Por: Caridad Vela
Mayo -Junio, 2012
Nada más grato e interesante que una tarde en casa con Cristina Rodas. Mujer polifacética que mantiene su rol de madre, esposa, amiga, empresaria. artista y teatrera, con tal autenticidad que es obvio que nació para ser todo eso. Una envoltura con varias aristas: certezas y cuestionamientos tan afines como contradictorios; seguridad en sí misma y en su constante proceso de cambio; lenguaje verbal y corporal que se conjuga para expresar todo esto simultáneamente.

Así es ella. Una mujer sencilla que al recibirnos en su casa nos abraza con su sonrisa. Al abrir el portón de entrada se despliega ante nosotros el verdor del jardín que acoge una casa algo introvertida hacia el frente, que se muestra abierta hacia el horizonte que se dibuja en la parte posterior.

El arte inunda la casa Salazar-Rodas no sólo en el marco de lo que a decoración se refiere, sino también en la personalidad de nuestra entrevistada y sus hijos. María José, joven adolescente, es una reconocida cantante de mirada fija y objetivos claros. Matías, a sus cortos 9 años, despliega el capote de torear con arte y naturalidad. Esa sensibilidad no se adquiere, se hereda, y en esta familia esa herencia tiene peso.

Cristina y Juan Fernando, su marido, buscaban un terreno que cumpla dos requisitos básicos para empezar la construcción de su casa. Él tenía en mente un pedazo de tierra inundado de naturaleza, con enormes árboles que atestigüen un pasado con historia, sentido y personalidad. Ella buscaba un lugar con vista infinita, abierto al entorno, donde pueda disfrutar de distintos paisajes a cada hora del día.

El concepto inicial era una construcción pequeña, simple, de adobe; una casa sana, pura, casi hecha a cuatro manos por sus propietarios. Pasado un corto período, la realidad chocó con el romanticismo y, sin buscarlo, el Arq. Handel Guayasamín, apareció ante ellos para materializar lo que terminó siendo su hogar.

Cristina comenta que conocía a Handel desde hacía muchos años, a través de su amiga, Mónica Moreira. A pesar de que no estaban en búsqueda de un arquitecto para la casa, se lo había comentado a Juan Fernando y, por esas casualidades de la vida, coincidieron con él en una reunión social. Hubo sinergia inmediata y muy pronto Handel empezó con el diseño arquitectónico de la casa.

Se siente la personalidad de Cristina impregnada en su hogar, y así me lo confirma ella. “Tengo terror a la tristeza, lo último que quería era una casa obscura y sin vista, casi que la hubiera hecho totalmente transparente, con los mínimos muros posibles”. Esa apertura donde la vista es libre, es evidente en la parte posterior de la casa que se abre generosa a un verdor indescriptible. Confiesa, sin embargo que en principio esa era su única duda al contratar al Arq. Guayasamín quien “gusta de espacios cerrados”.

“Invito cada día a la naturaleza a formar parte de mi vida”, nos cuenta. “La lluvia de esta época nos da un jardín verde, con olor a frescura. En épocas secas, el color se vuelve pajizo y su brillo es diferente a la luz del sol. Cuando las plantas están en flor siento una primavera emocional. La naturaleza me transmite su energía y vamos de la mano en los cambios que busco en mi vida”. Su contacto con ella trasciende de lo físico y afecta a todos los sentidos. Es esa renovación que forma parte de lo cambiante de su diario vivir.

El agua en movimiento es otra constante en la arquitectura de esta casa, tanto en interiores cuanto en exteriores. “El agua es un factor fundamental en mi vida. La sensación de movimiento, sentir que el agua golpea al caer y escuchar el sonido que hace al correr es lo más relajante que hay. No me gusta el agua estancada, la tolero solamente en la piscina porque cumple una función al estar en quietud. El agua es un elemento natural, vivo, y como tal, debe tener libertad de abrir su camino, de reinventar su curso a su antojo”.
Reinventarse. Interesante tema para adentrarnos más en los recovecos, no solo de su casa, sino de su personalidad. Me aventuro a ir por ahí. ¿Por qué la necesidad de reinventarse?

“Porque la quietud me provoca desesperación, es un estado que solamente disfruto cuando llego a él por cansancio”, me dice con intensidad. “De esa desesperación surge mi necesidad de estar en constante movimiento, físico y mental. Puedo no mover el cuerpo por mucho tiempo, pero mi mente y mi espíritu están activos, siempre buscando, creando, inventando, rehaciendo, imaginando. Sólo ahí disfruto de la quietud. Quisiera ser agua quieta en algún momento, pero la quietud me agobia brutalmente después.”

Es en su rol como teatrera cuando ella se siente más a gusto. “Soy más libre. Tanto así que quisiera siempre actuar, desempeñar muchísimos personajes más. Cuando actúo me libero de todo convencionalismo, porque finalmente no soy yo, sino otra persona, y esa persona no debe nada a nadie, no tiene una sociedad con la que cumplir, no tiene un entorno en el que debe caber; su permanencia dura el tiempo que la obra está en escena.”

Me deja sentir que hay ataduras que la incomodan y cuando lo menciono me da la razón. “Creo que mi mayor atadura es mental. Son mis propios límites y mi autocensura lo que me molesta. Noto que con el pasar de los años tengo más miedo al juicio de la gente y la percepción que tienen de lo que soy y lo que hago. No soy anarquista, respeto los convencionalismos porque ser parte de una sociedad implica ciertas actitudes. En realidad, mi confrontación interna surge cuando la vida me abstrae de mi concepto de libertad para colocarme en un ambiente más formal, más normado, del que estoy acostumbrada”.

“En mi mundo hablo y siento con libertad. Probar cosas nuevas es la ilusión que me motiva. Quiero entender y conocer todo en carne propia. Soy el cúmulo de mis días, de aciertos y errores, de vivencias gratas y tristes. Soy de mente liberal, no soy liberada, hay un abismo de diferencia. No juzgo  a las personas por su actitud, su religión o preferencia sexual. Por el contrario, me gusta conocer gente diferente, no convencional, auténtica. Creo que hace falta mucho amor y bondad en el mundo. Las religiones lo pregonan, pero parecería que sus seguidores no han entendido el verdadero significado.”

¿Cuándo reza, a quién lo hace?, le pregunto. “Nací en el catolicismo”, me responde, hay mucho arte religioso en la decoración de la casa “pero rezo a Dios, al sol, a la luna, las estrellas y a todos los dioses de otras religiones que conozco. ¡Tienen tanta fuerza! Soy diferente, no me hago problema, recurro a todas en momentos de necesidad, esa es mi manera de ver la religión y tiene mucho valor para mí.”

La última frase me llama la atención, varios Cristos en la cruz adornan una pared, cuadros de motivos religiosos se encuentran por doquier, vírgenes y santos reposan sobre las mesas… ¿Estos objetos que tiene en su casa son parte de ese sentir religioso?, le pregunto. “No”, me dice rápidamente. “Llevo a todos mis dioses en el corazón, no en figuras o pinturas. Mis dioses son alegres, buenos y sabios, si bien hubo drama y dolor en sus vidas, no es ese el estado en el que me los imagino. El amor por el arte religioso viene por el lado de mi esposo. Son objetos coleccionados a lo largo de su vida, antigüedades que apreciamos más por arte que por religión”.

¿Cómo expresa su religión? “Yo creo en el amor de verdad; en el amor hacia todo lo que hacemos; en el amor como expresión de solidaridad; todo lo que es hecho en pos del amor es bueno para el prójimo y para uno mismo. El amor es lo que se expresa a través de la religión, cualquiera que esta sea. El amor es bondad… ¿no es eso religión?”

Continuamos descubriendo la casa, el arte taurino es otro determinante en la decoración. En el patio delantero, una escultura de toro a tamaño real da la bienvenida. En otro sector hay una puerta de altura sobredimensionada. No es la altura lo que me atrae, es la forma y el material del que está hecha. Es igual a las puertas de los corrales, chiqueros y puertas de la Plaza de Toros Quito que, como el lector sabrá, las conozco como la palma de mi mano. Aquí huele a arte puro, del bueno, del que tiene casta, valor y pureza, me anticipo a decir…

Cristina sale al paso de mi comentario con una larga cambiada. No habla de la actividad taurina sino de cómo la vida del toro bravo y el torero valiente cambiaron parámetros mentales que los tenía escritos en piedra. “Lo que más valoro del tema taurino es que me abrió la mente. Yo era muy cerrada, anti taurina al extremo, peleadora y opuesta como la que más. Lo primero que sucedió cuando conocí a Juan Fernando es que rompió esquemas en mi vida, nada es más fascinante que alguien te insista a mirar más allá de lo evidente y logre transmitir lo que es sentir distinto. Eso me encantó de él.”

“De su mano descubrí la faceta artística del mundo taurino. Aprendí a apreciarlo y a hacerlo parte de mi vida”, continúa. “Pienso que es una de las manifestaciones sociales donde más arte se encuentra. La pasión tiene más fuerza, la gente del toro la vive de una manera única tanto dentro del ruedo como fuera de él. Todo se envuelve de una mística muy especial, casi religiosa, donde hay protagonistas que expresan sentimientos en su manera de torear, de andar, de cantar, bailar y declamar. La fiesta del toro, el arte taurino, se vive en las calles, en los museos, en las plazas y en las casas de la gente. Al apreciar este arte en su verdadera dimensión mi mente se abrió a un mundo que estaba ahí para ser explorado. Lo hice, y una vez más, disfruté de haber roto otro paradigma en mi vida.”

De toros podríamos hablar muy largo, pero decido dejar el tema para volver a la razón de ser de esta entrevista. ¿Cuéntame la historia de las piedras que están en este patio? Noto un dejo de nostalgia en su mirada… “El proceso de construir esta casa fue tan lindo”, me dice. “Las piedras que están en el piso de este patio son piedras de molino, traídas desde muy lejos. Muchas de las piedras de las paredes vinieron de la hacienda La Cocha, en algunas grietas tenemos incrustados los cuarzos que trajimos de Machu Pichu. En el fondo hay una pila bautismal muy antigua, en ella bautizamos a Matías hace nueve años.”

Recuerdo ese día, fue una mañana de fantástico clima. “La casa estaba vestida de fiesta, los amigos estaban con nosotros. Llegó Monseñor Luna para oficiar la ceremonia y nos percatamos de que no había traído agua bendita. Miró la pila bautismal en medio del agua que caía a su alrededor y dijo “no hay agua más bendita que esta”. Con ella bautizó a mi hijo. Había unas pocas ramas que flotaban en el estanque. Las guardé. Estuvieron ahí por alguna razón natural, nadie las puso. Llamaron tanto mi atención durante toda la ceremonia que las consideré de buen augurio. Hoy las conservo en un jarrón, el pasar del tiempo no las ha tocado, se mantienen intactas y traen energía y buena vibración a la familia.

Noto que es su lugar preferido de la casa y continúo por ahí, indagando sobre los cuarzos. “Machu Picchu es un lugar que encierra tanta energía y emoción que sentí la obligación de traer esos cuarzos para tenerlos cerca. Quería esa energía renovadora siempre en mi casa. Ese patio semi-interior es un lugar muy especial, tiene agua en movimiento, la grandeza de la piedra, transparencia hacia el cielo, vegetación, enormes ventanales, paz… mucha paz”.

Retomo el inicio de nuestra conversación, cuando me habló de que imaginó una casa pequeña, y le pregunto si está contenta con la casa que finalmente es. “Terminó siendo más de lo que había pensado, esto no alcanzaba en mi imaginación. Tenemos recovecos al mismo tiempo que áreas muy amplias, grandes alturas, zonas para compartir y otras para disfrutar en intimidad. Ahí, en la mezcla, está el gusto de los dos”, explica. “Juan Fernando siempre pensaba en las alturas, en algo más imponente; yo creo mis pequeños espacios dentro de esa grandeza. Mi estudio es mi espacio íntimo, ahí pienso, me inspiro, trabajo. Una de las cosas que lamento después de haber vivido estos espacios es que, como en todas las casas, los mejores lugares están en el área social, donde nunca estás en el día a día. Si volvería a empezar, el patio del agua y las piedras lo pondría junto a mi cuarto, no junto a la sala.”
Cristina me comenta que al iniciar la construcción de la casa, muchos amigos le advirtieron de que era el primer paso para las calamidades matrimoniales. Todos, o casi todos, habían tenido peleas y discrepancias fuertes a la hora de decidir tamaños, formas, acabados, etc. Para los Salazar-Rodas fue totalmente lo contrario. En este proceso encontraron todo lo que tenían en común y compartían como personas individuales. Mucho respeto, identidad estética unificada y sensibilidades similares, a pesar de que sus antecedentes eran completamente distintos.
 Ella, producto de una vida atada al arte y a la libertad que se ocupó de crear ambientes sanos, con amplios ventanales por donde entre el sol y se aprecie la lluvia. Él perteneciente al mundo corporativo, hombre de empresa; su preocupación estaba en la volumetría, en el grosor de las paredes, en la doble altura. “Fue un año entero de un trabajo bellísimo y muy especial”, recuerda Cristina. “Pasaba aquí todos los días, mirando y soñando, hasta que fue una realidad”.

Su manera de ser es tan cambiante que pasa de la alegría a la nostalgia, de la mirada retrospectiva a la futurista y de la risa a la seriedad en un instante. Pienso que esa habilidad se la debe a su faceta de artista de teatro. “El teatro es mi vida”, me dice. “Es lo que más disfruto haciendo, y también lo más difícil de todo lo que hago. En la más pura manifestación de la actuación se representa a un personaje en un momento específico, a través de un proceso emocional que empieza cuando entro en el escenario y termina cuando baja el telón.

Para interpretar cada papel, Cristina recurre a su memoria emotiva, se embebe de la situación y la expresa tal como la siente. “No puedes fingir lo que no está en tu sangre, debes haberlo sentido en carne propia alguna vez para que la actuación sea real. Si en la obra debo sentirme humillada, antes de salir al escenario busco en mi mente el recuerdo de cuando en la vida me humillaron, evoco esa emoción, la traigo al presente y la mantengo mientras dura la obra. Cuando termina la actuación vuelvo inmediatamente a la vida real.

La conversación continuó sin rumbo fijo, un tema llevó al otro y terminamos hablando de la muerte. ¿Si hubiese vida después de la muerte, que se llevaría consigo? “He dejado de creer en la vida después de la muerte, ya no me importa si la hay o no, sólo veo lo dura que puede ser para los que se quedan y no quiero sufrimiento para mis hijos. Me llevaría a mis hijos” me contesta sin titubear. “Estoy consciente de que ellos tienen que ser libres, que mi obligación es darles alas para volar y, si fuera posible, también una brújula que los guie hacia mejores días. Me refiero a que quisiera que fuesen libres en la misma dimensión en la que yo estaría después de mi muerte.

No quiero ser yo quien se despida de ellos, no quisiera dejarlos en este mundo en las edades que tienen. .”
A pesar de su juventud, da al paso del tiempo su peso específico, “es que con los años todo lo que en una época me pareció romántico ahora es diferente…”

Artista y empresaria, una dualidad interesante y antagónica. Sueña con interpretar el papel de Celestina en el teatro. “Cuando sea más vieja lo haré. Me gusta su desenfado, su utilización del poder, la habilidad que tiene para manejar el hilo de la vida de otros. Además, seré la Fierecilla Domada e interpretaré a otros personajes clásicos del teatro.” Ella dice que no sirve para empresaria, pero la realidad evidencia lo contrario. Durante seis años ha logrado sacar adelante un teatro, y lo ha hecho muy bien a pesar de que es un proceso de remar contra corriente. Lamentablemente los sectores productivos, empresariales o gubernamentales no ven al teatro como una actividad que requiera inversión y apoyo. Sin embargo de esto, sus fortalezas en la organización y delegación del trabajo van dejando huella.
Le pregunto dónde viviría si tendría que mudarse de casa. Me responde que Matías firmemente estableció hace pocos días que él de ahí no se mueve, que allí tendrá a sus hijos y nietos. Entre risas confiesa que, si fuera el caso, buscaría un espacio libre, rodeado de verde y de campo, donde Juan Fernando disfrute de sembrar árboles, cuidar el jardín y leer en paz. Donde sus hijos crezcan sanos en cuerpo y alma. “Esa es la vida que queremos”, me dice.
Al hablar sobre lugares especiales en la ciudad, me comenta que ella y Juan Fernando comparten su pasión por el Centro Histórico. Es más, “acabamos de comprar un loft que estuvo en Revista CLAVE! hace años”, me dice emocionada. “Es el que pertenecía a Celeste de Flodden. Fue una interesante jugada de la vida. Juan Fernando lo compró sin yo haberlo visitado. Un buen día me llevó a conocerlo, y cuando nos íbamos acercando empecé a contarle que yo crecí muy cerca de ahí. “Un poco más delante le decía, y él seguía avanzando, hasta que le dije: ‘¡aquí fue donde viví!’ Sorprendido me miró y me dijo, este es el lugar que hemos comprado. No lo podía creer.
Entramos y vinieron a mi memoria todos esos recuerdos de la infancia, los días vividos junto a mis amigos del barrio, el caminar a la escuela, el sonar de las campanas de las iglesias, el paisaje al anochecer, las huecas con comida típica. Toda mi infancia, mi vida pasada, se desplegó ante mí. Algunos fines de semana los pasamos ahí, disfrutando de un estilo de vida totalmente distinto”.

“No me aferro a nada”, me dice al despedirnos. “Cada sitio tiene su magia y su propia maravilla. Es una tarde lluviosa, la mejor para estar en casa y disfrutar del olor que deja el agua sobre la hierba; mañana saldrá el sol y será otro el nivel de belleza, habrá nuevos colores; la vida cambia y es esa variabilidad la que nos envuelve en entornos de fantasía y nos llena de felicidad.”

Cristina Rodas Sevilla, una mujer que va por la vida sin equipaje porque todo lo lleva en el corazón. Hoy me permitió entrar y llenarme de esa soberbia exuberancia de sentimientos puros que derrocha autenticidad. Antes de salir intento descifrar dónde está el corazón de la casa y me percato de que va al paso de su ama y señora, ella lo lleva dentro de sí.

Regreso a la civilización con el sabor de haber vivido un diálogo místico entre cielo y tierra, espíritu y materia, entre Cristina la persona y Cristina el alma. Ella se queda atrás. La miro fundirse en la unidad infinita de su mundo, del mundo de una librepensadora.

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