Estilo Español Andaluz

Por Gabriela Burbano A.

Una conspiración y una bala asesina fueron las que acabaron con el anhelo de Antonio José de Sucre, el gran Mariscal de Ayacucho, de retirarse definitivamente en Ecuador y llevar una sencilla vida de campo junto a su familia.

De la época en la que Sucre ya había logrado varias de sus hazañas y era reconocido como un destacado estratega militar y político, nos quedan algunas propiedades por las que pasó breves lapsos de tiempo mientras fue pretendiente y esposo de la quiteña Mariana Carcelén, Marquesa de Solanda, quien se convirtió en su pareja después de cinco años de haberlo conocido en la celebración por el triunfo en la Batalla de Pichincha.

Durante el “noviazgo” de Sucre y Mariana, el héroe independentista preparaba la vida que deseaba llevar después de su retiro de los altos cargos que el Libertador Simón Bolívar le encargara en Bolivia y Colombia, con la ayuda de uno de sus hombres de confianza, el Gral. Vicente Aguirre. Es así como a través de correspondencia, Sucre pide a Aguirre la adquisición de la casa de estilo andaluz ubicada en la esquina de las actuales calles Venezuela y Sucre, que hoy alberga al Museo de la Defensa Casa de Sucre.

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La Casa Azul, conocida con este nombre debido a que las paredes interiores y exteriores estaban pintadas de azul añil, había sido anteriormente propiedad del padre de Mariana, Don Felipe Carcelén y Sánchez de Orellana, Marqués de Solanda y Villarocha, pero Sucre dispuso su compra y la realización de un sinnúmero de adecuaciones que tomaron un tiempo considerable y que retardaron su establecimiento.

Originalmente se construyó según el estilo español andaluz, con dos plantas organizadas alrededor de un patio central. Durante el recorrido por la primera planta se pueden observar columnas de piedra de estilo dórico que sostienen columnas de madera de forma octogonal que adornan la segunda planta. Así mismo se aprecian macetas de coloridas flores asentadas sobre soportes de madera colocados sobre cada columna de la parte inferior, para dar mayor calidez al jardín.

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Durante la colonia y a principios de la época republicana, la primera planta era ocupada por los sirvientes; la segunda planta estaba destinada a la familia, y actualmente la exhibición del museo mantiene esta misma lógica. Funcionan en el primer piso la administración, la Sala de próceres, un Salón auditorio de uso múltiple, la Sala de armas y la Sala de imagen institucional. En la planta alta, el visitante recorre la alcoba, una sala de visitas, el salón principal, el oratorio, el comedor, la cocina, un comedor de diario; y atravesando un corredor hacia atrás se llega a un horno de pan y a una bodega.

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Grandes ventanales permiten la vista hacia las calles Sucre y Venezuela. Es una experiencia agradable asomarse al balcón esquinero, que permite una vista privilegiada del corazón mismo del Centro Histórico de Quito donde actualmente se aprecia un intenso movimiento comercial, y que seguramente a finales del siglo XIX también ofrecía una perspectiva cautivadora de la ciudad.

Administrado en la actualidad por el Ministerio de Defensa, el Museo de la Defensa Casa de Sucre tiene su entrada principal sobre la calle Venezuela. Un piso de piedra e incrustaciones de huesos nos reciben. La primera vista que se aprecia, aún desde el exterior, es la de un florido patio en cuyo centro se encuentra una pileta de piedra en forma octogonal.

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Mientras se recorren los pasillos una corriente de aire frío se hace sentir. Se aprecian las anchas paredes que separan las habitaciones del espacio exterior. Poco a poco se descubren los usos que se daba a cada una de las habitaciones que alguna vez albergaron a los miembros de la familia Sucre Carcelén.

Con la adquisición de este inmueble por la Honorable Junta de Defensa Nacional a Doña Carmela Barba Gómez de la Torre, en 1970, la Casa Azul vuelve a vivir y a reconfigurarse como uno de los lugares históricos de la ciudad. Los relatos se centran en explicar cómo habría sido la vida cotidiana al final de la colonia y al principio de la época republicana. Se muestran diversos objetos –desde muebles hasta utensilios- que se usaron en ese tiempo y se describe cómo fueron elaborados y qué utilidad tenían dentro de los hogares quiteños.

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Del trabajo de recuperación de este inmueble se encargó el Arq. Andrés Peñaherrera Matheus, en 1972, sobre la base de una meticulosa investigación de las cartas que Sucre envió a Aguirre para instruirle sobre los arreglos que deseaba hacer en la que sería su residencia.

La restauración concluyó en 1977. Se apegó a una corriente de “arquitectura didáctica” tal como la denomina el teniente Miguel Luna, actual Administrador del Museo, en la cual las vigas y las columnas se han mantenido vistas y los techos descubiertos, con el fin de que los visitantes puedan apreciar en detalle la técnica de construcción utilizada originalmente. Para Luna “en la época de los Marqueses no era así, los techos tenían tol y yeso forjados, pintados y adornados a la usanza de las casas antiguas de mucho lujo”, debido a que su condición era bastante acomodada. “Eran de las familias más pudientes de las que vivían en la Real Audiencia y Presidencia de Quito.”

Un detalle interesante constituye la técnica de construcción de las divisiones de las habitaciones hechas con bareque, y el hecho de que una de estas divisiones era movible con el fin de achicar o agrandar las habitaciones, según lo necesitaban sus usuarios.

Una vez restaurada, la casa fue equipada. Una gran parte de los muebles y enseres que ocupan actualmente sus dependencias pertenecieron a la familia Sucre Carcelén. Sin embargo, existen varias piezas que se incluyeron para recrear el estilo de vida de la época, aunque no fueron propiedad de los habitantes originales. Es así como el Museo Casa de Sucre que inició su funcionamiento oficialmente en mayo de 1978 cumple a cabalidad su objetivo: trasladar a quien lo visita a la época de gloria del héroe venezolano, que amó a Quito como si fuera su propia tierra.

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Aún después de tantos años, la casa continúa transmitiendo un aire de nobleza. Hace falta solamente recorrer rincones como las gradas de piedra que conducen del primero al segundo piso, o contemplar la pileta desde los pasillos altos, para transportarse en el tiempo e imaginar la vida de estos históricos personajes.

El actual Museo Casa de Sucre es el testimonio de cómo quería Sucre pasar el resto de sus días, después de las gestas libertarias de las que fue partícipe. Su objetivo era regresar a su hogar para disfrutar de una vida tranquila al lado de su esposa y su hija Teresa, que nació en 1829.

Lastimosamente sus anhelos no llegaron a cumplirse. Fue en 1828 que Sucre logró pasar un largo período en Ecuador, alternando entre la casa de su suegra, la Casa Azul y la hacienda Chisinche –ubicada a los pies de los Ilinizas-, de propiedad de su esposa. Para finales de 1829, por encargo de Simón Bolívar, Sucre tuvo que dirigirse a Bogotá (Colombia) para participar de las reuniones que buscaban evitar la disolución de la Gran Colombia. Luego de su fracasada misión, para mayo de 1830, inicia su retorno a Quito, pero es emboscado y asesinado el 4 de junio de 1830 en las selvas de Berruecos, en territorio colombiano.

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Transcurrido un año de su muerte, Mariana Carcelén vuelve a casarse con el general Isidoro Barriga. En noviembre de 1931 fallece Teresita, la única hija que Sucre tuvo con la Marquesa, a causa de una fiebre escarlatina. Es así que la casa queda en manos de la viuda de Sucre y de allí es heredada por sus hijos. La casa pasa por un sinnúmero de herencias y ventas, hasta que en 1970 llega a manos de la Honorable Junta de Defensa para su restauración y recuperación.

La memoria histórica de las gestas libertarias regresa a quien recorre el Museo de la Defensa Casa de Sucre. El relato de la cronología de esta casa y de cómo sus más emblemáticos habitantes la ocuparon, llevan al visitante a interesarse por conocer más, no solo sobre las costumbres de la sociedad quiteña de la época, sino sobre la vida y entrega de un estratega político y militar que nos ayudó a conseguir la tan soñada libertad.

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