Arquitectura Centenaria

Por Héctor López Molina

Los Ladrillos de Quito

La propiedad fue concebida originalmente como una quinta de descanso a las afueras de la ciudad de Quito, que para finales del siglo XIX avanzaba únicamente hasta los alrededores del parque La Alameda, por lo que su ubicación en la zona indígena de Santa Clara de San Millán estaba relativamente alejada. Es precisamente esta comunidad la que habría vendido el gran retazo de terreno a los Jijón, pues su jurisdicción avanzaba desde este punto hasta las faldas del volcán Pichincha por el occidente.

El pabellón de fin de semana, que corresponde a la primera etapa constructiva del inmueble y que actualmente se encuentra hacia la avenida 10 de Agosto, fue mandado a levantar por los terratenientes y aristócratas quiteños Manuel Jijón Larrea (1860-1908) y su esposa Dolores Caamaño y Almada (1859-1915), para lo que contrataron los servicios del arquitecto prusiano Franz Schmidt, que contaba entre sus obras a edificios tan importantes como el Teatro Nacional Sucre, el Mercado de Santa Clara y el Antiguo Hospital Militar de San Juan.

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Schmidt construiría un bloque perfectamente rectangular y simétrico en estilo neoclásico palladiano, con un primer piso a modo de sótano para las áreas de servicio, cocina, bodegaje y dormitorios de la servidumbre; un segundo con acceso por las famosas escaleras flanqueadas de leones de bronce, en la que se encontraban los salones de recibo y las habitaciones; y finalmente un volumen central en la terraza, donde existían una habitación y un oratorio con linterna para iluminarlo desde el techo. El nombre de la propiedad fue escogido por doña Dolores, que comparaba la belleza del edificio con la de las mujeres de Circasia, en la Rusia transcaucásica, que en aquella época eran consideradas las más hermosas del mundo.

Los interiores del pabellón fueron decorados con pintura mural de Joaquín Pinto y Juan Manosalvas, papel tapiz francés, vidrios, cortinas y tapices europeos, así como cielos rasos de latón repujado importados de Filadelfia (Estados Unidos). Los exteriores, por otra parte, se complementaron con hermosos jardines de estilo inglés, en los que las caminerías suelen recorrer espacios casi boscosos y entre plantas que crecen a sus anchas, dando la impresión de asilvestramiento.

Cuando Manuel Jijón falleció, su único hijo y heredero universal, Jacinto Jijón y Caamaño (1890-1950), viajó con su madre a Europa por algunos años y regresó a Quito en 1919, para casarse con su prima María Luisa Flores Jijón en un evento que tuvo como escenario a la misma Circasiana; y quizá por ello, la pareja escogió esta misma propiedad como su residencia permanente, en la que nacería su único hijo. En la década de 1930 Jacinto decidió ampliar el edificio con una estructura posterior en forma de herradura, que al adosarse al pabellón original terminaría por crear un patio interior, cubierto al centro, en el que se construyó una piscina.

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Esta ampliación le dio al inmueble un piso adicional que consolidó el majestuoso aspecto de características palaciegas que mantiene hasta la actualidad, además de las grandes áreas sociales del ala occidental (vestíbulo, comedor y salón) y un nuevo ingreso al que se llamó Puerta de las Estaciones, debido a que la escalera estaba flanqueada por cuatro esculturas que representan a las estaciones del año.

Las nuevas áreas sociales no eran usadas para ofrecer grandes fiestas y bailes, sino para albergar reuniones de carácter político, pues Jacinto era la figura más notable del Partido Conservador por aquellos años, e incluso llegaría a ser candidato a la presidencia de la República (1940), y el primer alcalde de Quito electo por votación popular directa (1945-1947).

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De esta misma época datan la construcción del pabellón de la Biblioteca, al costado sur del palacio, y el museo de acceso gratuito en la parte posterior de los jardines, ambas destinadas a albergar las grandes colecciones bibliográficas, documentales, arqueológicas e históricas que Jacinto Jijón y Caamaño había reunido a lo largo de su vida, y que constituían las más grandes e importantes que se podía encontrar fuera de los conventos en Ecuador de mediados del siglo XX.

Mención especial merece el llamado Arco de la Circasiana, levantado en época similar, que constituyó por largos años el portón de ingreso al predio del palacio desde la avenida 18 de Septiembre (actual 10 de Agosto), y fue levantado a modo de arco del triunfo por el escultor ibarreño Luis Mideros, destacando por el friso en el que se representa una escena de la mitología griega en la que los protagonistas son centauros y lápitas.

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Gran parte de sus últimos años Jacinto recopiló documentos que lo acreditaban como descendiente del hermano del primer conde de Casa Jijón, llamado Miguel de Jijón y León, cuyo título se encontraba vacante desde la muerte de éste en 1794. Sin embargo, y debido a su propia muerte acaecida en 1950, sería a su hijo Manuel Jijón-Caamaño y Flores (1920-2003) que el Gobierno español rehabilitaría el título en 1958, convirtiéndolo en el segundo conde.

En 1945 el joven Manuel contrajo matrimonio con Cecilia Barba Larrea, descendiente a su vez de dos extintas casas nobiliarias: los Marqueses de Selva Alegre y los Condes de San José. Juntos decidieron levantar su propia residencia de estilo neomudéjar en la parte suroccidental de los jardines de La Circasiana, hacia la esquina de las actuales calles Versalles y Luis Cordero. Aquí crecerían sus dos hijos: Jacinto, el heredero del condado, y Manuel Jijón-Caamaño y Barba.

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Con los años, la manutención del palacio comenzó a representar una gran carga financiera para la familia, factor que sumado a la transformación del vecindario en un sector comercial más que residencial, provocaron que los Jijón-Caamaño buscaran deshacerse de él. Así, en la década de 1970 comenzaron donando a la ciudad la monumental puerta de ingreso tallada por Mideros, que debido a la ampliación de la avenida 10 de Agosto había quedado fuera del predio.

Finalmente, el palacio y lo que quedaba de sus jardines fueron puestos a la venta, y tras algunas ofertas, que incluyeron a la mismísima Presidencia de la República que deseaba convertir a La Circasiana en una residencia de huéspedes ilustres, el predio fue adquirido por el Municipio de Quito en 1992, que abrió los jardines al público, convirtió el pabellón de la Biblioteca en el Archivo Metropolitano de Historia y, tras una refacción del edificio principal, lo entregó en comodato al Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, que lo ocupa hasta la actualidad con oficinas y un proyecto de recorridos museográficos inaugurados en 2018.

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ARQUITECTURA

El conjunto palaciego de La Circasiana responde al lenguaje historicista neoclásico, con clara influencia de la corriente palladiana que le fue conferida a la quinta original por el arquitecto prusiano Franz Schmidt, seguida en las ampliaciones posteriores del edificio. Sobrio y simétrico, presenta fachadas diferentes a cada uno de sus costados: la Puerta de los Leones al oriente, la Puerta del Escudo al norte, la Puerta de las Estaciones al occidente y la fachada más sencilla hacia el sur.

De planta cuadrangular, las diferentes alas del edificio se abren hacia un patio interior techado por una estructura de hierro y vidrio, en el que antiguamente existía una piscina que se temperaba únicamente con la luz solar, que actualmente fue cubierta para transformarla en área de tránsito.

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El pabellón de la quinta original se encuentra hacia el lado oriental y puede ser visto desde la avenida 10 de Agosto, destacando la escalera flanqueada por dos leones de bronce que asciende desde los jardines directamente hacia la planta noble o segundo piso, dejando a nivel de tierra un zócalo con apariencia de semi-sótano que acoge las antiguas áreas de servicio, cocina, bodegas y habitaciones de la servidumbre.

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Tras subir la escalera se llega al pórtico que sostiene un balcón con sus columnas de orden toscano, espacio que pese a ser exterior se encuentra ricamente decorado con cielo raso de latón repujado, y barandas de hierro forjado con detalles bronceados. Desde aquí se ingresa a lo que fue el salón principal de la quinta, que exhibe en sus paredes pintura mural de estilo art-nouveau, molduras de madera tallada en ventanas y puertas, además de cielo raso de latón pintado.

La que fuera la habitación principal, de gran tamaño y ubicada al costado norte del salón, también está decorada con pintura mural y posee un amplio vestidor y un baño añadido en la época de Jacinto Jijón y Caamaño. Al lado sur se encuentran otras habitaciones que tuvieron diversos usos, pero los más recordados son el estudio de María Luisa Flores y el cuarto en donde escuchaba su novedosa radio de onda corta. Ambas estancias aún poseen el papel tapiz original. Las áreas de circulación están decoradas con pintura mural, destacando en la cenefa superior los escudos de armas de los diferentes entronques de la familia Jijón a lo largo de la historia.

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Una estrecha escalera de madera accede al tercer piso, en el que originalmente estuvo la terraza y una habitación con oratorio, que se mantienen hasta la actualidad junto a las ampliaciones hechas en la década de 1930. El oratorio tiene una linterna en el techo para permitir el paso de luz natural, ya que no posee ventanas, además de exhibir un hermoso altar barroco de madera tallada y dorada. Por un costado se accede al Gabinete Chino, en el que se han conservado retazos del papel tapiz original con escenas tradicionales de ese país asiático.

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La ampliación llevada a cabo en la década de 1930 por Jacinto Jijón y Caamaño tiene su ingreso principal por la llamada Puerta de las Estaciones, que salva el nivel del área de servicio y da acceso directo a la planta noble. La portada es de estilo toscano y las escaleras están flanqueadas por cuatro esculturas de mármol que representan al otoño, invierno, primavera y verano, reconocibles gracias a alegorías como vides, mantas, cestas de flores y espigas de trigo.

Las tres áreas a las que se accede desde este punto presentan un techo de doble altura y ocupan todo el frente occidental, de manera que son los salones más grandes del palacio. El vestíbulo es llamado Hall Colorado por el color rojo de sus paredes, y posee un techo de bóveda de cañón corrido, decorado con pequeños casetones con plafones de yeso pintados de dorado, piso de baldosas de piedra oscura, y una gran chimenea del mismo material con un rosetón tallado. A los costados norte y sur se abren dos puertas enmarcadas por columnas estriadas y de orden corintio que sostienen una imitación de frontón sobre el vano, que asemejan a la fachada de un templo griego.

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La puerta norte dirige al Salón del Artesonado, llamado así por el cielo raso con decoraciones poligonales de madera (artesones), que servía como salón principal del palacio. Paredes con decoración neoclásica y piso de madera pulida con patrones geométricos que coinciden con las formas del techo, complementan este espacio.

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La puerta sur lleva al Salón de los Escudos, llamado así por la heráldica de los diferentes entronques de la familia Jijón que decora los casetones de madera en el techo y parte de la cenefa superior, que recorre tres de las paredes de este espacio. Éste habría sido el comedor de gala del palacio. Una chimenea de mármol original, que fue retirada cuando se vendió la propiedad, fue reemplazada por una de menor tamaño en la pared occidental de la habitación.

La fachada norte está dominada por una gran portada de piedra almohadillada que servía como acceso desde los coches, primero a caballo y después automóviles, en la que destaca el escudo de armas del Condado de Casa Jijón en la parte más alta, seguido hacia abajo por un nicho en el que se exhibe la escultura de mármol del Cristo Redentor. A los lados se aprecian las dos únicas ventanas de lenguaje art-nouveau de todo el conjunto.

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El pabellón de la Biblioteca, de lenguaje ecléctico, combina el historicismo neorománico visible en la planta sencilla a modo de caja, la fachaleta de ladrillo visto, y el neoclásico de la portada de ingreso y las ventanas. Está unido a la casa a través de un túnel subterráneo que Jacinto Jijón utilizaba para pasar de un edificio a otro evitando el frío de las noches quiteñas. Este corredor está actualmente sellado.

El pabellón del museo, que hoy es un predio separado del palacio, no está completo, pues la mitad norte debió ser derrocada durante los trabajos de ampliación de la avenida Colón. La portada de ingreso, de piedra, fue adquirida por Jacinto Jijón cuando se derrocó la llamada Casa de la Sal en el Centro Histórico, y después donada a la Universidad Católica, donde se encuentra a día de hoy como ingreso al Centro Cultural de esa institución.

Finalmente, los jardines fueron totalmente rediseñados tras la adquisición del palacio por el Municipio de Quito, que priorizó los espacios culturales creando un pequeño anfiteatro para presentaciones teatrales en la esquina suroriental, y colocó esculturas equinas diseñadas por el artista plástico Gonzalo Endara Crow. Además derribó el muro perimetral para colocar un cerramiento enrejado que permita una mejor visibilidad del conjunto arquitectónico de La Circasiana.

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