La Gran Belleza

Por María Fernanda Ampuero

No faltan en Portugal poblaciones que parecen haber quedado al margen del tiempo, asistiendo al paso de los años sin mover una piedra de aquí para allá, y pese a todo, las sentimos vivas de vida interior, cálidas, se oye latir en ellas un corazón.

Viaje a Portugal

José Saramago

Este es un texto con banda sonora, así que mientras va leyendo imagine que suena un fado, esa música portuguesa rota y nostálgica –una especie de tango dulcificado– que nos coloca, aunque estemos cientos de kilómetros tierra adentro, mirando el mar, extrañando algo o a alguien que ya no está.

Sí, este es un texto nostálgico porque Oporto, la segunda ciudad más importante de Portugal, se mete dentro como un suspiro al revés y luego no hay manera de dejar de fantasear con sus callecitas que bajan como riachuelos para precipitarse en el río Duero, con sus casas de colores –no encontrará en ningún otro sitio esta luz preciosa–, con su belleza casera, doméstica, una belleza que no tiene que ver con construcciones monumentales como Roma, o con edificios sofisticados y arrobadores como París, sino con la sencillez del ‘vivir bonito’ un estilo que es tan escaso como inolvidable y que tiene que ver, también, con la búsqueda de la estética, un algo artístico, de los propios ciudadanos: en sus casas y en sus tiendas y en sus vidas.

Oporto - Revista Clave!

La belleza de Oporto, con sus casas casi colgando al borde del río, casi suspendidas por el truco de un mago, se parece mucho a la felicidad. Sí, es una ciudad que hace a sus visitantes felices. Tal vez se deba a esa inmediata visita a los Jardines del Palacio de Cristal, un parque-mirador lleno de rincones, fuentecitas, pavos reales y con una vista despampanante al río.

Quizás sea ese cielo celeste que contrasta con los techos de ese naranja arcilla, o con esos campanarios de las iglesias de piedra que aparecen de pronto, como una sorpresa agradable, para recordarnos que esta es una ciudad única. O tal vez se trate más bien de la zona del río, ese malecón donde siempre se escucha música callejera y risas, y el sonido del chocar de las copas de la gente que brinda por la vida. O esos barquitos vintage que surcan el Duero para permitir ver la ciudad –qué colorida, por dios– desde una perspectiva distinta. Tal vez sea todo eso y mucho más: la comida, los azulejos, el vino dulce tocayo de la ciudad, los almacenes llenos de souvenirs con gallos, poetas y guitarras, la gente, el idioma, la cercanía del mar y un yo no sé qué infantil: la sensación de estar en un lugar encantado, mágico.

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AZULEJOS

Con trescientos mil habitantes, la ciudad portuguesa es de un tamaño perfectamente manejable y se puede conocer en tres o cuatro días, así que para el visitante obsesivo es una excelente opción: no se quedarán edificios sin visitar. Además, tiene un sistema de transportes eficiente y abundante en opciones –tiene, por ejemplo, el metro más largo de Portugal y un tranvía tan coqueto como funcional–, lo que, sin duda, le añade atractivo. Tampoco está mal recorrerla a pie, de arriba abajo sin mirar ninguna guía.

Hay una cosa aquí que no hay en otros países del mundo: la pasión por el azulejo. Verdes, azules, amarillos, rojos, multicolores, con estrellas, con flores, geométricos, rococós, modernistas… Los azulejos que cubren los edificios bajos –de dos o tres plantas– de Oporto ya son bellos de por sí, pero, además, cuando hay sol reflejan la luz y hacen que toda la calle brille.

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El resultado es conmovedor: un simple edificio de viviendas se convierte en un joyero. El uso de este material no es únicamente estético: el azulejo es resistente e impermeable, cosa muy valorada en zonas de lluvia, como el norte de Portugal. En el siglo XIX se vivió en el país la edad de oro del azulejo. Cuentan los historiadores que su precio no significaba ningún problema para aquellos emigrantes portugueses que volvían a su tierra desde Brasil con buenas fortunas en el bolsillo.

Se volvió una moda, así que muchas iglesias, como El Carmo, Santo Ildefons, San Juan de los Congregados, la Catedral, San Nicolau, entre otras, exhibieron en sus fachadas y en sus claustros maravillas en azulejo. Como una especie de rompecabezas que cuenta una historia, los portugueses aprovecharon la existencia de artistas que realizaban extraordinarios trabajos en cerámica para encargar sus delicados trabajos.

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Ejemplo de esto es la estación de trenes de San Bento de Oporto, un edificio neoclásico con una impresionante fachada, cuyo vestíbulo interior es capaz de quitar el aliento. Hasta veinte mil azulejos en blanco y azul representan escenas históricas de Portugal, estampas costumbristas, pasajes bíblicos: el trabajo del artista Jorge Colaço hace que la estación de tren sea uno de los lugares más visitados de la ciudad.

MODERNÍSIMO

La arquitectura moderna y la tradicional coexisten en Oporto de una manera muy natural. La exclusión definitiva de ‘la zona moderna’ y la ‘zona vieja’ que hay en otros sitios en esta ciudad es menos categórica. Así, por ejemplo, no hay que caminar demasiado para encontrarse cara a cara con uno de los símbolos de la modernidad portuguesa: La Casa de la Música, un edificio, sí, pero también una explanada en la que los jóvenes hacen skate y llenan la calle de ruido de patinetas.

La Casa de la Música, una especie de nave espacial, un diamante opaco, una enorme caja de mármol con ángulos que se cortan con distintas inclinaciones, es una sala de conciertos hermosa y funcional –el aislamiento del ruido exterior por medio de paredes de cristales dobles ondulados ha sido muy celebrado –donde tanto toca una orquesta sinfónica como un grupo de jazz. Fue diseñada por el arquitecto holandés Rem Koolhaas (autor de edificios ya míticos como la Biblioteca Central de Seattle en Estados Unidos, o la Sede de la Televisión Central de China), y allí trabajan tres orquestas de planta: Orquestra Nacional do Porto, Orquestra Barroca y Remix Ensemble.

El edificio es igual de impresionante por dentro y, además, rinde homenaje a la ciudad, no se olvida dónde está, con sus paredes de azulejos geométricos en verde, azul y blanco y con ese mosaico, portugués clásico a rabiar, que contrasta con lo moderno de las paredes acristaladas y en ondas, como un mar en vertical. Su construcción se encuadró en el proyecto Oporto 2001-Capital Europea de la Cultura, se inició en 1999 y terminó a principios de 2005, seis años después de la fecha prevista. Inmediatamente, y con toda la razón, se convirtió en un icono de la ciudad.

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El diseño del edificio fue muy aclamado mundialmente: Nicolai Ouroussoff, crítico de arquitectura del New York Times, lo clasificó como el “proyecto más atractivo que jamás ha construido el arquitecto Rem Koolhaas” y también dijo que era “un edificio cuyo fervor intelectual coincide su belleza sensual”. También lo comparó con el “exuberante diseño” del Museo Guggenheim de Frank Gehry en Bilbao, España. “Solamente mirando el aspecto original del edificio, es una de las salas de conciertos más importantes construidas en los últimos cien años”, comparándola con el Walt Disney Concert Hall de Los Ángeles, y el Auditorio de la Filarmónica de Berlín.

PUENTES Y BODEGAS

En otra ribera del río, la que se ve desde la Plaza da Ribeira, está Gaia, allí se encuentran las bodegas del vino de Oporto. Esto es así porque aquel era el lado umbrío, lo que permitía la mejor conservación del licor y aunque ahora sirven para hacer las famosas visitas con cata incluida, muchas de ellas, como la de Ferreira o Ramos Pinto, mantienen el encanto –porque, ya se ha dicho, esta ciudad está llena de encantos– de visitar un edificio del siglo XIX en excelentes condiciones.

Para llegar se puede atravesar el puente Luiz I, más conocido como de Eiffel, uno de los siete puentes que unen la ciudad de Oporto con el resto de destinos de Portugal. Es una construcción decimonónica muy interesante, esencialmente por los dos tableros que cruzan la desembocadura del Duero a distintas alturas: uno superior que carga en compresión sobre el arco de acero roblonado y otro inferior que descuelga a tracción de él.

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En total, seis (eran siete, pero de uno nada más quedan las bases) puentes atraviesan el río Duero en su camino por la ciudad y, cada uno a su estilo, dan sofisticación, modernidad y grandeza al skyline de Oporto. No es casual que uno de los recorridos obligatorios de los visitantes sea el paseo en barco para ver los puentes desde el agua.

PISCINAS DEL MAR

Mucha gente coincide en que si nada más se puede visitar una cosa en Oporto –qué tortura– el lugar elegido deberían ser las Piscinas das Marés que no están exactamente en Oporto, sino en un pueblo vecino a un par de kilómetros al norte: la localidad de Matosinhos, en el barrio costero de Leça da Palmeira.

El recinto con ese nombre maravilloso, las piscinas del mar, bien merece estar en los primeros puestos de las listas de los lugares que ver antes de morir. En serio. Apenas veintiocho años tenía el famoso arquitecto luso Álvaro Siza cuando la Cámara Municipal de Matosinhos, su pueblo natal, le encargó una labor imposible: que domesticara el Atlántico.

Primero unas palabras sobre este océano: cuando se levanta de malas no hay manera de acercarse a él. Sus olas grises, bravas y rápidas como tentáculos de algún animal gigantesco y feroz, pueden arrebatarle la vida a una persona como si se tratara de un insectucho, plaf! Había que hacer algo para que Matosinhos pudiera seguir gozando de sus días de playa sin miedo al monstruo. Entonces, llamaron a Siza.

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Como explica el arquitecto Pedro Torrijos: “Siza había sido educado en los preceptos de la arquitectura moderna, pero también en el respeto y la integración de las formas tradicionales y los materiales vernáculos, tal y como se hacía en Escandinavia o en la misma España. Sin embargo, el arquitecto se enfrentaba ahora a un programa muy sencillo —unas piscinas con sus correspondientes vestuarios—, pero que debía levantar en un lugar que desafiaba a cualquier tradición. Un lugar cuyo único contacto con el hombre eran las lejanas siluetas de los barcos mercantes que zarpaban o atracaban en Oporto. Se enfrentaba a un lugar que es más viejo que la humanidad, uno tan antiguo como el propio mundo: al océano”.

Ante ese dilema, el arquitecto decidió no pelear, sino negociar con la naturaleza. ‘Domesticarla’ con sus propias herramientas. Convertir las rocas a las que azotan las olas en diques para hacer de la piscina un pequeño mar dentro del mar. O sea, crear un espacio seguro dentro del espacio inseguro del Atlántico, pero que sea el mismo océano.

El resultado es indescriptible: unas piscinas de agua salada que parecen antesalas del mar porque están frente al mar y porque son el mar. Una infinity pool que parece creada por la propia naturaleza. Increíble. Desde el paseo marítimo apenas se ven los vestuarios –, pues otra de las intenciones de Siza era que su obra no violentara las vistas– que están construidos de un hormigón rugoso, de la textura de la roca, y esa discreción, paradójicamente, dota a las piscinas de una presencia arquitectónica pocas veces vista.

Estar dentro de esa agua quietísima, salada, turquesa, donde a poquísimos metros las olas rompen, y te salpican de espuma, con esa violencia que habita en el corazón del Atlántico, es una experiencia que te transforma para siempre. Sí, estar a salvo en medio del espectáculo salvaje y brutalmente bello de la naturaleza: para eso se creó la arquitectura, y para eso, también, estamos vivos.

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