Por: Lorena Ballesteros
Febrero-marzo, 2013

Verenice y Pablo Guayasamín

Oswaldo Guayasamín sigue vivo. Su talento artístico se ha perpetuado a través de su obra. Su intención de hacer que la humanidad reflexione sobre sus actos se incita en la Capilla del Hombre. Y su espíritu, la cotidianidad de su existencia, rondan por los pasillos y rincones de la última casa donde vivió. Ubicada en el barrio de Bellavista, en esta residencia también estuvo su taller, donde se inspiró durante 20 años y que ahora abre sus puertas para convertirse en la Casa Museo Guayasamín.
De hecho, ese fue el sueño del artista y con ese propósito la construyó en 1976. Tres años más tarde (1979) se mudó allí con su tercera esposa Helena Heryes. “Mi padre quería que su casa se abriera como museo para que la sociedad pudiera mirar la riqueza cultural que logró reunir durante 80 años de vida. Ese fue su acto de desprendimiento”, señala Pablo Guayasamín Monteverde, Presidente Ejecutivo de la Fundación Guayasamín y el segundo hijo del primer matrimonio del Maestro, con Maruja Monteverde.
El legado cultural que ha dejado el artista es invaluable. Colecciones de arte colonial del siglo XVI, 9.000 piezas de arte precolombino, grabados de Goya, obras de Miró, Marc Chagall, Montesinos y Picasso. Se dice que la Casa Museo puede ser recorrida en visitas guiadas que duran 45 minutos, pero es un lugar donde se podría ir al vaivén del arte y la mística una mañana entera, dejando para la tarde la visita a la Capilla del Hombre, conectada a la residencia.

Pablo Guayasamín Monteverde, Presidente Ejecutivo de la Fundación Guayasamín

Un día entero podría ser apenas justo para aprender sobre la vida y obra del artista.

Aunque a Guayasamín le hubiera encantado que la Capilla del Hombre –inaugurada en el 2002– y la Casa Museo, abrieran sus puertas al público al mismo tiempo, la tarea para abrir la Casa Museo tomó 13 años. Una serie de juicios y litigios entre los Guayasamín Monteverde y las Guayasamín Deperon pospusieron el objetivo. El artista estuvo casado tres veces y en total tuvo siete hijos (fruto del primero y segundo matrimonio). De Maruja Monteverde nacieron Saskia, Pablo, Cristóbal y Verenice. Luego se casó con Luce Deperon y tuvo a Shirma, Dayuma y Yanara.

Finalmente, los problemas quedaron atrás y ahora Pablo y Verenice Guayasamín se enorgullecen de haber alcanzado otra de las metas de su padre: abrir la casa que guarda el corazón y alma de Guayasamín. “Nosotros veníamos aquí permanentemente, por proyectos de trabajo, para verle pintar y compartir con él. Era un hombre maravilloso, dedicado a su arte. Su mensaje estuvo siempre a favor del ser humano”, agrega Pablo.

Ninguno de sus hijos habitó en esa casa. Fue con su última esposa, Helena con quien materializó la idea.

Habitación de Oswaldo Guayasamín

En el salón principal se despliega una larga mesa de comedor de madera para sentar a más de 20 personas.

Ambos opinaron en cómo debería ser para que luego se pudiera convertir en un museo. La ejecución y diseño del proyecto estuvo a cargo de su hermano, el arquitecto Gustavo Guayasamín, quien plasmó en la obra las ideas que Oswaldo aportó durante la ejecución. Durante los tres años de construcción se cuidó hasta el último detalle. Cada piedra, cada espacio, tenían un propósito. El artista asumió el rol de constructor, o quizá de una especie de maestro mayor. Finalmente esta sería una de sus más grandes y queridas obras.

Verenice apoyada a un piano de cola de Petrof traído de Checoslovaquia.

No en vano, desde la entrada es perceptible una sensación mágica. Por un momento se deja de lado el tráfico de Quito y se respira aire puro. El Parque Metropolitano, uno de los pulmones de la capital se encuentra a pocos metros de distancia. Un portón de madera da la bienvenida al que fue el hogar del artista ecuatoriano. Piedra, madera y jardines muy bien cuidados son elementos básicos del lugar. Tras ingresar por la puerta exterior se vislumbra una suerte de patio interno con varias mesas, como si estuvieran preparadas para una recepción. Ese siempre fue el espíritu de la casa: recibir visitas.
Alrededor de ese patio hay varias puertas, una de ellas, la principal, da entrada a un gran salón. Sin embargo, ahora que funciona como museo el acceso está dispuesto por un costado. Merece señalar que, la casa no ha tenido cambios estructurales. La idea es que se mantenga casi exacta a cuando el pintor vivía en ella.

“Se han tumbado muy pocas paredes. Todo lo que está en la primera planta se mantiene intacto”, comenta Verenice Guayasamín. Y tan intacto está que en la habitación del artista se conservan las últimas sábanas que vistieron su cama, su armario tal cual lo dejó, incluso en el taller están sus pinturas y materiales de trabajo, como si en cualquier momento fuera a sentarse a dibujar.

“En la planta baja sí se hicieron algunos cambios, antes había un sauna, jacuzzi, vestidores, un lugar para masajes y se encontraba la lavandería. Ahora, ese espacio se aprovechó para ubicar dos tiendas: la joyería y una de obra gráfica”, agrega Verenice. También se ha dispuesto la sala Maruja Monteverde para exhibir permanentemente la obra de Guayasamín.
Uno de los lugares más sorprendentes y enriquecedores es el salón principal. Allí se despliega una larga mesa de comedor de madera (diseñada por el pintor) en la cual se podían sentar más de 20 personas. Junto al comedor, en un piso a desnivel, se encuentra una especie de altar con maravillosas obras de arte colonial de la Escuela Quiteña. Cualquiera pensaría que Guayasamín era católico, pero él simplemente era un amante del arte. No creía en dioses, sino en el hombre con todos sus defectos y virtudes.
A un costado se puede apreciar un hermoso piano de cola. De esos que se ven en los recitales. Se trata nada menos que de un Petrof traído de Checoslovaquia. Aunque Guayasamín nunca tocó el piano, fue una de sus grandes frustraciones y le encantaba que sus invitados se sentaran a tocar.

La música era un elemento fundamental en su vida, Verenice recuerda con nostalgia los Conciertos de Bellavista. “Se quitaba la mesa del comedor y en su lugar se colocaban sillas y se daban conciertos para los invitados”, señala. Eso es algo que los Guayasamín Monteverde pretenden rescatar y en poco tiempo se volverá a escuchar música en la Casa Museo.

La residencia fue testigo de visitas de varias personalidades. A su inauguración acudió el ex presidente Jaime Roldós, tanto le impactó la casa que le propuso a Guayasamín que se la vendiera al Estado para que allí fuera la residencia del Presidente de la República.

Por esos pasillos también desfilaron Gabriel García Márquez, Francois y Danielle Mitterrand, Adolfo Pérez Esquivel, Rigoberta Menchú, Eduardo Galeano, Luis María Ansón y por su puesto su amigo cercano Fidel Castro. De hecho, Castro celebró su cumpleaños número 72 en la casa de Guayasamín. Cuentan que aquel día se cocinó un pastel del tamaño de la mesa, lleno de velas. El presidente cubano debió dar la vuelta por todo el comedor para soplar cada una de ellas.

Árbol donde se encuentran los restos del Maestro.

Lo curioso es que aunque la inmensa propiedad tiene 3.000m2 de construcción y 5.000m2 de terreno, solo cuenta con una habitación; la de Oswaldo Guayasamín. En ese entonces sus hijos ya eran grandes y tenían su vida hecha. Así que en el diseño solo se tomó en cuenta un dormitorio amplio y funcional. Junto a él se encuentra un escritorio, donde se dice que el artista escribía de espaldas a un hermoso ventanal. Cuando buscaba inspiración o necesitaba relajarse se volvía para mirar el paisaje quiteño, su predilecto. Tanta fascinación tenía por su ciudad que pintó cientos de cuadros de Quito. Cada uno era distinto, todo dependía de su estado de ánimo y de su apreciación. Incluso en su baño se despliega un hermoso ventanal que se aprecia desde la ducha, desde el que se admira la vegetación del bosque.
Claro que la casa sí contaba con espacio para sus huéspedes. Fuera de la casa, alrededor del patio interno se construyeron pequeños “departamentos” con todo lo necesario para sus visitas. Ahora son las oficinas de la Fundación y la Casa Museo.

Lo asombroso de la visita –además de la majestuosidad de la casa- es la serie de recuerdos que encierra. Las paredes, plagadas de obras de los artistas más reconocidos, los baúles tallados, una serie de campanas de distintos tamaños y materiales… todo tiene una historia. Por eso, para Verenice volver a la casa de su padre ha sido un soplo de aire fresco para

su corazón. Es como si hubiera sido ayer que visitaba esa residencia diariamente para asegurarse de que siempre hubiera flores, de que todo esté en orden, de que los invitados estuvieran a gusto. Ahora su propósito es muy similar y eso le llena completamente.

Seguramente Verenice fue de las consentidas de Guayasamín. Se lo percibe en sus ojos, que se iluminan cada vez que habla de su padre, y se evidencia también en el último cuadro que el artista le retrató, que se encuentra intacto en un caballete en su taller junto al que le hizo a su entrañable amigo Jorge Enrique Adoum. Y es que esa es la magia de recorrer la Casa Museo, sentir los pálpitos del pasado, de un legado, de un símbolo ecuatoriano que aunque se fue hace 13 años vive a través de su obra y de sus seres queridos.

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