Por Sergio Torassa R.

Uno de mis libros favoritos lleva por título “LO PEQUEÑO ES HERMOSO: ECONOMÍA COMO SI LA GENTE IMPORTARA”¹. En él, su autor -el economista alemán Ernst Schumacher- defiende la idea que “las personas sufrimos de una casi idolatría universal por el gigantismo. En consecuencia, es necesario exaltar las virtudes de la pequeñez tanto como sea posible”. Casi medio siglo después, un conjunto de productos y servicios están desafiando el “gigantismo” del transporte a través de vehículos personales, a menudo de un solo ocupante.

Bicicletas, scooters y otros medios de locomoción de tamaño mucho más reducido que un carro, o un bus, están siendo utilizados por las personas para moverse de un sitio a otro. Colectivamente denominada micromovilidad, estos artilugios están ganando aceptación entre los ciudadanos, siendo su presencia cada vez más evidente en nuestras calles.

Micromovilidad - Sergio Torassa - Revista CLAVE! 93

Sergio Torassa R.

MODALIDADES ALTERNATIVAS

La micromovilidad incluye a pequeños vehículos que sirven para recorrer distancias cortas. Su aplicabilidad es enorme, ya que alrededor del 60% de los viajes en coche que se realizan en todo el mundo son de menos de 8km, por lo que se podrían realizar mediante soluciones de este tipo.

Para añadir confort, la mayoría de estos artilugios son eléctricos² y adoptan una amplia variedad de modalidades. Entre las más comunes encontramos:

  • Scooter: Se trata de un patinete al que se le ha añadido un motor. Es el medio de transporte ideal para ciudades bulliciosas, en las que ciertas líneas de buses están atestadas. Conducirlo es muy simple, solo hay que subirse, activar el motor girando el manillar, y controlar la dirección. Pueden alcanzar una velocidad máxima de 20km/h y su autonomía permite recorrer normalmente entre 10 y 50km. Los modelos plegables son especialmente prácticos, dado que pueden guardarse fácilmente en el maletero del carro o subirlos a un bus.
  • Hoverboard: Para los amantes del cine, es el vehículo que usaba Marty McFly en «Regreso al futuro». Si en la película el concepto se refería a un dispositivo volador, en la realidad se parecen mucho a los segway, pero sin manillar al que agarrarse. En el hoverboard el usuario activa el avance y da la dirección del vehículo con la inclinación del cuerpo. Su velocidad máxima alcanza los 15km/h y su autonomía oscila entre los 15 y los 20km.
  • eBike: Una de sus ventajas es que si sabes montar en una bici normal, no tendrás problemas para usarla. Aun así, el arranque eléctrico y el hecho de que la velocidad que alcanzan suele ser mayor que la de sus homólogas convencionales, requiere cierto dominio de las dos ruedas. La velocidad máxima está sujeta a la normativa de tráfico, pero suele ser de unos 25km/h o más, llegando su autonomía hasta el centenar de kilómetros.
  • Monopatín: Para el ciudadano medio, montar en monopatín no es tan fácil como usar un scooter eléctrico. Hay que acostumbrarse a dirigirlo mediante el equilibrio corporal, y acelerar y frenar por control remoto. Además, debido a la estructura del vehículo, no es tan cómodo de usar ya que utiliza ruedas relativamente pequeñas, que no amortiguan bien las imperfecciones de las calles y aceras. Su autonomía varía en función del modelo y el estilo de conducción, pero casi siempre se llega a los 20km.
  • Segway o patinete giroscópico: Su conducción es tan fácil como inclinarse hacia delante y dejarse llevar, no hay más. Entender cómo funciona un segway lleva solo unos segundos. Este artefacto se mantiene en equilibrio gracias a sus sensores de inclinación. Si el usuario se inclina a la izquierda, avanza hacia la izquierda. Cuando se inclina hacia atrás, frena. Más sencillo no puede ser. A pesar de todas estas ventajas, no son del todo prácticos. Aunque ofrecen una maniobrabilidad considerable, pueden ponerse a dar vueltas sobre sí mismos. Su peso, de más de 50kg, restringe mucho su ámbito de uso. Llevar un segway en el bus se antoja complicado y no cabe en el maletero de muchos carros.
  • Monociclo: El conductor de un monociclo parece que flota. Al fin y al cabo, este vehículo mide menos de 50cm de alto. El usuario se coloca sobre unos estribos plegables montados a derecha e izquierda del eje de la rueda, controlándolo como el hoverboard, esto es, inclinando el peso corporal. Gracias a sus dimensiones compactas, su punto fuerte es la maniobrabilidad. Los monociclos son más pequeños y manejables que los scooters o las e-bikes, por lo que resultan idóneos para llevarlos en transporte público, especialmente si cuentan con un asa o un mango extensible.

La autonomía de todos estos vehículos es suficiente para recorrer distancias cortas cada día. Además su energía se puede cargar fácilmente, sea extrayéndoles la batería (como en las e-bikes o algunos scooters), sea acercándolos a un enchufe (es el caso de los monociclos o los e-skate). Como criterios de selección entre uno u otro destacan las dimensiones y el peso, ya que son las características que más condicionarán su utilidad en la vida cotidiana de cada uno de nosotros.

EL PRIMER Y ÚLTIMO TRAMO

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Tal como afirma el especialista en movilidad urbana Horace Dediu, en la mayoría de las ciudades actuales, el carro se utiliza tanto para recorrer 200 metros como para viajar cientos de kilómetros. Si bien es cierto que los coches permiten abarcar todo ese rango de distancias, no siempre lo hacen de forma eficiente. Aunque todos somos conscientes de esta limitación, hasta ahora no se ha desarrollado ninguna alternativa mejor, quizás como secuela del propio diseño de las ciudades, cuya infraestructura fue pensada para carros y buses.

La micromovilidad es una opción interesante para resolver esta problemática, especialmente para cubrir el primer y último tramo de los desplazamientos que hemos de hacer las personas. En situaciones donde la distancia es corta para conducir pero demasiado larga para caminar, su utilidad se potencia. Ejemplos de estos trayectos pueden ser el viaje desde nuestras casas hasta el transporte primario (ie, la estación de metro o autobús) o el camino desde el transporte primario (ie, el carro particular) hasta un destino en el centro de la ciudad.

Los estudios técnicos muestran que la mayoría de viajes urbanos son trayectos que van de tres a cinco kilómetros. En estos casos, el desplazamiento hasta el destino final podría completarse combinando un medio de transporte tradicional con un PLEV que cubra el primer o el último tramo, o tramos intermedios entre estaciones o paradas de bus. En este sentido, el uso del GPS y de aplicativos app incorporados a los smartphones facilitan la coordinación intermodal, la gestión de las flotas de vehículos y el acceso a las plataformas de pago.

UN SECTOR EN EBULLICIÓN

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México

Foto Excélsior

Además de constituir un antídoto amigable contra la congestión y la contaminación, el futuro del mercado de la micromovilidad se avizora muy prometedor en lo económico. Tales perspectivas incluyen tanto a las ventas de vehículos como al de la operación de flotas, para ser compartidos.

El capital ha acudido presto y abundante a financiar su desarrollo. Por el lado de las inversiones, durante los últimos tres años el sector ha recibido más de $5.700 millones, de los que más del 85% han sido realizadas en China. El mercado ya ha atraído una sólida base de clientes y lo ha hecho a un ritmo dos y tres veces más rápido que los del coche compartido o los servicios de alquiler de vehículos con conductor, tales como Uber o Cabify. En solo unos pocos años, varias empresas nuevas de micromovilidad han aumentado su valoración hasta superar los $1.000 millones de dólares³.

Esta fortísima expansión ha estado impulsada por varias fuerzas convergentes. La primera está vinculada al hecho de que la mayoría de lanzamientos de servicios de micromovilidad compartida han sido realizados en entornos propicios. Los consumidores urbanos ya se empiezan a acostumbrar y a valorar el uso de soluciones para la movilidad compartida, tales como carsharing, viajes compartidos, o demanda a la carta de automóviles.

La segunda tiene que ver con la manera en la que la micromovilidad facilita el transporte diario de las personas. En muchas ocasiones es más rápido que el automóvil, y proporciona mayor libertad para alcanzar su destino y evitar atascos. Adicionalemente, la micromovilidad se percibe como una “movilidad intuitiva” por el propio diseño de los vehículos: su manejo es muy sencillo y los usuarios se sienten rejuvenecidos por la experiencia de usar un patinete, una bicicleta o un scooter para moverse por la ciudad.

En cuanto a los costes de producción, la evolución ha sido igualmente positiva. El abaratamiento de las baterías recargables y de otros componentes eléctricos –ie, los motores- reduce día a día el precio de los vehículos terminados. Según Bloomberg, entre 2010 y 2018 el valor de las baterías ha bajado un 85%, a la vez que se ha incrementado su capacidad de carga por volumen. En la práctica esto significa soluciones de movilidad eléctrica más asequibles y con mayor autonomía.

UN MERCADO ENORME

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Ecuador

Foto Revista Abanico

Más de una cuarta parte de la población mundial vive en ciudades que superan el millón de habitantes⁴. La velocidad del tráfico de vehículos en muchos de esos centros urbanos no excede los 15 kilómetros por hora, lo que resulta en una experiencia diaria frustrante. Frente a esta estresante situación, la micromovilidad ofrece velocidades promedio bastante más altas, evita los problemas de estacionamiento, tiene un menor coste de acceso a la propiedad del vehículo y añade beneficios para la salud.

En teoría, la micromovilidad puede abarcar todos los viajes de menos de ocho kilómetros, que representan entre el 50% y el 60% del total de los desplazamientos que se realizan en la actualidad en China, la Unión Europea y Estados Unidos. Además, también podría cubrir alrededor del 20% de los viajes en transporte público e iniciar y cerrar los viajes multimodales, utilizándose como vehículo de “primero y último kilómetro”.

No obstante, los expertos de McKinsey⁵ estiman que la micromovilidad compartida canibalizará solo entre el 8% y el 15% de ese mercado teórico, ya que han de eliminarse aquellos desplazamientos para los que no son funcionales, como por ejemplo ir de compras, por su espacio limitado para el transporte. Tampoco ha de considerarse su uso en sitios donde las condiciones sean adversas, por clima, edad o en áreas rurales.

Aún así, el mercado potencial en el horizonte 2030 alcanzaría entre $200.000 y $300.000 millones en Estados Unidos, entre $100.000 y $150.000 millones en Europa, y entre $30.000 y $50.000 millones en China. Las perspectivas para Latinoamérica son igualmente favorables. En términos comparativos, estas cifras equivalen a alrededor de una cuarta parte del potencial de mercado de conducción autónoma, que alcanzaría los $1.600 millones en 2030.

ASPECTOS ECONÓMICOS MUY CONVENIENTES

Los “números” de la micromovilidad compartida son igualmente auspiciosas. Para la industria, las ventajas son claras, dado que a las empresas les resulta mucho más fácil aumentar la flota de este tipo de vehículos, en comparación con soluciones basadas en carros que necesitan varios años para ser económicamente viables. Así, por ejemplo, el coste actual de adquisición de un scooter eléctrico es de unos $400, una fracción de los miles de dólares requeridos para comprar un automóvil. Con las cifras que actualmente se manejan, una empresa dedicada al negocio con scooters eléctricos podría alcanzar el punto de equilibrio en menos de cuatro meses.

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Sin embargo, para que estas favorables perspectivas se conviertan en realidad, las autoridades municipales y nacionales han de apoyar proactivamente a la micromovilidad compartida, sea adaptando las normas de tráfico y circulación a los requerimientos del sector, sea promulgando un marco regulatorio que facilite la implementación del modelo de negocio que necesitan los operadores vehiculares.

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