Por: Paola Vallejo
Febrero – marzo, 2012
Distante del epicentro del casco colonial, al sur de la Plaza Grande, está San Sebastián. Este barrio, de los más antiguos de Quito, trepa hacia un costado de La Recoleta. Es un recinto con vida propia donde se respira un ambiente casi remoto. Es curioso que justamente en este reducto ausente de los itinerarios tradicionales, Andi Brenauer haya encontrado el espacio ideal para edificar la nueva etapa de su vida.

Para esta alemana radicada en Ecuador desde fines de los 80s, el centro histórico de Quito pasó desapercibido por casi dos décadas mientras vivía en Tumbaco creciendo hijos y jardines. Su trayectoria en paisajismo y restauración le permitieron apreciar el valor arquitectónico del centro, pero solo en el 2005 pudo visionarlo como un lugar para hacer su vida.

Con la partida de sus hijos para estudiar en Alemania era necesario definir el nuevo esquema de la familia. Junto con Wolfgang, su esposo, definió que el próximo paso sería retomar la restauración, actividad a la que se había dedicado en Umbria, Italia, cuando se conocieron. Para entonces el centro había cambiado radicalmente, con condiciones más amigables que los motivaron a empezar a explorarlo y buscar una casa para comprar.

Un día de mayo, subiendo la pendiente de la calle Quijano, justo en el segmento escarpado donde la calle Loja y la calle Ambato la atraviesan, a Andi le sorprendió un “Se vende” con un trazo de spray sobre un descuidado muro de tapial. Era una casa en ruinas del siglo XIX, que la nueva generación de la familia Jarrín, los propietarios tradicionales, querían deshacerse.

En casi un año habían tenido varios intentos fallidos de compra de casas por motivos de trámites y documentación, muy común en los predios antiguos donde existen varios herederos. En esta casa, la parte vendedora estaba conformada por doce herederos, todos inesperadamente en consenso. Con pocas expectativas, el proceso fue ágil, y para julio la pareja alemana contaba con las escrituras del inmueble.

Al igual que en su práctica de jardines, ella buscaba el peor de los lugares. Lo que nadie más quisiera. Una casa en las peores condiciones posibles para intervenir. ¿Por qué? Para Andi, trabajar en un lugar con desafíos le da un mayor sentido de logro posteriormente.

La casa estaba deshabitada, con apenas una gallina alojada en algún techo donde hasta un árbol había crecido. Al cruzar el portón encontraron un patio lleno de maleza, basura y abandono. Entre las ruinas, Andi pudo ver de inmediato el potencial para su proyecto debajo de los escombros, y había trazado el plan general en su mente. Sabía de antemano lo que había que remover para encontrar la esencia aún valiosa de este predio.

El terreno dibuja una L, que inicia con el corredor de ingreso escoltado por unas edificaciones de adobe que conducen al jardín esquinero, y luego gira para abrir paso a la casa principal sembrada a un nivel más abajo del terreno. Este esquema determinó las tres fases de este proyecto multifamiliar: las cabañas de la entrada, el jardín central aterrazado y la casa principal.

Las premisas de Andi serían mantener en lo posible las estructuras originales de adobe, así como conservar todas las maderas existentes en la casa. En su proyecto, ella actuó como directora de orquesta. El diseño salió de ella, con participación de la arquitecta Daniela Mora, al plasmar los planos y fundamentar técnicamente las aprobaciones. Desde la dirección de los maestros hasta la adquisición de materiales fue obra de la paciencia y pasión de Andi.
Empezaron limpiando el acceso y construyendo el jardín, trabajo que involucró las manos de toda la familia sin mayor ayuda externa. Mientras retiraban maleza, Andi decidió iniciar su proyecto en las casuchas de adobe para convertirlas en espacios habitables. Los muros estaban aún enteros y su espesor evidenciaba una antigüedad mayor a la casa principal.  Casi sin cambiar la estructura original, con eficiencia en el diseño, se creó la serie de unidades acogedoras.

La casa principal fue un desafío posterior. Esta vivienda de dos pisos, construida en 1904, era apenas la segunda parte de la casa original, cuya fachada está en la calle Loja. Era el traspatio y había pasado abandonado por años. Al  retirar los tumbados se verificó un techo destruido que requería intervención urgente. Andi empleó el mismo carrizo, material muy ligero tradicionalmente usado en tumbados, para cubrir el interior del techo a dos aguas. En el cumbrero se optó por no reemplazar las tejas sino cubrir con vidrio para mantener un techo abierto. Esta solución le aportó luz al interior de la casa logrando un espacio generoso de doble altura con aire actual.

En la edificación principal logró establecer cuatro unidades de vivienda, una de ellas es la residencia actual de Andi y Wolfgang. Para ambos, en esta etapa de la vida era importante tener un espacio práctico y acogedor para disfrutarlo, en compañía de otros, con la tranquilidad de poder viajar.

Así nació “Wantara Garden Suites”, una comunidad con vida. El epicentro del conjunto privado es su jardín cuidadosamente creado, donde abundan los arbustos y las flores locales. Y, ¿por qué Wantara? Andi dice que el nombre llegó a su mente intuitivamente, como un sonido, pero luego descubrió su significado. Para las culturas andinas del sur, de Tihuanaco en Perú y Bolivia, Wantara es un sitio sagrado y de buenas vibras.

La restauración cuidadosa logró espacios que revelan su origen tradicional y a la vez ofrecen comodidad moderna al estilo mediterráneo. Las ocho suites amobladas y equipadas incluyen una estufa de leña y acceso a Internet rápido. Tienen distintas dimensiones y permiten ofrecer alternativas para sus huéspedes durante sus estancias de corto y mediano plazo.

Actualmente el lugar atrae principalmente a extranjeros de Estados Unidos, Europa y Sudamérica. Son en su mayoría personas adultas, generalmente sin hijos, viajeros independientes que vienen a aprender español, o también profesionales que se establecen inicialmente hasta ubicar su domicilio definitivo. El conjunto les ofrece independencia pero también espacios de encuentro en los jardines y terrazas.

Andi mantiene una ocupación creciente gracias a su sitio web y su presencia en páginas como Trip Advisor y Home Away. Pero quizá la información boca a boca de sus huéspedes satisfechos es una fuente importante de promoción. Ella misma administra el conjunto y se ocupa de las reservaciones y atención a sus inquilinos, actividad que alterna con el diseño y recuperación de jardines en distintas haciendas de los Andes y lugares turísticos de la Amazonía. Su esposo trabaja varios días desde la casa y otros sale fuera como parte de su negocio en una operadora de turismo.

Dentro del conjunto la vida sucede a otro ritmo. Los habitantes pueden permanecer ahí disfrutando del ambiente apacible sin necesidad de salir, pero cuando se aventuran a explorar el barrio también encuentran el encanto del sector y se sienten acogidos por vecinos atentos, como la tendera Doña Gloria cuyo establecimiento es una suerte de epicentro informativo para locales y visitantes.  Andi ahora camina y conversa más con los vecinos que cuando vivía en Tumbaco. El auto ya no es un instrumento vital, de lo cual se alegra.

Cruzando el jardín antes de despedirnos, sentimos que se respira una brisa de campo. Según Andi, son las brisas del Panecillo. Una conclusión que fue madurando durante la conversación, y que llama a la reflexión, es la falta de espacios verdes en el Centro Histórico. Era quizá una contradicción que una amante de los jardines se haya establecido en esta parte de la ciudad. Pero, todo es posible cuando se pone corazón.

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