Por Pamela Cevallos

Con una larga trayectoria investigativa y artística, la colombiana Amparo Garzón irrumpe en los espacios tradicionales del arte con una escuela nueva denominada Healing Art, cuyo fin es provocar una respuesta holística en la percepción tanto del artista al pintar una obra, como en la del observador al interactuar con ella.

El Healing Art, traducido literalmente como Arte de la Sanación, es un nuevo movimiento que se alimenta de artistas que han desarrollado su arte dentro del surrealismo, iluminismo o en el realismo mágico. Se trata de un espacio que integra a todas las artes (danza, pintura, música…) con el fin de encontrar su esencia, es decir, la capacidad de comunicarse consigo mismo, con los grupos sociales y su entorno.

Amparo Garzón - Revista CLAVE!

Desde hace 25 años que Amparo pertenece a esta joven escuela, donde el arte empieza a mostrarse en su verdadera esencia, “algo así como un lazo que usa el ser humano para comunicarse consigo mismo y desde esa auto referencia entender al colectivo”, explica. El Healing Art se concibe dentro de un ámbito holístico, en el sentido de que ve al individuo y a su entorno en 360 grados, inclusive en su sentido cósmico y universal.

Esto es lo que imprime Amparo Garzón en sus obras, la mayoría pinturas en óleo, -técnica que disfruta y domina-, pues crea una comunicación de ida y vuelta en donde se busca activar más allá de los cinco sentidos. Su línea de trabajo ha sido la pintura, el dibujo y la escultura, con esta última ha incursionado en los espacios urbanos donde su principal eje es respetar el entorno y fundir su arte con el contexto social y natural.

Amparo Garzón ha vivido más de 35 años fuera de su natal Colombia, pero no se ha ausentado del todo. De hecho, sostiene que se ha unido más a sus raíces, honrándolas a través de su arte que contiene características esenciales latinoamericanas, como por ejemplo el color; de ahí que sus obras contengan hasta cinco tonos diferentes a través de los cuales dice jugar con la luz del trópico “que le otorga una tonalidad diferente al color, a la forma, a la luz misma y a su sombra”.

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Y es que Amparo no trabaja aisladamente, ni su obra está basada en una mera inspiración. De hecho, el carácter principal de su trabajo se basa en largas horas de estudio e investigaciones que le proveen de información filosófica, matemática, física y hasta sicológica, que le permiten concretar su creación. En la mayoría de sus pinturas aplica colorterapia, colografía y sicología, buscando provocar en el espectador una simbiosis, cuya reacción puede ir de una mera lectura del contenido hasta una consideración abstracta del mismo.

“El ser humano es de luz y de sombra, y entre esas dos cosas hay un inmenso panorama de color que crea una empatía inmediata entre la obra y el espectador. La obra debe hablar por sí misma, debe crear una reacción, sea esta más emocional, más tangible, o conceptual. Cuando el observador consigue esa empatía empieza a conectarse infinitamente con la obra”, comenta.

Amparo no tiene un referente artístico que haya marcado su trabajo; considera que la creación es un proceso individual que nace de lo que uno es en su interior. “Es más fácil crear que copiar, porque crear te permite ser tú mismo; copiar te obliga a ser otro”. Trata de ser muy honesta en su arte y, por ello, busca ser su propio referente. No usa un modelo vivo, prefiere utilizar el entorno, la vida cotidiana, objetos y formas de la vida diaria; no quiere ser igual a otro.

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Ha trabajado en escultura de metal, y en las formas busca de una manera abstracta una tercera y cuarta dimensión. Al contrario de sus pinturas, las esculturas de Amparo son monocromáticas, porque según lo explicó, el volumen tiene ya una propia dimensión y no necesita alimentarse de color. “La escultura no es solo un elemento que se pone en el espacio. Somos pocos los que estudiamos el entorno y la energía del lugar, antes de colocar un objeto para que se integre al medioambiente. No me interesa irrumpir en su diario vivir, ni que mi obra sea ajena a su movimiento”, dice Amparo, y piensa que hay mucho arte urbano que no comunica, ni consigue ningún tipo de interacción con el transeúnte.

“Empecé a crear esculturas que respeten el medio ambiente, que sean parte integral de ese entorno y que no obliguen al espacio a adaptarse a la forma de mi obra. Yo honro el espacio porque de esa forma honro a la naturaleza que le ha tomado años crecer y desarrollarse, y a las personas que van a interactuar en ese medio ambiente”, explica.

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El arte tiene importancia en el día a día, y Amparo considera este aspecto como primordial. Ejemplo de ello es la escultura que colocó en el Estero Salado de Guayaquil, en cuyo parque existe un Camino de Reflexión, escultura que está concebida desde la forma ondulatoria del agua, de los árboles, y desde la horizontalidad y verticalidad del parque. “Se buscó un espacio donde pudiera integrar la escultura con todos los elementos que conforman esa naturaleza que tiene el estero, no se botó ningún árbol, ninguna flor”.

En esta obra dice Amparo haber aplicado todo su conocimiento de Healing Art. Allí usó metal, concreto, piedra de río y el césped existente, y aunque no tenga un color propio, la artista explica que tiene “luz en la noche, que tiene color para la sanación, color terapia, espectro de la luz blanca y que con esto, la escultura empieza a cambiar del blanco al amarrillo, luego al violeta, pasando por los azules y celestes”.

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Como se evidencia, sus esculturas conllevan un gran proceso de creación, pero además, de utilización de los recursos de la zona en donde va a colocarlas. Por otro lado, para el montaje trabaja con gente local y con materiales del entorno. “No llevo nada ajeno al espacio donde va la obra”, comenta.

Su trabajo está en Guayaquil, y en algunas colecciones privadas donde están colocadas dentro de espacios que los convierte en laberintos y caminos de reflexión de casas que quieren tener su propio lugar de Healing Art. En estos momentos está preparando otra escultura para Ecuador, pero todavía no quiso entregar detalles sobre está próxima obra, expresamente creada para encontrar la calma urbana.

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