El pasado sostiene al futuro
Por Caridad vela
La sostenibilidad suele asociarse con actividades económicas tangibles y medibles, por ende, hablar de sostenibilidad cultural e histórica puede parecer un desvío. Sin embargo, entender de dónde vienen los saberes, las prácticas y los objetos que han dado forma a nuestras sociedades es también una manera de proyectar futuro. Cuidar esas memorias supone sostener conocimientos y relaciones que siguen siendo significativos en el presente.
Giada Lusardi, curadora, educadora e investigadora en arte, propone precisamente ese giro. Italiana, radicada en Ecuador desde 2012, explora los cruces entre arte contemporáneo, saberes populares y formas de relacionalidad “más que humana”, tendiendo puentes entre América Latina y Europa.

Giada Lusardi
Actualmente dirige el Proyecto Olga Fisch, una plataforma interdisciplinaria que articula archivo, investigación, curaduría, pedagogía y saberes artesanales para producir conocimiento a partir del legado de esta relevante artista y mediadora cultural.
Giada reflexiona sobre la importancia de activar las herencias culturales, el valor del archivo como herramienta viva, la vigencia de las prácticas artesanales y el riesgo que corre una sociedad que se desconecta de sus raíces. En esta entrevista, ella amplía el concepto de sostenibilidad y lo sitúa en el terreno de la memoria, el tiempo y la relación entre seres vivos.

Un relato sobre sostenibilidad suele abordar temas ambientales. ¿Consideras importante hablar también de sostenibilidad cultural e histórica?
Yo me acerco a este concepto a propósito de la invitación a esta entrevista, para este número dedicado a la sostenibilidad, y me resulta muy estimulante poder pensarlo desde el campo cultural. No suelo hablar de “sostenibilidad cultural”, pero al profundizar en mi trabajo reconozco que muchas de las preguntas que me interesan, como la memoria, los saberes, la transmisión y la continuidad de las prácticas, tienen que ver justamente con cómo algo se cuida y se sostiene en el tiempo. El término me sirve para nombrar esa responsabilidad con lo que heredamos y, sobre todo, con lo que queremos proyectar hacia el futuro.

¿Cómo evitar que el interés por el pasado se confunda con nostalgia?
Ese es un punto clave. Mi aproximación al pasado no parte de la idealización ni del deseo de volver atrás. Parte del reconocimiento de que esas prácticas siguen activas como formas de conocimiento. La palabra “saber” resulta central en esta conversación. Las prácticas artesanales, los gestos técnicos y los objetos condensan experiencias, inteligencias materiales y modos de relación con el entorno que siguen teniendo vigencia.
Cuando observo el pasado desde esa perspectiva, no lo pienso como algo cerrado o perdido, sino como un archivo vivo que dialoga con el presente. Me interesa comprender qué pueden activar hoy esos saberes, qué preguntas abren y cómo orientan posibilidades futuras. De este modo, la memoria se convierte en una herramienta para imaginar otras formas de vida y de producción cultural.

Vemos un renovado interés por la arquitectura vernácula, sistemas constructivos ancestrales y reinterpretación de materiales tradicionales. ¿Cómo se relaciona el Proyecto Olga Fisch con esta tendencia global?
Creo que responde a una mayor sensibilidad frente a las problemáticas ambientales y al cambio climático. Impulsa un retorno a economías más respetuosas y a una relación distinta entre lo humano y lo no humano. Durante la modernidad se consolidó una mirada que separó al ser humano de la naturaleza y la redujo a recurso; sin embargo, muchas comunidades nunca dejaron de sostener vínculos más integrados con su entorno. Lo que vemos hoy es, más bien, un reconocimiento de esos saberes y de otros ritmos que no responden a la lógica del capitalismo ni de la industria.
¿Cómo se traduce esta reflexión en el campo curatorial y museográfico?
En curaduría, la sostenibilidad implica trabajar desde procesos que fortalezcan memorias, saberes y comunidades, generar relaciones duraderas y evitar proyectos efímeros o extractivos. Más que producir eventos puntuales, se trata de construir continuidad y asumir una responsabilidad en el tiempo. Esa misma lógica se traduce luego en decisiones materiales concretas, como diseñar exposiciones y montajes desmontables, reutilizables y realizados con recursos locales, reduciendo desperdicios y considerando el impacto de cada intervención.

El Proyecto Olga Fisch se plantea como un proceso de investigación activa más que como un archivo estático. ¿Qué significa “activar” un legado?
Olga Fisch es una figura de enorme potencia discursiva porque permitió conectar mundos que estaban separados. Ella fue una gran mediadora cultural que logró traducir las artesanías y los saberes populares de Ecuador hacia otros contextos internacionales, y al mismo tiempo traer debates externos al país. Activar su legado significa usar su archivo y su historia como herramientas para generar preguntas contemporáneas, abrir lecturas críticas y producir nuevas relaciones, más que fijar un relato único.
Para entender la magnitud de su legado, es inevitable hablar también de Olga Fisch como persona. ¿De dónde venía?
Olga Fisch nació en Europa Central a principios del siglo XX y se formó en un entorno cultural profundamente vinculado a la tradición artesanal, el diseño y las artes aplicadas. Vivió en Austria y Alemania en un período histórico convulso, atravesado por transformaciones políticas y sociales que influyeron en su sensibilidad frente a la diversidad cultural y la necesidad de preservar aquello que da sentido a las identidades colectivas. Su formación estuvo vinculada a un pensamiento europeo donde no existía una jerarquía rígida entre arte, artesanía y diseño, una mirada que más tarde resultaría clave para su trabajo en América Latina.

¿Cómo influyeron sus viajes en la forma de relacionarse con Ecuador?
Sus viajes, primero dentro de Europa, luego en el norte de África, Brasil, Estados Unidos y finalmente Ecuador, no fueron simples desplazamientos geográficos, sino procesos de aprendizaje continuo. Olga observaba, escuchaba y relacionaba. Llegó a Ecuador con mente abierta, sin prejuicios, y con una enorme curiosidad por comprender los territorios que habitaba. Ese recorrido vital, atravesado por el exilio, el viaje y el cruce cultural, fue moldeando una mirada profundamente empática, capaz de reconocer valor allí donde otros solo veían tradición.
¿Cómo influyó su condición de extranjera en el vínculo que generó con las comunidades artesanales del país?
La condición de extranjera influyó de manera decisiva. Olga Fisch llegó con una disposición genuina de aprender e involucrarse. Recorrió el país de forma incansable, se involucró con comunidades de la sierra, costa y oriente, y dedicó tiempo a conversar, escuchar y construir vínculos sostenidos. Esa cercanía le permitió generar relaciones de confianza y colaboración basados en el intercambio de saberes. Por eso, en lugares como Tigua todavía se la recuerda con cariño como “Doña Olguita”.

¿Qué experiencias la formaron?
Su experiencia de vida era la de una mujer extranjera que había atravesado distintos mundos culturales. Esto le permitió convertirse en una mediadora excepcional. Supo traducir los saberes artesanales ecuatorianos a lenguajes internacionales sin despojarlos de su profundidad, y al mismo tiempo traer debates globales al contexto local. Olga no solo conectó objetos con mercados o museos, conectó personas, historias y mundos. Su biografía es, en sí misma, el hilo invisible que explica por qué su legado sigue siendo tan vigente y fértil hoy.
¿Cómo lograste encontrar un hilo conductor entre tantas piezas, historias y contextos?
Muchas veces son intuiciones que luego voy contrastando en el proceso. Cuando descubrí a Olga Fisch sentí que existía un mundo inmenso en torno a ella que todavía no estaba del todo decodificado. Se la conocía sobre todo como figura o como marca, pero faltaban estudios profundos sobre su trabajo. A partir del archivo, que es enorme, iniciamos una investigación rigurosa que no busca contar su historia de manera definitiva, sino abrir una de las muchas lecturas posibles. Lo importante es que cada persona pueda llevarse sus propias resonancias y activar nuevas preguntas.

¿Qué papel juega el archivo en esta idea de sostenibilidad cultural?
Creo profundamente en el potencial del archivo y de los museos. Los objetos y documentos tienen una gran fuerza discursiva porque permiten, en el presente o en el futuro, construir otras narrativas y abrir nuevas preguntas. Funcionan como detonadores de historias. Sin archivo, muchas de estas investigaciones serían imposibles. Al mismo tiempo, el archivo no es un fin en sí mismo, sino un punto de partida para volver al territorio, conversar con las comunidades y comprender los mundos que existen detrás de los objetos.
¿Qué pierde una sociedad cuando se desconecta de sus raíces culturales?
Pierde profundidad y capacidad de reflexión sobre sí misma. Una sociedad desconectada de sus raíces se vuelve más superficial y vulnerable a repetir modelos ajenos sin preguntarse por su propio contexto. Así como las personas necesitan espacios de introspección, las sociedades también requieren momentos para preguntarse quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde se proyectan. En ese sentido, las tradiciones funcionan como reservorios de memoria y de saberes, no como algo fijo, sino como materiales vivos que pueden reinterpretarse y adquirir nuevos sentidos en el presente.

Después de estos primeros dos años de investigación, ¿qué te queda a nivel personal y profesional?
Una profunda satisfacción, tanto en lo personal como en lo profesional. Toda investigación atraviesa momentos de duda sobre su sentido y su incidencia real, pero en este caso percibo con claridad su dimensión social, porque abrió debates que dialogan con el presente e incluso pueden incidir en las políticas culturales. También reafirmó algo que me interesa mucho, y es que una investigación nunca se cierra, cambia de forma, se expande y genera nuevas preguntas.
Olga Fisch sigue viva…
El trabajo en torno a Olga Fisch continúa y se proyecta en distintas iniciativas, entre ellas una gran exposición antológica en el Centro Cultural Metropolitano, la publicación de un libro junto con la Fundación EACHEVE, el desarrollo del Archivo Olga Fisch y del Museo Casa Fisch, y una curaduría de arte contemporáneo con artistas nacionales e internacionales que trabajan a partir de su archivo. Todo esto es posible gracias a un equipo excepcional, comprometido y apasionado. Olga nos enseñó a mirar, a escuchar y a trabajar colectivamente, y ahora nos corresponde seguir andando esos caminos.
