Por: María Gracia Banderas

Conocer a Cristina y Manuel fue una experiencia completamente enriquecedora. La sencillez y autenticidad de esta pareja es absoluta, y la complicidad que existe entre ellos es evidente. La sensibilidad que llevan en sus corazones ha dado paso a la materialización de milagros en estos meses post terremoto en la Costa del país.

Una magnífica obra de solidaridad que empezó con buenas intenciones ahora cuenta con toda la infraestructura necesaria, la logística y los mecanismos para que funcione de manera óptima. Luego de casi medio año de estar operativa ha llegado con su ayuda a más de tres mil damnificados del terremoto de abril. Su obra es aplaudida por propios y extraños que admiran su generoso proceder, pero por la eficacia del sistema constructivo también ha llamado la atención de técnicos y profesionales a nivel internacional.

Las “buenas intenciones” de Manuel y Cristina han merecido importantes espacios de difusión ante audiencias integradas por la crema y nata de la construcción sostenible a nivel mundial. Hace pocos días participaron en la Bienal de Arquitectura de Venecia, donde expusieron sus métodos constructivos como un claro ejemplo de resiliencia. Previo a este viaje y en la misma tónica, impartieron una conferencia en el marco de la Cumbre Mundial Habitat III que se desarrolló en Quito.

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Pero volvamos al inicio.

Antes del terremoto Caemba no existía. Su nombre se deriva de su razón de ser (casitas emergentes de bambú), y crece a pasos agigantados debido a la conciencia que el mundo entero tiene sobre la necesidad de los damnificados por reconstruir su vida familiar de forma íntima, esa que solo las paredes de un hogar pueden brindar. La situación es crítica, siete meses después del terremoto, cientos de personas todavía permanecen hacinadas dentro de albergues.

“Empezamos como Manuel y Cristina. Contábamos con bambú gigante en la hacienda de la familia de Manuel, y el día del terremoto decidimos actuar. Subimos a Facebook fotos de lo que estábamos haciendo, la iniciativa fue compartida más de 1.200 veces y la gente empezó a sumarse con ayuda. Poco después, mi amiga Gisela Barreiro nos pidió que participemos en la Feria Zoko con una casa modelo, pero no podíamos presentarnos y promocionarnos como Manuel y Cris. Llevábamos trabajando más de 20 horas diarias por más de dos meses y no teníamos tiempo de pensar en una identidad para el proyecto.”

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“Fue mi sobrina Micaela Samaniego quien con mucha creatividad esa misma noche se encargó de la imagen y nombre. Así nació CAEMBA. Poco a poco fuimos introduciendo el logo y el nombre en nuestro Facebook para que la gente conozca el título de nuestra labor. Más tarde, un voluntario se hizo cargo de la página web y así empezó a estructurarse esta iniciativa y a tener identidad propia”.

Al preguntarles cómo nació esta idea, Manuel comenta que “se da el terremoto y queríamos saber de qué manera ayudar. Con la familia decidimos mandar un camión de bambú, también pensamos en mandar plásticos para que hagan techos. Siempre hemos hecho campamentos, hemos vivido en la selva, así que ideamos un par de prototipos. Aunque yo soy biólogo, mi padre es arquitecto y crecí rodeado de bambú…” Así, junto a trabajadores de la hacienda, montaron el primer prototipo.

Las primeras 20 estructuras se enviaron a Chamanga, en la provincia de Esmeraldas. El envío y montaje de las primeras 50 casas se dio gracias a la donación de Paul Sorensen Icaza, un amigo de la pareja que creyó en el proyecto. Pero el puntal que permitió que mucha gente se involucrara realizando donaciones fue la red social antes mencionada.

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“Se puede ayudar con algo tan sencillo para evitar que el núcleo familiar se rompa. Si aportas a mantener la unidad familiar estarás brindando un espacio en el cual procesar todo lo atravesado: pérdidas humanas, materiales y miedos. Estas casitas permitirán a la familia levantarse unida”, señala Cristina, quien añade que estos espacios podrían menguar, de alguna manera, la problemática social manifestada en diversas formas en las zonas de desastre. Medita y se cuestiona la manera en la que se propiciaría una reactivación social si aquellas personas no tuvieran un espacio a dónde ir, y una estructura que acoja el desarrollo del sistema familiar. “Si no tenemos un gobierno con la posibilidad de reconstruir, la sociedad civil tiene que seguir apoyando, hay que sentirlo como una responsabilidad”, agrega.

Varias son las soluciones habitacionales que CAEMBA ha desarrollado. En primer lugar, la vivienda emergente progresiva que consiste en “casitas simples”, como ellos las llaman, que pueden ser armadas en aproximadamente tres horas con la colaboración de cuatro o seis personas locales, bajo la supervisión de una persona entrenada.

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Se utiliza una estructura de bambú gigante y elementos como plástico reflectivo. Las paredes y la cubierta son de tela plástica, material cuya duración puede ser de hasta tres años. Cuentan con una cara exterior de color blanco que refleja el 95% de la radiación solar, mientras que su cara interna, de color negro, crea sombra y absorbe la energía reflejada desde el piso haciendo posible un ambiente fresco. “El diseño es progresivo porque permite a los beneficiarios utilizar la estructura de bambú como base sólida para una casita de mediana o larga duración”, informa Manuel. La “Casita Progresiva Caemba tiene un costo inferior a una carpa familiar y sus dimensiones son mucho mayores”.

Su tamaño es superior a las soluciones de emergencia. Para una familia de cinco miembros, brinda un espacio de 7m2 por persona. “Es el doble de las recomendaciones de Naciones Unidas y el triple del espacio que brindan las carpas usadas por el Gobierno en los albergues oficiales”, manifiesta Manuel.

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Una casita simple Caemba que viene con todos los latones y pilares básicamente listos para pegar paredes, ya sean de bambú picado o de tablones, tiene un costo de $550. Este valor incluye el camión que transporta el material, instalación y la participación de los supervisores técnicos. “Nosotros les enviamos un plano en el que se explica que se trata de una estructura para una casa permanente, que de acuerdo a las modificaciones que se hagan, podrá ser una casa completa”, agrega Cristina.

Por otro lado, la vivienda de bambú es un producto más elaborado, ya que son construcciones que, además de la estructura, cuentan con paredes hechas a base de tablas de bambú picado que pueden ser enlucidas por ambos lados, dando la apariencia de una construcción tradicional con paredes de cemento. La construcción es sismo resistente. Su costo es de $2.500.

Cinco es el promedio de miembros familiares que habitan cada una de estas casas. “Queremos también llegar a los montes o a las zonas alejadas a las que la ayuda todavía no ha llegado. Ahí las tierras son comunitarias, así que podremos montar muchas Caemba y dar un techo a más personas”.

Con el terremoto varias escuelas se derrumbaron, y los niños tienen que desplazarse a pueblos cercanos utilizando transporte público. Esto implica gastos adicionales para una población que no está en condiciones de sobrellevarlos, y es uno de los varios motivos que llevó al equipo a desarrollar escuelas y espacios públicos en base a estructuras de bambú.

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“CAEMBA desarrolló dos modelos de aulas escolares. Uno pensado para uso a largo plazo y otro para aplicaciones emergentes. Ambos modelos priorizan la ventilación y la entrada de luz natural. El modelo de largo plazo cuenta con un cielo raso de tablas de bambú picado, colocadas en forma de arco y empernadas a la estructura principal, para así dar mayor resistencia a la construcción y provocar aislamiento térmico. También se enlucen las paredes por la parte exterior para mejorar su resistencia a las condiciones climáticas. En el interior el bambú visto crea un espacio natural muy amigable para niños y jóvenes”, señalan.

Cristina ha sabido aportar con una logística muy organizada al tema, de tal manera que los recursos son aprovechados al máximo. Cuando CAEMBA se dio a conocer entre los moradores de las zonas afectadas, ellos mismo empezaron a contactarla, y lo que hizo fue designar líderes en cada área. Les decía, “si tú necesitas casa, cuántas otras personas también la necesitan, entonces les pedía que verificaran el número de gente en sus comunidades a las que les hacía falta un techo. No justificaba el costo de un camión por una sola casa, pero llegar con 20 casas es otra cosa”.

El agradecimiento que Manuel y Cristina tienen con los donantes es enorme, pues esas donaciones hacen posible la entrega de estructuras que permitirán, luego de la reactivación económica de las familias, ser viviendas permanentes porque las estructuras de bambú soportan una construcción más elaborada. “La idea no es apadrinar al 100%, pero sí entregar un espacio en el que la familia pueda estar unida”.

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Según manifiestan, la visión de esta iniciativa es “ser una organización con alcance internacional, reconocida como líder en el desarrollo de metodologías creativas de construcción, para mitigar la pérdida de vivienda e infraestructura comunitaria por causa de desastres naturales o condiciones de pobreza, utilizando capacidades y conocimientos locales”,

En relación a ello, nos comentan que hace pocas semanas finalmente se consolidó la Fundación Raíz. Entre las labores que ejecutará está la ayuda en desastres naturales y a pueblos vulnerables. Esta fundación también será un canal para recibir donaciones de distintas ONGs y fundaciones.

Cristina relata llena de emoción cómo todo se ha ido dando de la mejor manera. “Cuando creíamos que nuestra labor ya no podía seguir, llegaba una nueva donación. Actúo desde mi religión que es el amor; y nos hemos dado cuenta que cuando haces las cosas desde la compasión y el corazón, y te pones en los zapatos del que sufre, las cosas se van dando solas”.

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