Por: Álvaro Samaniego

Pasearse por el parque… Está en la cultura occidental que pasearse por un parque sin que le paguen es una falta grave en el uso utilitario del tiempo. Un sendero y los árboles son útiles como escenario para trotar y preparar el cuerpo para dar un uso utilitario al tiempo. El resto va a la columna de pérdidas.

Pero en Asia, sobre todo en los países que han tenido alguna influencia del budismo, la quietud es parte de lo cotidiano: el tiempo es oro en la medida en que se puede usar de acuerdo a sus necesidades, que no necesariamente son monetarias. Eso hacen, miran un paisaje sin más intención que mirarlo.

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Desde hace dos mil años se construye jardines y parques con apego a una estructura conceptual. Es decir, no se amontonan las plantas porque son del mismo color y porque se ajustan a una lógica geométrica, simétrica; hay otras reflexiones que se parecen mucho a los retortijones de las ramas de los matsu: los trazos de la caligrafía de los dioses.

Entre los conocimientos que toman en cuenta los japoneses cuando diseñan un jardín hay uno fundamental: debe ser una composición escénica que reproduzca con la mayor fidelidad el “orden” de la naturaleza. Los diseñadores tienen en cuenta tres ejes clave: es una reproducción de la naturaleza en una escala reducida; cada elemento tiene una simbología clara; y, se construyen escenas que existen en la realidad, las que llaman “vistas prestadas”.

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En el título de esta nota se usa la palabra bonsái. Es una de las tantas palabras importadas de la China y “japonizadas”. Su traducción literal es “naturaleza en bandeja” (en el idioma chino es “cultivo en bandeja”).

La construcción de los jardines japoneses tiene altos niveles de complejidad –no se diga la de los jardines zen- debido a que los elementos tienen significados y, al final, la suma de flores, piedras y cascadas será una narración, la adición coherente de símbolos con el objetivo de contar una historia que no tiene desenlace.

Van unos ejemplos. La arena blanca simboliza la presencia del mar, y las rocas de islas, lo cual es el reconocimiento de que el país es un archipiélago. Por otro lado, las rocas y una manera específica de juntarlas significa que es un lugar habitado por los dioses.

La religión japonesa, el sintoísmo, tiene una conexión fortísima con la naturaleza y es lógico que un árbol puesto aquí, y una flor colocada allá, tengan una motivación mística, pues es parte de los rituales cotidianos. El mundo físico está plagado de deidades, de manera que aquella montaña que se ve desde la carretera en cualquier viaje es sagrada. Los jardines y parques recogen también esa divinidad; pero del tamaño de un bonsái.

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Generalmente, los jardines se dividen en dos tipos: los que tienen colinas y estanque (como el de Hama Rikyu, metido en el corazón del barrio de Shiodome, en Tokio); o los planos, donde no hay ni colinas ni estanques, como el que está junto al santuario de Ginkakuji, uno de las decenas de patrimonios de Kioto.

En el primer caso el jardín sirve para pasear, para ir a través de él. El de Suizenji, construido en el siglo XVII en Kumamoto, permite cruzarse por un templo, luego por un escenario para representar las reglas del tradicional teatro noh, más allá una casa de té, e inclusive hay espacio suficiente para los monumentos de los shogunes que apadrinaron la construcción del jardín.

En el segundo caso sirven para verlos. El del Ryoanji, también en Kioto, es un jardín zen de arena blanca perfectamente peinada que tiene quince piedras reunidas en varios grupos. Fue construido para mirarlo desde el santuario al que está pegado, para meditar con los ojos clavados en semejante simpleza. Es un rectángulo sobre el que se disponen unas islas de rocas. Solamente desde un punto se puede mirar todas y para los turistas es un juego tradicional encontrar este lugar escondido desde donde se puede mirar y contar todas las piedras.

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Evidentemente, la decisión de dónde, cómo, y qué rocas colocar está reservada para monjes que se especializan en hacerlo, a quienes les toma tiempo completar un jardín, que será una especie de puerta para entrar en niveles especiales de meditación.

La diferencia básica con los diseños occidentales es que los japoneses no tienen grandes extensiones cubiertas con césped para que los paseantes se recuesten, coman sus viandas, beban vino y se recompongan con una siesta apacible, acompañados por zumbidos y trinos. Se lo puede hacer también en los japoneses, pero habrá una banca o una glorieta, a lo mejor sitios no tan extensos para tender un mantel. Se servirán las viandas, beberán sake y en vez de recomponerse con una siesta se descompondrán totalmente con más sake.

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Mantener los jardines tradicionales ha sido muy importante. Tokio, esta enorme, monstruosa y amable megalópolis se da el lujo de tener espacios perfectamente sitiados por edificios dentro de los que se halla solaz.

Japón es un país que debe lidiar con los espacios. El 60% del espacio del archipiélago está ocupado por montañas que se quiebran en ángulos imposibles y sobre las cuales solo puede haber árboles. El resto del espacio lo disputan las ciudades y la agricultura. Por eso, tener una casa con un espacio para un jardín es un hecho extraordinario, más aun si consideramos que la vivienda promedio en Tokio mide 47m2.

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En el punto más extremo, si el espacio es muy reducido, siempre habrá sitio para un bonsái, que es la expresión más condensada –y acaso compleja– de la relación de los japoneses con la naturaleza. Si hay más espacio, colocarán un puente, linternas de piedra y probablemente una casa de té, construcción que debe ocupar el lugar más tranquilo del espacio, pues la ceremonia de té, la verdadera, la que dura más de tres horas, demanda de una concentración y de una quietud especiales.

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Pero, en cualquier lugar libre, por pequeño que sea, se tratará de construir un espacio para la naturaleza: un bonsái de jardín. Intentará tener una montaña, un lago, una isla y ninguna geometría. Para la cultura japonesa cada rincón debe generar una sensación de asombro, debe ser una sorpresa. Esa es una de las razones por las cuales prefieren evitar las soluciones simétricas.

El objetivo es estar tranquilo, usar el tiempo en gastarlo sin reparo. Los senderos permiten divisar lugares hermosos, rincones llamativos, y a pesar de que aparentemente se ha dejado para que la naturaleza crezca como a bien tenga, no hay una sola planta que no esté en su lugar por alguna razón.

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Es importante tomar en cuenta que cualquier decisión tiene que considerar las estaciones climáticas. Los jardines son bellos inclusive con ramas peladas y césped amarillo pálido. Por ejemplo, los sakura, árboles de origen nipón, florecen una sola vez al año y por pocos días, y provocan una explosión de alegría entre la gente. Los sakura representan la veneración de lo breve, la adoración de lo efímero. Los brazos de los matsu (pinos) y sus dedos alargados son los primeros en marcar el desorden, en alentar la simetría. Es difícil aburrirse, desde cada sitio se mira “vistas prestadas” diferentes y reconfortantes.

Los japoneses suelen ser muy entregados a sus aficiones. Si tienen un jardín le dedicarán tiempo todos los días para mantenerlo lo más bonito posible, o, en otros casos, tendrán un jardinero que normalmente dedicará toda su vida a mantenerlo. Hay un acuerdo implícito de fidelidad entre jardín y jardinero. Nunca un jardín japonés dejará de sorprender.

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