Marcado por el ojo de Muñoz Mariño

Por Pamela Cevallos H.

Con apoyo de la Universidad Católica y el Museo Muñoz Mariño, el Colegio de Arquitectos inició en la casa de la Embajada de Suiza, construida originalmente por el pintor y arquitecto riobambeño Oswaldo Muñoz Mariño, su acostumbrado ciclo de visitas a las obras ganadoras de la Bienal de Quito, y a las que corresponden al período moderno de nuestra arquitectura.

Aquella tarde corría un viento frío en la ciudad, estaba a punto de llover en Bellavista alto, pero aun así, muchos seguidores de este ciclo y amantes de la arquitectura se dieron cita en este día único, en el que se abrieron las puertas para conocer la casa en mención, y la rehabilitación a la que fue sometida durante menos de dos años por los arquitectos Udo Thonnissen (Suiza) y Adrián Moreno (Ecuador).

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Según los arquitectos, la intención puesta en la rehabilitación de la casa que ocupa desde hace más de 30 años la Embajada de Suiza fue recuperar, -no en un sentido estricto-, la arquitectura original plasmada en apenas cuatro planos por Muñoz Mariño, mismos que reposan legalmente a nombre de su autor en el Colegio de Arquitectos. “Fue un trabajo de quitar capas de lo añadido por varios dueños para encontrar el original sin un espíritu romántico, sino más bien con el ánimo de entender las intenciones de Muñoz Mariño, e intervenir con una visión contemporánea, porque no nos interesaba hacer una rehabilitación literal, ese no era el espíritu con el que trabajaba Muñoz Mariño”, explicó Adrián Moreno. Udo Thonnissen, arquitecto alemán, recibió el encargo para restaurar la casa en el año 2017. No estaba claro a lo que venía. Se encontró con una casa muy especial, sin embargo, se dio cuenta que en la construcción habían cosas que no cuadraban con el estilo global. Dedicó gran parte de su tiempo a investigar a Muñoz Mariño, a su obra, su estilo, y al entorno de Quito en la época que existió el pintor y arquitecto. “Tuve la suerte de encontrar a las personas justas, a las que estuvieron en contacto con la obra. El encuentro con Adrián Moreno fue verdaderamente una coincidencia, pues su padre trabajó con Muñoz Mariño en esta obra y su aporte es invaluable en la investigación. Juntos interpretamos los elementos y detalles de la casa”, contó Thonnissen.

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Muñoz Mariño inició la construcción en 1972 con el ánimo de que sea suya. Posteriormente viajó a México y regresó dos años después a continuar con la obra que, finalmente, fue vendida por él en el 74. La casa nunca fue habitada por el autor, ni la obra fue culminada al cien por ciento. El nuevo dueño añadió detalles a la casa por fuera de la visión de Muñoz Mariño, que fue básicamente lo que tuvieron que escarbar los dos arquitectos durante la interpretación de la obra. “Encontré aquí muchos detalles que no tenían nada que ver con la visión de Muñoz Mariño, había mucho trabajo de interpretación por hacer, muy pocos planos, muy pocos detalles, no había puertas, ventanas, solo un plano original y unos croquis, nada más. Tuvimos mucho trabajo en reinterpretar cómo podría ser la casa desde el espíritu de Muñoz Mariño.”, dijeron.

En el año 76 se vendió nuevamente la casa, esta vez a la Confederación Suiza, y desde entonces sirve como residencia de la embajada. Hoy en día cumple con una función de residencia y otra de representación. “La embajada tiene en el centro un despacho para todos los eventos y las recepciones. La casa está muy bien preparada para estas funciones ya que tiene una parte privada y otra pública, ambas muy diferentes, la parte pública más diáfana, más abierta, más moderna; y la privada más tradicional”, explicaron.

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Oswaldo Muñoz Mariño empezó como un arquitecto moderno, racionalista, y en 1959 ganó el concurso para construir el Palacio Municipal de Quito, proyecto que jamás pudo plasmar. En este período fue muy modernista, pero luego empezó a incluir elementos más tradicionales en su obra, como techos inclinados muy grandes y asimétricos, usando materiales como madera, piedra natural, y otros más rústicos y tradicionales. “Un elemento muy propio de él son las cúpulas o bóvedas que hacían pocos arquitectos. Son muy mexicanas, parte de un movimiento que también tuvo lugar en Europa entre varios arquitectos que se distanciaron finalmente del estilo moderno, y se alinearon con elementos más humanos y tradicionales”, sostiene Thonnissen.

El ingreso a la casa tiene una amplia zona de estar con una pared de fondo compuesta por tres cavidades a manera de grandes chimeneas rectangulares. El piso es totalmente de madera y los ventanales funden la vista hacia el Pichincha y hacia uno de los patios externos de la casa. “Fue interesante descubrir que las claraboyas de la casa eran patios abiertos en los cuatro planos registrados. Hoy son una especie de secuencia de patios cubiertos: el central es el más tradicional, pues tiene una pileta de piedra en el medio, que forma parte de una galería y de la vista de los dormitorios. Es una forma espacial de organización absolutamente tradicional”, informaron.

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La diferencia entre el área pública y privada es muy acentuada. La pública mantiene proporciones más relacionadas a la arquitectura moderna, la privada es más tradicional. Muñoz Mariño, al tratarse de diseñar su propia casa, decidió experimentar y llevar el extremo esta idea, por lo que esta obra muestra esa mezcla en extremo. “Tanto los materiales, las proporciones y la producción de los arcos o bóvedas, como de las columnas y la pileta del patio son parte esencial de esta visión. Para poder restructurarla la presencia de mi padre nos guió, ya que trabajó con el autor en esta misma obra”, comentó Adrián Moreno.

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Los planos de la casa se plasmaron hasta el año 1971, porque según recuerda Mauricio Moreno Vintimilla, padre de Adrián, Muñoz Mariño lo iba cambiando todo. Según el relato, el autor tomó decisiones finales sobre el patio y las bóvedas, incluso en obra. “También es interesante conocer que la casa está plasmada en una secuencia espacial muy bien pensada. Todos sus proyectos tienen una escala humana que se manifiesta también en sus acuarelas”, aseguró Thonnissen.

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El área privada de la casa está hecha con estructura de hormigón y las bóvedas son de ladrillo. Las cúpulas están hechas en una sola fundición o en una sola “parada”. Es un encofrado en ladrillo que a la vez sirve como capa de compresión y enseguida es acoplado el tejuelo. No existe una estructura de hierro armado. Las losas son artesanales y tradicionales. “Es impresionante como el único problema que presentaban las bóvedas era básicamente de humedad, pero estructuralmente funcionan muy bien sin una gota de hierro ni capa de hormigón. Son bóvedas que nos llevan a la tradición mexicana, a la española, y finalmente a la romana”, comentaron. Según los expertos, este trabajo de bóvedas claustrales es único en Quito, al menos en la arquitectura moderna.

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Otro rasgo importante del trabajo de remodelación de la casa fue la parte estructural, pues las exigencias del Estado Suizo requieren la aplicación de técnicas antisísmicas, de seguridad, etc. “Tuvimos que reforzar toda la construcción e introducir nuevos paneles estructurales con micro pilotes de hasta 20 metros de profundidad en el suelo, para fijar todas esas piezas. Añadimos nuevos sistemas de seguridad, electricidad, saneamiento, etc.”.

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La casa luce totalmente nueva e impecable. El corte en los muebles realza la elegancia natural de los materiales usados tradicionalmente: piedra, ladrillo y madera, haciéndola más cálida en la zona residencial. El cuarto principal tiene una modificación por fuera de la visión de Muñoz Mariño, que obedece a un lineamiento de confort moderno, relacionado a la ampliación del baño máster y del walk-in clóset de esta misma habitación. La iluminación natural hace que los patios llenos de flores y plantas luzcan sanos y en todo su esplendor.

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Este relato es parte de la historia de remodelación de la residencia de la Embajada de Suiza, que desde este lunes 29 de abril de 2019 volvió a manos de la familia del Embajador. Ellos gozarán de un estilo moderno y a la vez romántico, creado gracias al ingenio de un acuarelista y arquitecto muy reconocido en la era contemporánea de Ecuador.

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