María Fernanda Mantilla y Manuela Cobo Mantilla
CUMBAYÁ

Por: Caridad Vela
Diciembre 2013, Enero 2014
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María Fernanda Mantilla y Manuela Cobo Mantilla. Estilista: Gabriela Rocha 0987499781

Un descendiente camino adoquinado nos lleva a la puerta de la nueva casa de María Fernanda Mantilla. La mudanza se dio hace apenas 15 días y nos sorprende la perfección de cada ambiente. Los muebles grandes son el núcleo desde el cual cada detalle se despliega a su alrededor, como átomo que le pertenece por la armonía que genera, pero con total independencia y personalidad propia.

El blanco es dominante, la luz natural penetra por enormes ventanales de doble altura, bañando el área social con una impresionante sucesión de sol y sombra. No logro caminar continuo, cada elemento decorativo me obliga a un andar pausado. La arquitectura moderna, de líneas rectas con toques de ladrillo visto, se funde en un eclecticismo impresionante con la decoración lograda, donde cada elemento cuenta la historia de las generaciones a las que sirvió.

Con el cariño de siempre, los Cobo Mantilla nos abren las puertas de su casa. Un mágico lugar donde la vida que se expresa es el fiel reflejo de quienes la habitan. Con un delicioso café en mano, conversamos con María Fernanda y su hija Manuela.









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Queríamos paz y tranquilidad, queríamos una casa de líneas rectas, limpias, con mucha luz; donde pueda plasmar mi personalidad en la decoración e impregnar nuestra esencia en ella

 

María Fernanda, ¿una nueva mudanza?

Sí, han sido tantas que parecería que me gustaran. En esta ocasión se dio por la necesidad de buscar una casa del tamaño adecuado al momento que Carlos Manuel y yo estamos viviendo. Mi madre, quien vivía con nosotros desde que enfermó, falleció este año; y Manuela se mudó a un departamento. Nuestra casa fue construida por Marcelo Banderas, y fue ideal mientras estábamos todos juntos. El ir y venir de gente la hacía muy alegre, pero terminó siendo demasiado grande para dos personas. A pesar de que era realmente preciosa, tomamos la decisión de venderla.

¿Esa casa era en Cumbayá?

Sí, en la urbanización que se construyó donde fue la casa de los padres de Javier Pérez. Fue la casa de mis sueños, pero por las circunstancias que mencioné, la disfrutamos solamente un año y medio. Siempre la describo como una vitrina, con ventanales desde donde se apreciaba un jardín poblado de árboles antiguos, originales del terreno, que invadían visualmente el interior de la casa. El portón era enorme, con una puerta muy moderna inspirada en una de telenovela brasilera, con cascadas desde la entrada y fuentes de agua. La pusimos a la venta, y la primera persona que la visitó se enloqueció por ella y la compró al instante.






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¿Encontrar casa para mudarse fue fácil?

En realidad fue difícil. Hemos vivido 14 años en Cumbayá y decidimos no regresar a Quito. Busqué mucho en internet, hablé con corredoras de inmuebles, pero no encontré nada que tenga el estilo que nos gusta. En Cumbayá todas las casas exageran en el uso de madera y tienen arquitecturas adornadas. Las urbanizaciones, como es lógico, tienen familias con niños y nosotros ya no estamos para eso. Queríamos paz y tranquilidad, queríamos una casa de líneas rectas, limpias, con mucha luz; donde pueda plasmar mi personalidad en la decoración e impregnar nuestra esencia en ella.

Por tu evidente buen gusto, muchos se preguntan si eres decoradora…

No, para nada. Me hubiera encantado, pero me casé tan joven, a los 16 años, que no tuve oportunidad de dedicarme a ello. Luego me divorcié y crié a mis hijos sola. Ellos llenaban mi día. Pasan los años y conozco a Carlos Manuel, más tarde nos casamos y tuvimos a Manuela cuando yo tenía ya 40 años. Las circunstancias de la vida se encargaron de truncar mi intención de estudiar interiorismo, pero me dio a mis fantásticos hijos a cambio, y lo que me apasiona lo practico a nivel de aficionada. Soy autodidacta, lo mío es aprendizaje de vida, experimentado y aplicado en todas las casas en las que he vivido. En mis ratos libres leo revistas de decoración y navego incansablemente en internet alimentando mi creatividad.

¿Esa creatividad alimenta tu estilo?

Sí, tengo muy claro lo que me gusta pero siempre estoy abierta a nuevas ideas. Las casas en las que he vivido tienen al blanco como color principal, matizado con pinceladas de otros colores o tonalidades que primero experimento en mi imaginación. Una suite en la que vivimos transitoriamente la decoré en combinaciones de blanco con negro, opuestos extremos. La gente que nos visitaba decía sentirse en una suite en New York.

¿Te gustan las modas?

No temo usar lo que está de moda en accesorios, como cojines por ejemplo, por la facilidad de re tapizarlos cuando ya no surten el impacto inicial. Mezclo texturas, combino adornos de diferentes épocas, adapto y reciclo para generar espacios muy propios.

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Guardo para reciclar. Por ejemplo, la mesa del comedor es nueva, pero el detalle está en las sillas antiguas, que fueron de mi madre, que las limpié y patiné personalmente

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Si la suerte me acompaña, el próximo año me iré a Barcelona para completar mis estudios con una Maestría en Arquitectura Paisajista, pues el diseño urbano se complementa con el paisaje

¿Eres partidaria de alguna tendencia?

No en particular, pero el minimalismo simplemente no va conmigo. Cuando estoy en una casa minimalista siento que la ausencia de elementos es tan evidente que parecería que los ambientes no se completaron. Tampoco me gusta lo recargado, pero un término medio que sea estético y a la vez funcional, puede ser perfecto si se lo hace con criterio. Soy más bien ecléctica, me gusta romper paradigmas al combinar elementos.

¿Descríbeme ese eclecticismo en tu casa actual?

En esta casa de arquitectura muy moderna, he colocado al ingreso una mesa con mármol, estilo francés antigua, escoltada por dos soldados traídos de India por mi hermana Carla cuando tenía su almacén Paladium. Si miras alrededor te topas con platería mexicana y peruana; con otros elementos ingleses, egipcios, españoles y también ecuatorianos. No sólo hay mezcla de nacionalidades, sino también de épocas y materiales. Cada uno está en el lugar donde debe estar, aunque no por mucho tiempo pues mi decoración no es estática; a menudo cambio ubicaciones, colores y tapices, creando ambientes que mantienen armonía en una nueva presentación.

¿Cómo sabes que es hora de cambiar los ambientes?

Vivo cada ambiente mientras imagino el siguiente. Eso lo aprendí de mi madre, Lila Hurtado de Mantilla Ortega, una mujer muy bella y elegante que constantemente traía muestras de tela a la casa. Las ponía sobre los muebles para “vivirlas” durante varios días antes de decidir si servían o no. En su época no había decoradores profesionales, y ella logró decoraciones que la gente admiraba, con creatividad e imaginación, por su enorme sensibilidad estética. Su casa siempre fue un hogar que reflejó paz, armonía y energía positiva.

¿Reciclas muebles?

Soy una persona que guarda cosas y a pesar de que en la familia me critican, siempre terminan usando objetos de mis bodegas. Tengo antigüedades maravillosas que hoy no las ves porque no hay espacio para todas, pero probablemente en tu próxima visita estarán por aquí. Guardo para reciclar. Por ejemplo, la mesa del comedor es nueva, pero el detalle está en las sillas antiguas, que fueron de mi madre, que las limpié y patiné personalmente. Ahora estoy investigando cómo pintar alfombras, pues tengo unas de pelo acrílico que quiero reciclar para la hacienda.

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¿Alguna premisa que siempre se mantenga?

Tener mente abierta para escuchar, percibir, y decidir. Dos grandes amigos han sido una especie de maestros conmigo. He aprendido mucho de ellos. Me refiero a Felipe Londoño y Fernando Albornoz. Uno de los consejos de Felipe que siempre aplico es mantener un ingreso que llame la atención por sí solo, sin develar totalmente lo que viene por delante, y que a partir de ahí los ambientes se presenten sucesivamente, sorprendiendo cada uno por algo específico. Fernando nunca dejó de sorprenderme con sus creaciones. En un departamento en el que viví, se empeñó en colocar vidrios oscuros a la entrada, a pesar de que no era lo mío, y los complementó con cadenas doradas que sostenían unos maravillosos mapas antiguos que tengo. El efecto era un espectáculo, la entrada existía por sí misma, sin anticipar lo que vendría más adelante.

¿Los elementos decorativos que tienes en tu casa son heredados?

Tengo mucha herencia de mi madre y de su familia, que son originarios de México, pero ya es bastante lo que he repartido entre mis hijos. Me he quedado exclusivamente con aquello que funciona en los ambientes de mi casa. Los candelabros y arañas son de ella, y más que por su antigüedad, los aprecio por su valor sentimental. Los he usado siempre, de formas muy variadas. Las arañas lucían espectaculares en la casa de Gina Moreno que arrendamos durante un tiempo. Las coloqué en las esquinas, y los techos eran tan altos que lucían todo su esplendor.

¿En cuántas casas has vivido?

Lamentablemente en demasiadas. No me gustan las mudanzas, pero me encanta decorar una casa nueva. Es como un lienzo en blanco… Con tanto cambio de casa soy experta en mudanzas. Sé dónde venden los cartones reciclados, las bolitas de espumaflex, el plástico con burbujas y todo lo necesario para que nada se dañe.

¿Esta casa es arrendada?

Sí, está en una urbanización familiar de Jaime Miranda, la hemos arrendado a su hijo que está fuera del país. Será nuestro hogar por uno o dos años, hasta que él y su esposa regresen, y mientras tanto la disfrutaremos mucho. Luego ya se verá. Con anticipación iniciaré una nueva búsqueda, preferiblemente de casa porque nos gusta la independencia y el jardín privado, pero si la suerte nos pone un departamento por delante, seremos felices en él.

Los cuadros en la pared de la sala, ¿los pintaste tú?

Hace 15 años empecé a pintar. Me gusta mezclar paleta y pincel fino. Dos de esos cuadros son de mi autoría y reflejan una visión que tuve en una sesión de meditación con Antonia Kakabadse. Fue tan profunda la meditación que sentí estar dormida, y en mi sueño monté una gaviota que aterrizó en una isla con palmeras, agua cristalina y cielo muy azul, con un lago cerca. Me vi sentada frente al lago, junto a mi maestro –o mi ángel guardián, como quieras llamarlo- y conversamos por largas horas. Esto fue lo que representé en esos dos cuadros, pero me falta el tercero, que también es parte de la visión que tuve aquel día. La mantengo en secreto hasta materializarla en un lienzo.

¿Qué te da la meditación?

Paz. Es intimidar con tu propia conciencia, con el Dios que vive dentro de ti. Es claridad, es fuerza para eliminar miedos, es libertad y transparencia para entender tu vida y trazar la línea que has de seguir.

 

Continuamos nuestra conversación con Manuela Cobo, joven profesional con un futuro prometedor.

Manuela, sé que te graduaste hace poco, ¿siempre quisiste ser arquitecta?

No, pero la verdad es que siempre he sido muy creativa. Me encanta el arte, la fotografía, la pintura y pensé que en la universidad hubiera seguido en esa línea. Inicialmente me incliné por estudiar diseño de interiores, pero quería algo que abarque más, que tenga mayor repercusión y trascendencia. Temía estudiar arquitectura por el mito de que involucra demasiadas matemáticas y esa no es una de mis habilidades.

¿Qué te hizo tomar la decisión?

En la Universidad San Francisco, donde estudié, el primer año tomé materias de artes liberales, y mientras lo hacía empecé a investigar en la Facultad de Arquitectura. Hablé con alumnos y profesores, revisé el pensum de estudios y lo decidí. El apoyo de mis padres fue fundamental, porque la decisión involucraba algo de temor, pero ha sido la mejor que he tomado en la vida. Es una carrera muy sacrificada en la que te amaneces varias noches haciendo maquetas o aprendiendo a usar programas de computación por tu cuenta, pero la satisfacción vale la pena. Después de tres noches sin dormir, al cuarto amanecer ves materializado el producto que imaginaste, y esa sensación es fantástica.

¿Con qué estilo de arquitectura te identificas?

Me gradué hace seis meses, y aunque es pronto para afirmarlo, prefiero la arquitectura moderna, que no es lo mismo que minimalista. Me gusta dar alegría a los ambientes con toques de color, algo que he aprendido de mi madre porque hace maravillas con la cromática y las texturas. Así logro combinar mi profesión de arquitecta con la habilidad en diseño interior que heredé de ella.

¿Estás trabajando?

Estoy trabajando en la Oficina de Diseño del Arq. Lucas Correa. El nombre del estudio es genérico, pero es precisamente eso lo que buscamos transmitir porque no nos encasillamos solamente en un concepto, sino que abarcamos arquitectura, urbanismo y paisajismo. Lucas es un gran profesional, con Maestría en Harvard University, que ha acumulado valiosa experiencia alrededor del mundo. Soy muy afortunada de poder aprender de él, es como tener al mejor maestro dedicado a enseñarme y a sacar lo mejor de mí.

¿Qué buscas lograr con tu profesión?

Hace un año asistí a un taller internacional de arquitectura en Cartagena, Colombia, y viví en el corazón de su centro histórico. La vida de la gente transcurre en las aceras, en los parques y plazas, en comunidad. La sensación de vivir así me hizo apreciar aún más esa realidad urbana, muy contraria a la burbuja que vivimos en Quito, atrapados en un automóvil, sin contacto con nadie. Debemos generar espacios donde la gente interactúe y disfrute el aire puro, donde haya vida de ciudad y sensación de pertenencia, donde caminemos distancias mayores a las que existen entre el estacionamiento y la puerta del lugar a donde vas. La falta de seguridad deja de ser un problema cuando las veredas están llenas de gente, y sucede lo contrario cuando están abandonadas.

¿Vives en Quito?

No, vivo en un departamento en Cumbayá. Aquí la gente camina, hay vida de calle e interacción social al menos durante los fines de semana. La mayoría de gente sale en auto, pero lo estaciona en algún lugar y lo demás lo hace a pie. Tenemos la fortuna de tener El Chaquiñán que convoca a chicos y grandes y eso impregna al entorno con un ambiente familiar, amigable, muy de comunidad.

¿Qué viene por delante?

Si la suerte me acompaña, el próximo año me iré a Barcelona, España, para completar mis estudios con una Maestría en Arquitectura Paisajista, pues el diseño urbano se completa con el paisaje. Si las áreas verdes de tu ciudad están bien cuidadas, con plantas y árboles, la gente se conecta e interactúa en estos espacios. Tengo mucha ilusión de vivir en Barcelona, pero más ilusión tengo de regresar a Ecuador a entregar mi aporte para generar un cambio. Somos la generación del cambio, y como tal, debemos actuar.

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