Foto Ricardo Bohórquez

Por María Fernanda Ampuero

Si, como dice el arquitecto holandés Rem Koolhass, “la palabra es mucho más precisa que la arquitectura”, entonces hablar de arquitectura, lo que vamos a hacer aquí, sería la precisión misma. Aunque, también, hemos de recordar aquello de Le Corbusier de que “la arquitectura es una obra de arte, un fenómeno de emoción, situado fuera y más allá de los problemas de la construcción”.

Precisión y emoción, dos posturas que no tienen por qué ser antagónicas y que podrían definir perfectamente la mirada de Ricardo Bohórquez, Elvira Plaza y John Dunn, tres arquitectos guayaquileños a los que les hemos preguntado por sus edificios míticos del Puerto, esos que recuerdan y atesoran a veces por motivos caprichosos –como el amor o la naturaleza– en los planos de la memoria. Sus recuerdos infantiles y juveniles están vinculados estrechamente con su apreciación técnica, y es lo que hace que sus testimonios sean de verdad una “emoción situada fuera y más allá de los problemas de construcción”.

El edificio del desaparecido Banco de Descuento, una casa guayaquileña típica de la época de “la Pepa de Oro”, el boom cacaotero, o la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Guayaquil, sirven de disparadores para estos viajes a “las casas fantasma”, como las llama Bohórquez, a los orígenes del concepto belleza en nuestras cabezas, a la admiración por edificios que son “testimonio de una época grandiosa de la arquitectura” e, incluso, a un lugar de aprendizaje que se convierte en sí mismo en una enseñanza y donde, para más belleza, tocó Soda Stereo su legendario concierto en Guayaquil de los ochentas. Este es un recorrido por un mapa muy personal, el google maps de los afectos y las sorpresas. Es el Guayaquil de sus arquitectos, el Guayaquil de sus amores.

“ESTA CASA ES NUESTRA HISTORIA”

(Ricardo Bohórquez sobre una casa entre Panamá e Imbabura)

Esta casa es un fantasma. Ya no existe, aunque esté allí. La vi por primera vez mientras esperaba para desfilar un octubre o julio, quizás en el año 82 u 83. Estaba formado en media calle Panamá. Ese día vi por primera vez esa y otras casas imponentes desde la calle. Volví a este barrio a vivir en 2004. La regeneración había pasado por el centro, pero no por esta zona. Sus soportales unidos a los del ya desaparecido bar Gran Cacao escondieron encuentros con nuevos amigos, conversaciones, besos, botellas, peleas y unas fotos que hice al inmenso cantautor Hugo Idrovo y a la talentosa cantante de tango argentina Bibi González.

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Foto Ricardo Bohórquez

Con el tiempo me hice amigo de algunos de sus habitantes: Aurelio, Julio, Colombia de la bodega de cacao que funcionó hasta el fallecimiento de Colombia en 2010. Su dueño nunca me dejó ingresar y fotografiar sus interiores, siempre los imaginé. Esa fue la última casa en la que funcionó la compraventa de cacao en Guayaquil, en la calle Panamá.

En sus veredas se cargaba, descargaba, pesaba y secaba el grano que hizo rica a nuestra ciudad entre los siglos XVIII y principios del XX. Es una arquitectura tradicional de madera, vivienda-negocio, casa del puerto, bodega… Demasiados elementos deliciosos para mi pensamiento fotográfico y arquitectónico: las proporciones, sombras, texturas, soportales, balaustradas, artesanía en madera, hierro forjado, buhardillas, altillos, historias ocultas… En conjunto con la vecina Casa Guzmán Aspiazu forman un pedacito de principios del siglo XX que atrapan el calor y el olor del río. Hoy acosada, descuidada, atentada, patrimoniada… La lluvia de este invierno la desvanecerá de la memoria.

“AQUELLA ÉPOCA GRANDIOSA DE LA ARQUITECTURA”

(John Dunn sobre El Banco de Descuento, de Karl Kohn)

El modernismo tuvo sus inicios en la arquitectura guayaquileña, en otros tiempos, con otros nombres. Sin embargo, el edificio que hizo el checoslovaco Karl Kohn para el Banco de Descuento significa no sólo la consolidación de la arquitectura modernista en la ciudad, sino que, además, tiene el mérito de seguir siendo un testimonio de aquella época grandiosa de la arquitectura.

Es uno de los pocos edificios que ha sobrevivido a las presiones del mercado, a los caprichos de sus nuevos propietarios y a otras plagas dañinas, como el policarbonato o el vidrio azul. En él, Kohn plasma una interpretación precisa del contexto, logrando un edificio digno de colindar con el edificio de la Gobernación del Guayas y con el Municipio de Guayaquil. Materializa en arquitectura lo que debía ser un banco: seriedad, firmeza y modernidad. Además, fue el primer edificio en Ecuador en tener escaleras automáticas.

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Foto Ricardo Bohórquez

En cuanto a su partido, Kohn logra un juego maravilloso –casi musical– entre las dualidades del interior y exterior. Por fuera, la presencia del edificio en la esquina de la cuadra es fuerte, aún a pesar de aquella interpretación que aligera sus soportales, si lo comparamos con los típicos de la ciudad. En contraparte, al interior se llega a través de la esquina convertida en pórtico. Por dentro, el programa ya no responde a condiciones esquineras. Un gran domo con cilindros de vidrio insertados en el hormigón son la cúspide de las escaleras mecánicas, mostrándonos una distribución de los espacios organizado desde el centro del domo hacia la periferia.

Este edificio representa una época grandiosa de la historia guayaquileña. La cúspide de una ola de progreso y desarrollo, sin hacer a un lado los valores estéticos de su tiempo. Para un arquitecto resulta hermoso ver cuando un edificio sobrevive a las instituciones que lo crearon. Por mucho tiempo, el edificio fue usado por la Superintendencia de Compañías, luego de la quiebra del banco, a comienzos de los años ochenta. Ahora, está siendo adecuado para albergar a la biblioteca de la Universidad de las Artes. No puedo imaginar un mejor destino para edificio alguno que convertirse en biblioteca. Espero que esta pequeña maravilla arquitectónica siga sobreviviendo al tiempo, a los caprichos de los humanos y las instituciones.

“SODA STEREO DIO SU FAMOSO CONCIERTO EN UNA DE SUS TERRAZAS”

(Elvira Plaza sobre La Facultad de Arquitectura de la UCSG de René Bravo y Robinson Vega)

La Facultad de Arquitectura es un edificio con mucho dinamismo, con espacios muy diversos. Se distingue por sus espacios exteriores que son lugares protagónicos, de estudio, de diálogo, y de esparcimiento. Incluso fue allí donde Soda Stereo dio su famoso concierto del 87, en una de sus terrazas. Este hecho demuestra la versatilidad del edificio.

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La primera vez que lo vi fue cuando hice mi primer acercamiento a la carrera. Lo descubrí en el preuniversitario de arquitectura en 2001. Me llamó la atención la dualidad del tratamiento de hormigón visto, que es muy pesado visualmente, con su volumetría tan limpia y ligera. Los cerros son una parte importante del paisaje guayaquileño, y esta obra permite tener un acercamiento tangible con la naturaleza que lo rodea.

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A la arquitectura hay que vivirla, hay que enfrentarse al espacio y experimentarlo. Aprender sobre la carrera en un edificio tan rico como este es de lo más idóneo. Este edificio es un gran ejemplo del modernismo latinoamericano. Esta tendencia mundial fue interpretada y adaptada a las condiciones climáticas y geográficas de Guayaquil a la perfección. Tiene un diálogo profundo con el cerro y mediante las terrazas logra tener algunas de las mejores vistas a la ciudad.

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Desde el punto de vista profesional, destaco su diseño modular, tanto horizontal como verticalmente: le da una sensación de orden y armonía. Pero sobre todo, destaco su respeto a la topografía y paisaje existente. La volumetría se adapta a las condiciones del terreno y crea una integración entre espacios interiores y exteriores. Este juego modular de llenos y vacíos logra un contacto real con la naturaleza, reforzando la relación de los estudiantes con el entorno, es decir, la relación aula-terrazas, lo cual alimenta la sensibilidad de los futuros arquitectos.

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