lo es.
Nueva York demuestra que la sofisticación nace cuando la vida personal dialoga con la ciudad, pero no la imita. El salón puede ser un collage de mundos con un sillón heredado, una obra comprada en una galería emergente, una alfombra marroquí y una lámpara danesa, en donde se celebra con vino español y se habla varios idiomas.
Y, al mismo tiempo, en apartamentos minúsculos en Queens o el Bronx, hay soluciones de diseño ingeniosas con paredes llenas de vida y cocinas mínimas, pero cálidas, donde el buen gusto es cuestión de criterio.
En cada una de estas cinco ciudades por las que ha viajado mi teclado, y con él mi imaginación, hay una emoción distinta esperando ser traducida en espacio. Sus economías son diferentes, sus religiones pueden ser más rituales, más efusivas o más superficiales, sus historias políticas más estables o más convulsas, pero en su interiorismo todas comparten la necesidad humana de crear un lugar propio donde el mundo se vuelva habitable.
La decoración es un acto privado de elegir lo que conmueve a nuestra brújula interior. No sería raro descubrir que vivimos en una casa nórdica sin haber pisado Dinamarca, o que un rincón milanés aparece espontáneamente en una sala de Quito.
